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domingo, 14 de julio de 2024

¿... y este era el amor que llegaría?

Pronto cumpliré 43 años. Probablemente unos años más que el ecuador de mi vida. En esta noche, quizás colmatada por tantas otras como esta, me pregunto si he tenido algo similar a ese arquetipo de amor paroxístico, referencia inalcanzable a partir de la cual rebajamos todo sucedáneo —inherentemente insuficiente por su condición de realidad—, y que solemos proyectar con la expresión «el amor de mi vida». Supongo que tengo la lucidez suficiente —o el malestar latente suficientemente prolongado— para saber que no existe tal cosa si uno es lo suficientemente severo como para ser honesto consigo mismo. Pero soy un humano, y preciso, en ocasiones, la serenidad de invocar un pasado que jamás existió —«Y nos volvemos atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose sobre el mismo temor actual, que día a día entonces también conocimos[1]»—. Escribió Michel Houellebecq que «la existencia individual, revelada al animal en forma de dolor físico, solo llega a las sociedades humanas a la plena conciencia de sí misma gracias a la mentira». ¿Y qué sería esa mentira —la certeza de merecer ser amados/as sin condición— sino la herramienta precisa para dotar de significado a nuestra propia existencia? La soledad y la búsqueda de un sentido, expresiones que nos precipitan, inexorablemente, al terror primigenio de la condición humana: la angustia ante la muerte. ¿Cómo amar plenamente si, para ello, deberíamos desprendernos de todo miedo existencial? Como escribió Irvin Yalom, «si no somos capaces de abrazar nuestra propia soledad, utilizaremos al otro como escudo contra nuestra soledad». ¿Cómo amar plenamente sin obviar la insaciable sed de ser amado con esa misma condición? ¿A partir de qué punto la asunción de las convenciones sociales muta la voluntad sincera de amar en un ejercicio desesperado de desasosiego?

Ninguno de los proyectos de amor que he comenzado ha soportado un mínimo contraste con la realidad —y no es azarosa la elección de esas palabras, puesto que todo proyecto de amor ha partido, en mi caso al menos, de un acto volitivo sustentado por unas bases de atracción elementales—.  Y sí, asumo que ello no es más que una muestra de mi resistencia a la espontaneidad, pero quienes sufrimos la peste de la ansiedad sabemos que la naturalidad es un lujo que solo podemos permitirnos a mínimas dosis. En cualquier caso, amar no es condición para construir una vida en pareja. Considero que una relación de pareja es un proceso constructivo compartido entre dos voluntades por cimentar las bases de un futuro compartido. Pero este no es el objeto del texto, y no deseo adentrarme en esas digresiones.

Si buscara candidatos a haber sido objeto de un “amor romántico” por mi parte, no podría sino seleccionarlos de entre los fracasos más estrepitosos. Y es que todos ellos fueron una sucesión de decepciones que iban sofocando los rescoldos de infancia que se resistían a la extinción. Si miro atrás en el tiempo, las lascas de esa esperanza por un amor correspondido marcan un camino retrospectivo con intervalos cada vez más espaciados. Quienes con esa aparente pretensión se acercan a mí, hallan una paciencia cada vez más debilitada, más propensa a evanescerse ante los primeros signos de derrota. Supongo que a eso se refería Houellebecq cuando escribía que, con la pérdida de la juventud y las esperanzas, las personas se rinden a «buscar una relación tierna que no encuentran, una pasión que ya no son realmente capaces de sentir; [y que] entonces, empiezan para ellas los años difíciles». El debilitamiento de la aspiración de ser amado no sería contingente del ineludible deterioro físico o de la pérdida del natural atractivo de la juventud —aunque, probablemente, lo estimule—, sino de la paulatina toma de conciencia de que eludir establecer relaciones afectivas normativas conduce, en una carrera cada vez más vertiginosa, a la soledad violenta de ser fugazmente deseado de manera intermitente. Quizás puedan sugerir mis palabras un resquemor latente de frustración. Y quizás, incluso, sea cierto. Sin embargo, me atrevo a afirmar que he sido amado en cierto grado —si asumimos que «amar» implica una graduación—. Y, además, en algunos casos, por parte de personas excepcionales. Recientemente, alguien me escribió: “te amaba”. La verdad, no recuerdo que me lo dijeran así nunca, de una manera tan inequívoca y vulnerable. Me conmovió, cuando creía que ya nada lo lograse. Lo hizo, particularmente, porque quien me lo dijo es alguien para quien esas palabras todavía conservan su significado original. Y es que «amar» en estos tiempos es una expresión de rebeldía, en tanto implica la renuncia al valor cúspide de nuestros tiempos: el individualismo.

No deja de sorprenderme que la mayoría de las personas homosexuales más interesantes que conozco estén solteras. Pienso, sobre todo, en Sergio, Cristian, Elías, Darío… Todas ellas, personas lúcidas, complejas y divertidas. Cada una con su idiosincrasia, con la particular expresión de sus complejidades. Y pienso, claro, en Rafa. Algunos de los aspectos más destacables de sus personalidades serían, por sí mismos, razón suficiente para vincular una vida a las suyas. La creatividad desbordante de Cristian; la complejidad y profundidad introspectiva de Sergio; la embellecida sencillez, lealtad y delicadeza de Elías; y la ternura torpe y entregada de Darío. ¿Y de Rafa? La lealtad incólume del ser humano más generoso que he conocido. La mitad de ellos, heridos; la otra mitad, inexplorados.

Luego estoy yo: permanentemente confuso, ansioso, insaciable, buscando el equilibrio entre la calma y el significado, mientras paseo torpemente por la orilla del mar, de la condición humana, y de la vida, cantado «Leave me alone, because I'm alright, dad, surprised to still be on my own. Oh, but don't mention love. I'd hate the strain of the pain again» de The Smiths.





[1] Gil de Biedma



domingo, 6 de agosto de 2023

Nos ha costado querernos, la verdad.

 

Su cuerpo romo se desliza suavemente por las sábanas tempestuosas y todavía algo húmedas. Exhausto y embellecido por el esfuerzo del placer, penetra en el sueño con la ingravidez de una llama languida. Aprovecho para admirar detenidamente su piel cúprica, terrosa y café, de la que brotan mínimas lágrimas de sudor con reflejos bromados. Me acerco y la acaricio ante la indefensión de su inconsciencia. El calor que de él emana me alcanza incluso a cierta distancia, evocando en mi memoria sensorial el recuerdo infantil de la leche tibia y el vientre tembloroso de las primeras caricias en la adolescencia. Así, dedico su descanso a escudriñar la topografía viva de su cuerpo, imprimiendo en mis labios el mapa de su desnudez. Velo su sueño con una mezcla de temor y la fascinación, como el vigía de la fortaleza frente al inconmensurable desierto de los tártaros.

