Este artículo es el resultado de una petición que me hizo un amigo. Me pidió que hablase de la pornografía, que dijera qué me parece, mi posición, etc. En cuanto me lo dijo, me vino a la memoria la primera escena que leí en el libro “Las edades de Lulú”, escrito por Almudena Grandes. En dicha escena, Almudena relata lo que va sintiendo mientras observa, en una película pornográfica, una secuencia sexual entre dos hombres musculados. Recomiendo sin lugar a dudas que se lea, porque transmite perfectamente cómo dentro de ella se va produciendo un cambio tanto físico como mental mientras vela escena de sexo. Poco a poco, va comprendiendo el significado de las imágenes, un significado que sobrepasa lo evidente, incluso lo fisiológico, y alcanza las últimas fronteras de la moralidad íntima más elemental. Es decir, va despertando en ella la sexualidad más descarnada, libre de delicadezas e insinuaciones. El hombre más fuerte es obligado a arrodillarse y a someterse al dictado caprichoso y lascivo de su dominador. Esa escena comprende la diferencia entre el erotismo y la pornografía, pues describe, en un libro erótico, una escena pornográfica. Esta diferencia es fundamental. El erotismo permite a la imaginación crear, dominar los significados, y otorga al protagonista la potestad de colocar las fronteras, de acotar los gestos y su gravedad. Pero la pornografía obliga a la acción, al movimiento, enmudece la imaginación y conduce a la mente al lugar más animal, más ciego de la delicadeza. No permite la duda, ni la huída, ni las fragilidades. La pornografía es ya un caer vertiginoso y húmedo en el que uno se deja atrapar o logra escapar, pero no hay términos medios. Quizás ese desmembramiento de significados tan interpretables sea el que hace que la pornografía descienda a las profundidades del siempre inquietante despertar sexual. Así, la diferencia también tiene un origen biológico, me atrevería a decir que el erotismo se sitúa en la corteza cerebral y la pornografía anida en estructuras talámicas originales. Comprender la diferencia nos permitirá disfrutar de ambas expresiones de comunicación sensual.
La pornografía puede parecer hosca, soez, y en muchas ocasiones lo es, sin duda. Pero también el erotismo puede ser ridículo si no es bien conducido. Cada uno de ellos tiene su espacio, el lugar en el que expresarse acorde a su naturaleza. El erotismo tiene un marcado aroma literario, y la pornografía audiovisual. Pero a veces pueden cruzar ambas fronteras fructíferamente. Por ejemplo, recomiendo leer el capítulo del encuentro entre Viernes y Robinson del libro “La vida sexual de Robinson Crusoe”, o el mismo libro anterior de “Las edades de Lulú”. Ambos están cargados de escenas que sobrepasan el erotismo y acarician con los dedos el terreno de la obscenidad pornográfica. Encontrar escenas eróticas puras y finas en el cine no es tarea fácil, pero sin duda sobresale la escena última de Tadzio paseando por la playa, en “Muerte en Venecia” de Visconti.
¿Y películas pornográficas? Bueno, ése también es un mundo amplio, como el de la literatua erótica. Directores que me gusten, pues algunas cosas de Sebastian Bleisch y, por supuesto, Cadinot. Son clásicos, grandes. Pero apartando la morralla actual de musculocas, posiciones vertiginosas antinaturales y demás excesos innecesarios, otros directores se abren paso, aunque actualmente son más bien productoras, tales como Bel Ami, 18 Today, Hyde Park Production… Es curioso ver el desarrollo de la pornografía a lo largo de la historia. Desde que comenzó el cine, existe la pornografía, pero para hablar de la historia de la pornografía se necesitaría otro artículo o varios. Sin duda es muy interesante, y puedo decir, a modo de anécdotas, que grandes líderes políticos eran asiduos a la pornografía, por ejemplo, Hitler regalaba a Stalin películas pornográficas alemanas como muestra de amistad, o que las primeras películas porno de principio de siglo XX combinaban escenas de sexo homosexual (también entre hombres) y heterosexual de forma normal.
Si tuviera que dar una opinión final sobre la pornografía, diría que es un género más dentro del cine, tan absoluto como cualquier otro. A veces, cuando llego a casa cansado y quiero desconectar, me pongo una película mala americana de invasiones o catástrofes, otras me pongo cine de autor, si quiero reírme, a veces veo alguna peli de Woody Allen, otras me pongo de Leslie Nielsen… Así como tengo en la mesita “Ensayo sobre el entendimiento humano” de John Locke y al lado “Las más disparatadas historias de Leyendas Urbanas”. Es decir, creo que hay que intentar adecuar las expectativas personales con las pretensiones del libro o película. Así que, Antonio, como dice ese gran lema comunista “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades” podemos aplicarlo al arte en general y, en referencia al articulo actual, a la pornografía.
Por cierto, recomiendo ver ese nuevo híbrido que está apareciendo en el cine que pasea dudoso entre la pornografía y el erotismo, dentro del cine comercial. Películas como “ShortBus” o cualquier del irregular director Larry Clark, pero especialmente “Ken Park”.