Nació muy lejos, allende el océano, donde la tierra y la piel de quienes la habitan se confunde. Hijo de la pobreza y la selva, ambas prendieron en él la atracción hipnótica de los elementos primigenios. Su carácter indómito, inescrutable y orgulloso, fue el precipitado natural de la combinación entre el valor y la inteligencia. Por eso arrancó a la desesperanza y la indolencia la exigencia de dignidad, dejando la protección humilde, pero incondicional, de su familia. ¿Cómo iba a imaginar que su selva nativa, con sus peligros y soledades, no sería sino un pálido reflejo de aquella otra, la urbana, a la que acudiría en busca de libertad? Dejó la miseria de su país, para ir a otro ligeramente menos miserable —como si ciertas miserias permitieran graduaciones—. Y para ese país, y para todos lo que vendrían después, pasó a ser un migrante más cuyo valor lo determinaría el mercado, y no el que es inherente a la elemental condición humana. 

Entonces, sus ojos azabaches se abren súbitamente, iluminándose con el reflejo de un recuerdo recién recobrado. Sonríe como suele hacerlo en esas situaciones; como si la sonrisa acudiese a sus labios por vez primera y apenas pudiera dominar su expresión. Acerca su rostro a escasos centímetros del mío y me coge de las manos —siempre hace esto cuando requiere mi atención absoluta—. Acaba de acordarse de lo afortunado que se sintió cuando alguien le enseñó que podría conseguir algo de comida si se dejaba besar y manosear por algún cocinero en las trastiendas de algunos bares. Brillaban sus ojos como si estuvieran observando, todavía, aquella porción de comida que había conseguido por tan poco... ¡Ese día no tendría que reunirla de entre los restos de los contenedores de basura! Durante unos segundos puedo observar esa felicidad animal en él, la alegría desbocada y pura, limpia y sencilla que es privativa de la infancia, la locura y la senilidad. ¡Se sentía tan afortunado...!

Y yo quiero llorar a gritos; quiero abrazarle hasta cubrirlo por completo; quiero pedirle perdón por todos aquellos miserables que ensucian y embrutecen la existencia propia y la ajena. Pero sonrío con él, y me esfuerzo por darle toda la ternura que soy capaz de reunir más allá de mi angustia y desazón —como me enseñó a hacer mi madre—. Siento un dolor desconocido penetrando hasta las raíces de mis convicciones más elementales, esas que cimentan la manera en que comprendemos y explicamos el mundo y nuestra propia existencia. Y es que uno «conoce» ciertas miserias, pero no las «comprende» en su integridad hasta que no ha sido preso de alguna de ellas. Por ello, no puedo evitar sentir oleadas de pudor cuando me cuenta la felicidad que sintió al poder comprar, por primera vez, algo mullido que interponer entre los cartones y su cuerpo.

«Nunca permitiré que nadie pretenda humillarme por algo que me permitió salir de la pobreza más absoluta» —me advierte con su fiereza habitual. No es a mí a quien desafía, claro, sabe que esos juicios me resultan ajenos y, en todo caso, consecuencia de la ignorancia del privilegiado. Y es que, si hubiera diferentes tipos de dignidad, él alcanzaría el mayor grado en alguno de ellas. 

Nos ha costado querernos, la verdad. Alguien como él no puede permitirse la vulnerabilidad de exponer la intimidad última, aquella que dota del calor suficiente al alma para superar los momentos de mayor angustia, cuando la vida descerraja las últimas puertas que nos protegen del abismo.

Podría seguir describiendo cómo despiertas lentamente, y cómo la primera sonrisa que me dedicas es siempre pícara, desafiante y burlona. Pero prefiero besarte, y finalizar con unos versos de Antonio Vega escritos para ti.

[...] Donde las haya, tenaz, mujer de cartas boca arriba
Siempre dispuesta a entregar, antes que sus armas, su vida.

Mujer hecha de algodón, de seda, de hierro puro
Quisiera que mi mano fuera
La mano que talló tu pecho blando de material tan duro [...]

domingo, 16 de abril de 2023

Las intermitencias del pensamiento


Hay tres técnicas narrativas principales: el monólogo interior, como Albert Camus en El extranjero; el soliloquio, como vemos en la preciosa Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes; y el flujo de consciencia, técnica que —magistralmente, a mi juicio— podemos hallar en La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez. Luego, en ensayos, es frecuente el monólogo reflexivo, que implica un proceso de revisión y pulido que lo aleja de la naturalidad. Creo que en mi blog predomina este último, aunque incluye algunos fragmentos de monólogo interior. Sin embargo, tengo particular predilección por el flujo de consciencia, aunque no emplee este técnica con frecuencia. Me gusta porque el pensamiento, lejos del orden y la coherencia que presuponemos, va desmadejando hilos que se bifurcan, extinguen y superponen, como un sistema vascular insustancial que irriga recuerdos y sentidos imprecisos. Sí, considero que el desorden refleja mejor la complejidad del pensamiento humano que la ilusión tranquilizadora —por predecible— de la estructura lógica.

Con frecuencia, conceptualizamos el pensamiento como un discurso interno sujeto a las mismas leyes que la comunicación humana; es decir, una secuencia de significados ordenados de manera inteligible para otras personas. Pero ello no es más que la manera a través de la que expresamos o transmitimos una parte del pensamiento; no es el pensamiento sino una fracción de este. Elaborar un discurso comprensible al entendimiento humano, implica obviar toda una nebulosa de emociones, sensaciones e imágenes que concurren con aquellos que otros hemos seleccionado para dar coherencia al pensamiento. La paradoja del lenguaje humano es que permite expresarnos, a costa de empobrecer la experiencia interna.

Sin embargo, hay personas con una habilidad excepcional para integrar en un único significado coherente, amplias porciones de caos. Estas personas son capaces, a través de las múltiples expresiones del arte humano, de trascender los límites habituales de la lucidez humana. Por ello, cuando contemplamos algunas de sus obras más sublimes, quedamos conmovidas al reconocer significados que nuestros pensamientos nunca pudieron alcanzar. Supongo que tomamos conciencia de nuestra condición humana al sabernos parte, aunque remotamente, del «fruto del cerebro humano» —como escribió Violeta Parra—. Me parece que esto le sucedió a mi madre cuando la encontré frente a la La Pietà de Michelangelo Buonarroti, paralizada, conmovida, incapaz de contener las lágrimas. Por mi parte, sentí algo similar por primera vez, el día que leí el siguiente fragmento de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust:

«A simétricos intervalos, en medio de la inimitable ornamentación de su follaje, inconfundible con el de ningún otro árbol frutal, abrían los manzanos sus largos pétalos de satén blanco, o dejaban colgar los tímidos ramitos de sus capullos encarnados. Por allí, por el lado de Méséglise, es donde observé por vez primera esa sombra redonda que dan los manzanos en tierra soleada y esas  sedas  de oro que el sol  poniente teje oblicuamente bajo las hojas del árbol, y cuya continuidad veía yo a mi padre romper con su bastón, pero sin desviar nunca sus hilos».

La genialidad de Proust se manifiesta en este fragmento de texto capturando un cúmulo de detalles y matices a partir de un hecho cotidiano, y creando una imagen enriquecida que permite trascender los límites de la percepción humana. La belleza emerge de la condición humana, proyectándose en cada expresión de la existencia. Quizás este grado de lucidez sea propio de hombres y mujeres de excepcional sensibilidad, pero no es privativo para el resto de personas. De hecho, tengo el convencimiento de que, con práctica, puede estimularse su desarrollo.

La lucidez se nutre, en mi opinión, de las contradicciones humanas, las dudas, los miedos, las aspiraciones, la incertidumbre y los cambios vitales, entre otros; es decir, de los procesos cognitivos y emocionales que son inherentes a naturaleza humana. Difícilmente se podrá comprender el comportamiento humano si no se es consciente de que el pensamiento solo es un elemento más en la vorágine del mundo interior de las personas. Pero, para desarrollar esta conciencia, debemos aprender de quienes, como Proust o como Michelangelo, pudieron acercarse al alma humana a través del arte —paroxismo de la lucidez—.

_____________ 

(Ahora pienso en vosotras, alumnas y alumnos, que esperáis la corrección de vuestros trabajos. Disculpad mi insistencia por la lectura, mis contradicciones, mis frecuentes errores y reflexiones, pero, realmente, tomo muy en serio mi labor docente. Por ello creo que mostraros mi humanidad, sin privaros jamás de la más mínima confusión e incertidumbre, es la manera más honesta y leal de enseñaros lo poco que puedo aportaros en el fascinante proceso de formaros como psicólogas y psicólogos.)

martes, 4 de enero de 2011

Para ti.


“Cada vez me cuesta más encontrar un sentido a la vida”. Rafa mira a la plaza con los ojos abrasados, quebrados, mientras rinde sus palabras derrotadas contra el mármol pálido y salpicado de la Fuente del Turia. Cuando Rafa crepita la tristeza nunca pasa mucho tiempo en su bramido, y uno parece observar cómo un ave se aleja tras un descanso volátil y frágil como su vuelo. Me cuesta ver a Rafa así porque para mí él es acogimiento, calor, descanso… hogar. Quizás él sea lo más cercano a un hogar que he sentido nunca. Y me siento aturdido, asustado, como un niño que ve llorar a su padre por primera vez. Apoyo mi cabeza en su hombro y cierro mi silencio sobre él. Nada de lo que le pueda decir será nuevo entre nosotros, creo que ya nos hemos dicho todo lo importante, y ahora sólo queda ese silencio cómplice, como columnas de aire que sostienen el tiempo ya imperecedero entre dos amigos. Me gustaría tanto poder acoger tu dolor con la misma firmeza, el mismo calor, la misma delicadeza, con el que tú acoges el mío… entonces me acuerdo de esa canción de Aute que dice: “hoy daría lo que fuera porque mi mano y mi mente sean capaces de sentir lo que una escribe, y escribir lo que otra siente”. Pero sólo puedo estar a tu lado en silencio. Entonces querría ser cuento de Miguel Hernández, y que alguien me leyera para calmar tu daño.


Pero la plaza no se inmuta por nosotros. Los niños corren y caen tras las palomas, las parejas comparten helados, unos chicos tocan una guitarra en sus escalones, otros venden cervezas como si lanzasen palabras aterradas que alivian en un suspiro. No, nada se inmuta, y nada cesa. El Miguelete mira a lo lejos asomando su espalda de piedra atrayendo mi mirada que no sabe dónde posarse, cansada de tanto suelo atronador. Una campanada llega hasta nosotros y se abre como una flor que ardiese en las conversaciones de la gente. En ese instante pienso que tus lágrimas serán las mías, como eran tuyas las mías, y que el tiempo nos conduce a todos por los mismos senderos, que las emociones humanas son limitadas y todos pasamos por ellas, que las razones se alcanzan y se construyen, y casi todos las poseemos en algún momento, pero por mucho que nos alivien un tiempo, al final se harán insuficientes y, finalmente, innecesarias. Y que lo único que finalmente permanece es, paradójicamente, lo efímero de nosotros, y lo hermoso que es reconocerlo y compartirlo.


Mi querido Rafa, yo creo que la vida no tiene sentido, que el propio sentido es en sí mismo una construcción humana, un alimento desesperado de la inteligencia para creerse a sí misma. Buscar razones, sentido a la vida, es cegarse a sabiendas. Porque lo cierto, mi Rafa, es que la vida no tiene sentido, por lo menos no más sentido que el mismo vivir. Somos los únicos seres vivos que nos cuestionamos para qué estamos aquí. El resto, sencillamente, vive. Te parecerá una tontería pero siempre que voy a trabajar me detengo a sonreír a un gato que suele estar tumbado sobre un buzón de correos. Descansa con una cara de placer… (si es que los gatos pueden poner caras). Le envidio. Está tumbado ahí porque hace el hierro del buzón se calienta y es cómodo. Creo que no se pregunta si la vida tiene sentido, y creo que tampoco es feliz porque no tiene sentimientos (a pesar de que me costara una discusión con Sergio), sencillamente vive. Nosotros no podemos existir sin más. Los seremos humanos necesitamos razones, causas, motivos… como necesitamos oxígeno. Pero siempre he creído que la felicidad de los humanos, la mayor que conozco, a la que aspiro alguna vez, es aquella que se puede encontrar en los versos de Machado. Es una felicidad clara y limpia como los campos de castilla que tanto amó. En sus versos, habla del hombre como “una bestia paradójica, un animal absurdo que necesita lógica”, pero también dice, y a ésta me refiero, “y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra”. Rafa, yo cada vez tengo más claro que ahí radica el sentido de vivir. No hay razones superiores, no hay causas últimas, sólo hay la vida, la propia vida. Y sobre todo, sobre todo, la vida que compartimos con otros.


Me decías que te daba pena que hubiera tomado las uvas así… ¡Pero estabas tan equivocado! Rafa por primera vez en mi vida empiezo a comprender que hay un sentido en la vida, y además empiezo a creerlo. Y ese sentido no tiene razón si no es por la gente que quiero. Sabes que daría todo lo que poseo, todo lo que soy, por ti, porque sé que tú harías lo mismo. Y ése es mi sentido de la vida. No me refiero a la entrega ciega, a la lealtad por decreto, ni nada de esas tonterías. Me refiero a sentir que vivo acompañado, que cuido y me cuidan, que quiero y me quieren. Recuerda lo que decía Goytisolo, y que tú mismo me lo leíste “Tu destino está en los demás, tu futuro es tu propia vida, tu dignidad es la de todos”. Si lo dejo todo porque quizás alivie algo de tu sufrimiento, me siento feliz por querer tanto a alguien como para estar dispuesto a hacerlo. Rafa, la vida no nos necesita, y toda lucha contra ella, toda negociación, toda claudicación, es en sí un absurdo, una ira contra el océano. Porque la describamos no la hacemos más precisa, aunque quizás sí más bella. Porque la estructuremos no la hacemos más segura, pero quizás sí más cómoda.


El día anterior José me había dicho que iba a ser padre. No hace falta la paradoja, tú ya me entiendes. Este tren no cesa, y yo por lo menos no voy a salar mis campos en la retirada ni incendiar mis ciudades. Carpe Diem no significa vivir hasta la extenuación, como este tiempo atropellado y egocéntrico nos intenta hacer creer (o consumir, que ya es lo mismo). Carpe Diem significa vivir el presente, aceptarlo con humana humildad pero intentado ser plenamente feliz cuando haya razones, y plenamente triste cuando también las haya. No hay que huir de la tristeza, como no huimos de la alegría. Todo es camino, y lo vamos a recorrer de igual manera. La voluntad, Rafa, es como una vela que orientamos frente a un viento incesante. Podemos ir más rápido o más lento, más firme o más inestables, pero ninguna vela dominará el viento.


Me despido con otros versos de Machado y Goytisolo. “¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano”. Y sobre todo, Rafa, sobre todo…



Recuerda, recuerda, recuerda lo que un día yo escribí pensando en ti, como ahora pienso.



martes, 5 de octubre de 2010

Sísifo en esta noche (en todas)





Cuenta Proust que durante una de aquellas fiestas de la alta sociedad francesa de finales del siglo XIX (y que tan bien describió en su obra magna), a las que por aquel entonces era asiduo, conoció a una joven señorita que debía ser de gran belleza. En algún momento debió reunir suficiente valor quizás acumulado por la seguridad que le generaba ser un caballero de cierta edad curtido en las sutilezas y la elegancia de aquellos salones recargados) para invitar a aquella dama a desayunar al siguiente día. Ella, tras escuchar la invitación de aquel caballero, rió y se supone que declinó la oferta. Digo se supone porque me parece que eso ya no lo dice. No hizo falta. Aquella risa penetró en su conciencia con una verdad descarnada, cruel y hasta entonces no atendida. Comprendió súbitamente que aquella risa escondía, sin mucha elegancia, el claro mensaje de que una señorita tan joven no iría a desayunar con alguien tan mayor. Esa realidad evidente, pero invisible en la juventud, se le reveló con la crueldad propia de lo irreversible. Se dio cuenta de que el tiempo había pasado sigilosamente tras los años, y que aquel futuro que siempre parecía esperarle cuajado de posibilidades sólo había sido una ilusión, un espejo inalterable, combustible para quemar inconscientemente el presente. Los años habían pasado llevándose con ellos la juventud, la vida, el tiempo. Sintió que nada dejaba al mundo, que el tiempo era irrecuperable y que lo había perdido creyendo que era eterno (¿cómo no va a serlo cuando uno es joven?). Tan pronto como comprendió esta realidad en la risa terrible de aquella joven, corrió hacia su casa y comenzó a escribir una de las obras fundamentales de la literatura universal: “En busca del tiempo perdido”.



Sin llegar a ser un salón social dieciochesco, ni yo mínimamente Proust, recuerdo una escena semejante que me ocurrió en la adolescencia. Estábamos todos los amigos de entonces en el salón de casa, de la casa que compartimos cuando nos independizamos unánimanente al comenzar la universidad, discutiendo de política como cada noche, entre guitarras, vino y porros. Discutíamos acaloradamente sobre cuál había sido el factor clave en el desarrollo de la humanidad. José, evidentemente, decía que la lucha de clases. Secundado por el resto de amigos que, como él, digerían con mayor o menor disfrute, las obras de Marx. Yo, por mi parte, que había quedado impresionado por las tesis de Erich Fromm, defendía que no era la lucha de clases sino el miedo a la libertad, lo que había hecho que la humanidad se hubiese desarrollado como lo había hecho. José, el mejor contrincante dialéctico que he tenido en mi vida, citaba a Marx y Engels (como se reza a Dios ante su altar, que diría Bécquer). Yo, seducido por aquel marxismo psicoanalizado, sacaba Fromm, Freud, etc. Dos egos intelectualoides enfrentados desde sus altares de orgullo e ignorancia. En mitad del fragor de la batalla/discusión, Rafa (creo que fue Rafa) preguntó a una chica que había traído y que había pasado del todo inadvertida por nosotros (demasiado terrenal para merecer nuestra atención) según su juicio qué era lo que había determinado el desarrollo humano. La chica, con una humildad infinita, dijo que ella creía que la muerte era lo que había movido a los seres humanos. La muerte, la certeza del fin, lo inevitablemente efímero del ser, el temor al después, la angustia del desperdicio... José y yo quedamos en silencio. No discutimos más. Días después todavía nos mirábamos acongojados y avergonzados. No sé qué me dolió más, la nueva angustia del fin, la derrota estrepitosa de nuestra discusión o la bofetada de humildad que nos había dado esa chica tímida, callada y delicada como un suspiro.



No es que yo no hubiese pensado nunca en la muerte, ¡Claro que lo había hecho! De mi pared colgada un poema de Baudelaire, sonaba siempre en mi cuarto música triste donde la muerte era la máxima expresión de la vida, el Che muriendo nítido, acribillado, por un ideal y yo le habría seguido ciegamente por aquellas montañas bolivianas, era la bala justificada de Larra atravesando el romanticismo español... Pero todo aquello era realmente ajeno a mí. Lo vivía con pasión, como se vive todo aquello que todavía no se ha vivido pero que se desea ardientemente vivir. Sabía de memoria, y todavía recito algunas estrofas de forma casi inconsciente como una oración involuntaria en los labios, las estrofas de Manrique:


Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

[...]

Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.

[...]

Esos reyes poderosos
que vemos por escripturas
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.

[...]


No hay lugar. No hay lugar. Nunca dejará de impresionarme este poema escrito hace seis siglos. Pero respecto a lo que yo quiero escribir esta noche, un poeta lo hace mejor que yo. Nuevamente Gil de Biedma en “Poemas póstumos”:


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.


Pero yo sí he sido consciente de este paso del tiempo, y no sé si esa consciencia me ha ayudado a vivir o, más bien, (probablemente) ha cargado mi vida con una angustia prematura. Que uno nunca llegará a ser Proust es algo que se acepta con unas noches de llanto, otras de cinismo y otras sorna. Pero que uno no llegará a ser lo que creía que llegaría a ser, a pesar de seguir los pasos que creía que le llevarían a ello, es algo que cuesta más tiempo aceptar. Uno pretende ser Sísifo creyendo que los dioses perdonarán, pero no es así. Ciertas cosas no se olvidan, y otras no se alcanzan, por mucho que uno huya o tenga esperanza (me pregunto si realmente no será lo mismo). No hablo de la inutuilidad de la vida, eso ya me parece cansado y hasta estúpido. Hablo de aceptar que los sueños que tuvimos se conviertan en otra cosa diferente, más adecuada, “realistas” (o como se quiera edulcorar la derrota) y dar gracias a la vida porque no lo hagan en pesadillas. Dicen que eso es, en parte, la madurez.


Pero he cumplido recientemente 29 años y empiezo a comprender que la vida no va a ser muy diferente de lo que es ahora. No es que mi vida sea mala, que no lo es. Es sencillamente que no creía que sería así. Me angustia tener que aceptar que el futuro no está allá, y que yo no seré mucho mejor persona que lo que soy ahora (lo cual no es muy tranquilizador). No quiero lamentarme, ya lo hice muchos años y me cansé (el sufrimiento dulce, romántico, ya lo experimenté, pero me llevó al sufrimiento desnudo y desconocido, así que desde entonces evito uno y otro). Pero si no quiero decir eso... ¿Qué quiero decir? Ya he perdido el hilo.


Bueno, sí, quiero decir que me aterra pensar en que el día que tenga que mirar atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, vea una huella árida. No quiero que un jovencito ría cuando me atreva a intentar seducirle. No quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero no perderlo, pero no lo consigo. Y se va escapando como de mi mano como el humo de mi cigarro, dejándome como un espectador paralizado ante un caudal irrefrenable que le atraviesa y que no puede detener. Soy consciente, por otra parte, que si muriese en este mismo momento, mi vida ya sería suficiente sólo por las personas que me llorarían y las que reirían con amor recordando mis errores.


Recuerdo la viñeta de Mafalda en el que le dice a sus amigos algo así como “¡La pucha! Resulta que si uno no se come la vida, es la vida quien se lo come a uno”. Creo que la vida te come de todas formas, aunque mañana seré feliz pensando en vivir y morir como lo hizo Don Guido. Pero esta noche no. Esta noche desearía volver a vivir siendo otro diferente, uno que no consumiera horas al sueño frente a este teclado, rodeado de artículos científicos que leer y una cama vacía, sino uno que estuviera permanentemente sobre un barco, un tren o cualquier estrella.



miércoles, 17 de septiembre de 2008

Granada. Valencia. Y el permanente cambio.






Frente a mí, Granada amanece bajo una bruma que la cubre, desdibujando sus formas y provocando la indefinición de las calles, de las que surgen, como una constelación dorada, una marea heterogénea de farolas y semáforos. Sobre el cielo calinoso que se eleva unos metros del suelo, apenas lo suficiente para sepultar los edificios, sólo emerge, somnolienta, la torre de la catedral, como un cuello robusto que hubiese perdido la cabeza de mármol. La Alhambra, desde su atalaya arbolada, observa este cotidiano amanecer, mientras sus focos sólo iluminan el color terroso de pequeñas zonas de la muralla, pues la alborada ya se mezcla con la luz artificial, y convierte los focos en una voz apagada y melancólica. Sin duda, Granada sigue hermosa, magnífica, y aunque algunos edificios modernos la acechan en los suburbios, los siglos siguen jugueteando en las calles a sus juegos infantiles. Sin embargo, ¿Quién lo diría? Echo de menos Valencia. ¡Con lo que me costó vivir en Valencia después de haber vivido en Granada! Y ahora que estoy en Granada, en las escaleras de la catedral, paseando por el Albaicín... no dejo de pensar en Valencia. Miro Granada, la toco, la siento con cariño, pero con un cariño pasado, como el que sentimos al encontrarnos con la fotografía de alguien que amamos en el pasado y del que guardamos un buen recuerdo. Pienso en lo que me costó el cambio, en lo cerca que estuve de volverme al abrazo siempre cálido de la Alhambra, en cuya piel queda la luna impregnada, bruñe las piedras de la calzada y te envuelve en un ambiente atemporal. Todo eso ha quedado atrás, y siento que su beso es distante y extraño, como el beso de alguien que ya no amamos pero que todavía no se lo hemos dicho.


Fue precisamente en Granada donde conocí el Kybalion, el libro donde se reproducen las leyes últimas de todas las cosas, y que es la raíz del conocimiento hermético. Con él aprendí que todo en el universo está en permanente movimiento, que todo cambia continuamente, que lo estático es la ausencia de vida. Como el ojo necesita movimiento para definir las formas, la vida afectiva humana necesita cambios para crearse una identidad. Sin embargo, no dejo de sorprenderme de cómo cambian los sentimientos. Recuerdo que en esa esquina, cerca de la plaza de Gran Capitán, esperé durante media hora a que su cuerpo se distinguiera entre la gente y pudiera ver sus ojos azules iluminarlo todo, y cómo temblaba si me miraba, y qué valor le daba a cada una de sus palabras y lo ridículas que siempre me parecían mis respuestas. Ahora no sé nada de él, y no lo deseo, bueno, si lo pienso, siento una curiosidad descuidada, como la que sentimos al leer la contraportada de un libro que no vamos a comprar. Sin embargo, pasar por esa calle me ha recordado a él, como si estuviese impregnado ese momento en alguna pared de la calle. Tanto amor se perdió sin darme ni cuenta. Todo cambia. Aquellas personas que se fueron airadas, hoy vuelven, y aquellas que juraron lealtad. se pierden, a quien amé, hoy he olvidado, y a quien olvidé, aparece en una esquina de Granada. La vida, entonces, pasa a ser un ente vivo, ajeno a nuestra voluntad, que nos conduce de una situación a otra, como un navío desarbolado.


Ahora la luna se eleva sobre el Albaicín y deja un rastro vertical, como de clavel ebúrneo, que va desde el cielo hasta mí. Es curiosa esa intimidad que da la luna a todo aquel que la mira, pues alarga su brazo de marfil vaporoso hasta nuestras manos, y nos hace cómplice de su soledad y belleza. El Paseo de los Tristes sigue mágico, pero ahora el río, algo animado, surca el silencio dándole humedad y calma. ¡Qué hermosa es Granada! ¡Qué bonito el reencuentro de algo amado cuando es efímero! Pero ya siento que la bulliciosa Valencia me llama a lo lejos, como una madre que aunque no cuide de sus hijos los ama infinitamente. Puede que un amor diferente, incomprensible para quien no es amado de esa forma, pero yo, que sí lo soy, os digo que da calor, y da nostalgia. Imagino que llegará el día, quizás pronto, en que Valencia será la visita, y otra ciudad me espere, como también habrán otras personas que me llamen, y otras que me deseen,y me odien, claro. El problema es que este continuo movimiento, esta permanencia ilusoria, me impide ser pleno en mi trato con los demás, y con lo que me rodea, por saberlo circunstancial no me entrego del todo, y últimamente ni siquiera en parte. Así que miro a la gente como miro a Granada, como un recuerdo, a veces hermoso, a veces incómodo, pero como algo que no cesa, un ir y venir constante. ¿Cómo amar cuando uno sabe que todo pasa? ¿Cómo ser íntimo si sabemos que la intimidad de hoy será el olvido del mañana? Necesito echar raíces, necesito detener mi pensamiento, detener mi corazón y poder ver con claridad. Pero no llega ese tiempo, no llega, y siento que las personas que me abrazan, se separan cada vez más heridas, más aturdidas.


Si pudiera quedarme a vivir en este recodo de río, flanqueado por los muros de la alhambra y por las primeras casas del Albaicín, si pudiera descansar en este arco árabe del que sólo queda la columna y medio arco, si pudiera habitar los arbustos que del muro del río sobresalen, si pudiera permanecer detenido alguna vez...

viernes, 5 de septiembre de 2008

Una nana para ti


Busco palabras que te serenen, que puedan alcanzar tu inquietud y la calmen, como se calma, poco a poco, la tormenta sobre el cristal de mi cuarto, y va dejando un repiqueteo suave de gotas que caen lentamente sobre él. Quiero hacerte un canto delicado, que pueda susurrarte al oído para que se deslice, como esas gotas, hasta tu miedo y lo hagan ceniza. Busco las palabras absolutas, consteladas, pero no las encuentro, así que te pido que cierres los sentidos del mundo exterior y recuerda aquello que viviste, junto a mí, y nos hizo felices durante unos segundos. Dame una sonrisa al final y estaré satisfecho.

Busca aquella noche, tumbados en mi cama, con la luz apagada, escuchando canciones tristes. Tu cuerpo, desconocido para mí, se mostraba como un misterio maravilloso que ocultaba el mecanismo que lo hacía temblar a mi lado. Busca ese primer beso en tus labios inmóviles, temerosos, y busca mis primeras palabras para arrancarte una pequeña risa. Por entonces ya eras la fortaleza de altos muros y paredes de cristal que sigues siendo hoy. ¿No oyes la música atravesando la noche y envolviéndonos a los dos? Yo la oigo.

Busca ese carámbano de atardecer roto lentamente hasta tocar, con las puntas de los pies, las cálidas aguas de la Albufera. La tarde era un espacio rojizo sobre el que nos arrojaba el pequeño puerto sobre el que estuvimos hablando. ¿Recuerdas las carpas saltando sobre la superficie y chapoteando el silencio que nos observaba tranquilamente? ¿Recuerdas el tacto suave y aterciopelado de la madera del puerto? ¿Y la barca partiendo la superficie del agua desnudando pequeñas olas que subían levemente el agua en nuestros tobillos y los besaba?

Busca ese lugar que descubrimos, en un pueblo mudo, a la salida de la autovía, donde una fuente de piedra y un inmenso árbol guardaban aquel vergel en mitad del páramo. Recuerda el hilillo de agua que caía de la fuente y formaba un riachuelo que variaba de forma y tamaño, como en lel ibro de Alicia en el País de las Maravillas. Recuerda mi ilusión con aquel cangrejo de río, manco, rojizo manzana, que caminaba con torpeza entre los guijarros . Tu risa ante mi inocencia urbanita te crecía y, con cariño, me reservabas más grandes y mejores cangrejo en tu pueblo. Recuerda el agua fría de la fuente sobre tu rostro, y cómo toda la maleza te empapaba la cara.

Busca la tormenta azotando la casa abandonada, busca el ruido de puertas cerrándose a nuestras espaldas, provocando miedo y alegría en nuestra soledad. Busca el sonido salvaje de las cañerías quebradas del tejado, sobrepasada su piel metálica herida por tantos puntos, y formando cascadas violentas que se estrellaban contra el suelo, mientras tú y yo dudábamos en la cercanía. de nuestros cuerpos Busca. Busca también en los tejados de Utiel y mientras me explicas porqué las vigas son más finas de lo que pensaba, y cómo algún día todo aquello te pertenecerá.

Busco. Y encuentro aquella presa inacabada que desviaría el río ante nuestra infancia resurgida. Encuentro mis dedos congelados en la moto y tu voz, entre risas, rompiendo el frío y la llovizna. Yo encuentro tus ojillos perdidos en el horizonte tan breve de tu mirada. Encuentro tu cuerpo a mi lado, en la madrugada, siempre velando mi sueño. Yo encuentro la gota del gel que me desespera, y que avanza en partes mínimas por tu cuerpo en la ducha. Encuentro tu voz calmándome al teléfono, creyendo en mí más que yo mismo, y una ternura infinita me embarga al ver tu mano buscando la mía. Yo encuentro la calma en todos esos recuerdos, y la encuentro en las cosas de ti que no me gustan, y las que me gustan, la encuentro en tu voz si se acerca a reposar humildemente a mi lado.

Es una nana, o eso pretendía, es un canto breve para que te calme, para que ayude en estos días difíciles para ti. No puedo dar más, no sé dar más, esto es todo a lo que llego para acariciarte, para que no me temas. Esto es todo lo que mi palabra pretende para darte calor al abrazarte, y es todo lo que mi voz no sabe decir. Es tu nada y te la canto susurrándote a la oreja, suave, muy suave, ya duermes. Es tu nana.

martes, 19 de agosto de 2008

Carta abierta

Querido Tú:


Te escribo esta carta, pública, abierta, porque una vez más he estado a punto de escribirte un correo, a sabiendas de que ni lo leerías ni, lo que es más importante, lo desearías. No te digo que me duela que las cosas ahora sean así, bueno, sí que me duele, pero no es un dolor agudo, ése fue al principio, pero ahora es un dolor latente, casi invisible a la conciencia, pero que alcanza tantas áreas de mi vida cotidiana, que parece que casi todo está impregnado de ti, de tu ausencia, quiero decir. Una vez más acudo a Goytisolo, y digo que “no es una poesía gota a gota pensada, no es bello producto, no es un fruto perfecto, es lo más necesario, lo que no tiene nombre, son gritos en el cielo y en la tierra son actos”. Y es que los pensamientos silenciosos, aquellos que tenemos cuando miramos algún punto infinito, indeterminado, y caemos dentro de nosotros mismo, ésos los habitas de una manera tan constante, que ya estoy cansado de no dar cuerpo a tu nombre tantas veces retornado.


Si supieras cuántas veces escuché esa canción junto a la imagen de tu recuerdo, ésa que nunca te dediqué y que ahora toma tu nombre por título. Me hubiera gustado mucho decirte que cuando la escucho pienso en ti, y en mí, pienso en ese mundo íntimo que compartíamos, aquel tan ajeno a la razón como cercano al sentimiento vivido, a aquella angustia que penetra en nosotros, bordando la vida de las personas con ricos motivos, y que altera, por siempre, nuestras vidas y nuestras emociones. Ya sabes de qué hablo, estoy seguro, sé que tú lo sabes, yo también, pero nadie más lo sabía, y éso nos hacía tan cercanos, pero tanto, que casi sentía más propio el latir de tu corazón que el del mío. No te preocupes ya no sufro como antes, no es eso lo que quería decir, es sólo que te echo tanto de menos que, a veces, necesito escribirte, como hoy, como tantas otras veces. Necesito decirte que esta tarde, una niña dijo, cerca de mí, una frase que en muchas ocasiones jugueteó en tu boca, que me he acercado a ella y le he sonreído con tanto cariño, tanta nostalgia, que ella, a pesar de su breve edad, ha comprendido, estoy seguro, mi emoción, y también me ha sonreido. Decirte que paso todos los días por la pared de la estación, y revivo tu sonrisa, tu sorpresa siempre desparramada en risas, y revivo también tu abrazo nervioso (siempre lo estabas cuando me tenías cerca). Luego el recuerdo se deshilacha y deja una ceniza densa y metálica en mí.


No recuerdo con precisión tus besos, pues todos son más o menos iguales, pero sí recuerdo perfectamente tu cuerpo, creo que hasta el último punto, la última imperfección, perfecta a mis ojos, y podría reconstruirlo con el barro de tus recuerdos, como un alfarero... ¡Ojalá luego pudiera darle vida! Si eso fuera posible, lucharía por amarte más, por remendar mis errores, por tantos y tantos besos apartados, presos en mi reticencia asesina a tus aspiraciones. Te diría, también, que todavía busco tus piernas en la noche, para tocarlas y saber que estás cerca, junto a mí... ¡Eso me tranquilizaba tanto! Todavía uso tus frases, todavía me río, casi diría que más que al principio... ¡Qué ingenio tenías! ¿Cómo me sorprendías tantas veces al día? No he amado igual desde entonces, y es que siento que no puedo, es que me parece que otra pérdida como la tuya sería demasiado.


Pero nada de esto es posible ya... Tendré que seguir sonriendo para mí, y decir a quien está a mi lado “...nada, cosas mías”, para disfrutar, durante unos segundos, como un caramelo dulce y peligroso, de algún momento que vivimos juntos y que por alguna razón, ha vuelto a mí. Seguro que me guardas rencor, seguro que piensas que te odio, o que te aborrezco, bueno, no pasa ndad, imagino que es lo mejor para ti. Yo no te odio, ni pienso mal de ti, es más, tu recuerdo me ayuda a vivir, aunque es cierto que también me asfixia en noches de confusión como ésta, y también es cierto que veo tu mirada furtiva en la de aquellos que pretenden besarme... Pero a pesar de ello, a pesar de la rabia, de la impotencia y de la melancolía, a pesar de todo eso, en cada lágrima que me has conseguido arrancar, en cada tristeza o cada silencio que me provocas, encuentro todavía esperanza, encuentro todavía un motivo suficiente para mirarte a los ojos de la imaginación y ofrecerte una sonrisa.


Repito una frase tuya y rio. Señalo una nube y te pregunto por su futuro. Veo un río y busco su nombre en tu mirada, siempre trémula y temerosa. Pero ahora, cuando me pregunto por ti, te hallo feliz en brazos de otra persona... Sin embargo, no me importa, ojalá sea así y ojalá esa persona te de lo que yo no supe darte. No fue culpa tuya, ni mía, la culpa no tiene sentido cuando se habla de amor... Hay tantas cosas que decirte, tantas canciones que no te dediqué, tantas... Sé que es estúpido pensar en eso ahora, pero los pensamientos, como los sentimientos, navegan caprichosamente por nuestra conciencia, ajenos a nuestra voluntad, nebulosa tiránica del silencio. Ha pasado un año, y otro viaje sin ti, pero otro viaje para ti.


Así, tal y como escribe Jorge Manrique; "Así, con tal entender, todos sentidos humanos conservados..." te escribo esta carta, a pesar de que no la vayas a leer, ni ninguna que te pueda escribir, a pesar de revivir aquellos días y de dar letra a tu cuerpo siempre presente, a pesar de todo ello, te escribo esta carta. Aunque ya no sirva de nada, quiero decirte, una vez más, que te echo de menos, y que gracias, gracias por todos los días que me hiciste sentir feliz.


Un beso

Javitxu



domingo, 20 de julio de 2008

Despierto



Despierto lentamente, deslizándome del sueño como un líquido denso que, volcado accidentalmente, va escapando de su prisión de cristal, a una velocidad casi imperceptible, pero inexorable. Derramándome pesadamente, arrastrando una nocturnidad húmeda y torpe, voy abandonando la fantasía onírica para adentrarme en ese espacio donde los objetos, los pensamientos y los colores, todos ellos distorsionados, se reconstruyen precipitadamente. A medio camino entre dos mundos, el material y su reflejo ilusorio, comienzo a abrir los ojos, sobrevolando líneas imaginarias que atraviesan ambos mundos y los unen, y dejando que el día penetre en mis ojos con la inquietud de las primeras estrellas.


Lo primero que veo es la piel blanca de la pintura, agrietada por los años, como en la senectud humana, en el marco de la ventana que hay sobre mí. Observo detenidamente ese tacto anciano, sus trazos quebrados, elevados en algunas partes y ausentes en otras, como arañados por la mano invisible del tiempo que, con rabia, exigiese el reflejo material de su invisibilidad. La ventana, apenas entreabierta, deja pasar un tímido rayo oblicuo, afilado, que atraviesa mi cara, y corta mi cama de extremo a extremo, descubriendo una finísima pantalla de luz mágica frente a mis ojos, donde infinidad de mínimas partículas iluminadas flotan y revolotean en un navegar lento y caótico, mostrándose solamente a su paso por el haz.


El cielo, tras el cristal enturbiado por el tiempo, está tiznado de ceniza, ese color metálico, indefinido, que se confunde tanto con el pálido azul alicatado del edificio de enfrente, como con las nubes expandidas que han perdido su forma y ocupan todo el cielo. Pared del edificio de enfrente, cubierto por una legión ordenada de pequeñas conchas urbanitas, uniformes y cuadradas, que reflejan la luz, difuminándola y devolviéndola como un manto de luz irregular que me alcanza, a través de la ventana, dotando de un color suave, apagado y mineral, mis sábanas y mi despertar.


Es en ese momento íntimo, en el despertar de alborada, cuando el tiempo se hace precioso al perder su cordura, y creamos un espacio ocioso que invita a la humedad o al recuerdo, donde retozamos con los minutos, jugueteamos con el sueño, penetrando y saliendo de él caprichosamente, y creamos cuerpos con el latido efímero de la imaginación. Quizás porque un sueño de esta noche haya liberado tu recuerdo de su prisión de olvido forzado, o quizás porque en aquel despertar, algún movimiento, desató alguna partícula de tu olor que, cautivo, todavía se escondía entre mis sábanas. No sé la razón, pero una vez más volviste a mí, despertaste a mi lado, con tu sonrisa absoluta, vertical a mis ojos somnolientos, y una vez más, quise acariciar tu piel, con esa peligrosa mezcla de tristeza y placer, que nos produce una visión que, a pesar de ser conscientes de su irrealidad, nos negamos a abandonar sin haberla besado antes. Tiranía del recuerdo que sojuzga la voluntad y estalla en la soledad, y en las pequeñas cosas cotidianas que una vez compartimos.


Ahí estás tú de nuevo, real y hermoso, tumbado a mi lado, los ojillos entrecerrados y la sonrisa adormecida. Tus labios tiemblan como lo hacían ante los míos, y parece que tus ojos negros, masivos, en un infinito universo opaco, alcanzan los míos y los desbordan. Son tus ojos una marea oscura en la que, al igual que las olas encrestan sus cimas con espuma de burbujas para recogerse perezosamente en el reflujo, algunos puntos plateados tiritan en su profundidad, desprendiendo haces verdosos que se expanden hasta el borde de la pupila. Tu piel, como la orilla del playa, dibuja formas diferentes en cada movimiento, como la resaca escribe su paso sobre la arena cuando una concha, o una piedra pulida, ofrece resistencia, creando dos largos rastros horadados de arena blanquecina. Así la luz se posa en ti, creando pequeños lagos luminosos que desaparecen cuando respiras, y vuelven si te mueves, geografía viva, nerviosa y cambiante que se crea y destruye a cada segundo en tu piel.


Sé que no eres real, no puedes serlo, pero no importa, la realidad hace tiempo que dejó de ser suficiente para mí, así que acaricio con mi silencio las curvas que creas en las sábanas, mientras la forma de tu cuerpo se descubre sobre ellas. Me acerco a tus labios, tu mirada no cesa, estoy tan cerca que casi siento tu aliento inerte en mis ansias, me acerco un poco más y, por fin, mis labios besan un vacío que hiere la soledad, como aquella carta nunca contestada en la que daba mi vida por ti. Beso de aire que asfixia mi alma.


La cortina de luz va cobrando fuerza, expandiéndose como una niña inquieta que se abandona al placer de abrir los regalos sin interesarle su contenido, cubriendo las esquinas en avance dorado. Los objetos ya definen sus formas y las estrenan orgullosamente con la formalidad de sus límites. El sueño queda atrás, como atrás queda tu imagen, desvanecida, yerma, y mi conciencia va, poco a poco, conquistando los espacios que abandona la imaginación. La luz ya ha perdido su cuerpo, y lo domina todo, dejando paso a un haz de sonidos, la calle y su tránsito, que se expande inexorablemente.


Estoy despierto pero tumbado, caído, todavía con la sombra de tu recuerdo entre mis dedos, en la mirada y en los labios. No pasa nada. Todo bien. Comienza el día. No me preocupo, ahora ocurre cada vez menos. Todo bien.

miércoles, 9 de julio de 2008

Proust en tu concierto



“A simétricos intervalos, en medio de la inimitable ornamentación de su follaje, inconfundible con el de ningún otro árbol frutal, abrían los manzanos sus largos pétalos de satén blanco, o dejaban colgar los tímidos ramitos de sus capullos encarnados. Por allí, por el lado de Méséglise, es donde observé por vez primera esa sombra redonda que dan los manzanos en la tierra soleada, y esas sedas de oro que el sol poniente teje oblicuamente bajo las hojas del árbol y cuya continuidad veía yo a mi padre romper con su bastón, pero sin desviar nunca sus hilos.”


Al leer este párrafo en el “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, quedé consternado. Tras varias lecturas, comprendí que una imagen visual nítida, clara, de ese momento, jamás alcanzaría la precisión y la belleza que Proust era capaz crear. Evidentemente, esa imagen no es exacta, no es una descripción detallada de una realidad visual estática, sino que atraviesa la memoria, y mezcla sentidos, sentimientos e imágenes, creando algo diferente a lo percibido, que sobrepasa lo que cualquier humano podría no sólo percibir, sino sentir. Uno puede recrearse en la imagen, desmenuzarla poco a poco, como comíamos lentamente el último pedazo de nuestra tarta de cumpleaños. Cuando leo a Proust así, lo concibo como un mar inmenso en el que una barca, yo mismo, puede caer sobre sus aguas y navegar infinitamente. Pero hay otra forma de leer, por lo menos yo lo considero así, y es aquella en la que “leer” no es una acción, sino un “estar” en el mundo. Leer me aparta de la realidad tangible de los sentidos, y de las necesidades inmediatas cognitivas, para llevarme a lugares únicos que sólo habitan en mi silenciosa intimidad, obligándome a desdoblar mi realidad y pasear por aquella que se pierde en mi cerebro, y que tan pronto disuelvo como vuelvo a crear.


Leer, para mí, se impone como una necesidad, pero no con el fin de obtener conocimiento, quizás ni siquiera por placer, aunque lo haya, sino para facilitar la permanencia en este mundo, tan ajeno a nuestra voluntad, y del que sólo somos piezas prescindibles. Me permite, también, un diálogo interno, íntimo, en el que los sentidos se ponen a disposición de la imaginación, y se convierten en hilos con los que tejer y unificar las diferentes telas en las que, fuera de toda lógica y razón, se han convertido mis sentidos, sentimientos, recuerdos y pensamientos. Nadie gobierna su cerebro, que responde a leyes desconocidas, y somos ilusos si pensamos que porque a menudo, y caprichosamente, decida acompañarnos, es señal de que responde a nuestro dominio. Pero el arte, en este caso la lectura, nos facilita esa comunicación entre intimidades, vidas escritas, pintadas, esculpidas, entre hombres y mujeres, que trascienden la vida y la muerte, hablándonos, emocionándonos, desde los siglos más lejanos.


Recuerdo a mi madre temblar, compungida, y derramar lágrimas en su conmoción, al ver “la piedad” de Miguel Ángel. ¿No sientes el dolor de una madre que sostiene sobre sus brazos el cuerpo inerte de su hijo? ¿No sientes en su mirada de mármol, arder la vida encendida de los latidos minerales? Parecía decirme mamá. ¿Acaso no sientes su dolor? Y fue la mano de Miguel Ángel, la mano humana ya descarnada y estrellada, la que esculpió el dolor en su cisma, en su máxima expresión, en la roca fría y yerma, que conmueve hasta las lágrimas a mi madre, cinco siglos después. El arte nos hace inmortales, y por ello más humanos, clama en cualquiera de sus formas, el sentimiento que lucha por permanecer, por superar las frágiles leyes humanas.


Por ello, y quizás porque necesito más tiempo que el habitualmente necesario, el arte en mí requiere paciencia, y requiere dominio por mi parte. Leo, me detengo, vuelvo a una frase, la señalo, la vuelvo a leer, la incorporo a mi vida, y la dejo, como con vida propia, en ese pequeño espacio de la conciencia cotidiana, para que juguetee a su antojo con los pensamientos más inmediatos. Permanece como una melodía, una pregunta a la que no hallamos respuesta y que permanece dormida a la espera de que la respuesta, como un sonido lejano, la alcance y la despierte bruscamente de su sueño inquieto. Una estrofa de un poema que permanece en nuestra percepción, impregnando los silencios de un fina esencia insuficiente para pensarla, pero suficiente para sentirla. Pero ello requiere tiempo, y requiere, sobretodo, intimidad.


La música, al igual que la lectura, me transporta a ese lugar íntimo, que precisa el abandono de la consciencia sobre lo circundante, para dedicarse exclusivamente a violar una a una todas las reglas de la razón. Como un camino que me conduce a abandonarme, para penetrar, paradójicamente, en mí mismo, pero imbuido de una lucidez y una clarividencia tal, que permite al alma tener ojos y a la mente reír como un niño. Pero se trata de una actividad privada, lenta, que requiere un ritual, y que sólo comienza cuando la soledad es suficiente como para olvidar toda vida que no se encuentre en mi mente. Por ello, nunca he disfrutado de los conciertos en vivo, nunca de las exposiciones acompañado. Si estoy en un concierto, estoy obligado a permanecer sentado, intentando alcanzar un estado de bienestar que en nada se relaciona con lo que normalmente me evoca el arte. Lo percibo como un lenguaje hostil que no comprendiese, del que sólo me llegase una incómoda sensación de inquietud, y que por no poder alcanzarlo, por no comprenderlo, sus tonos se hicieran más graves, y sus timbres más penetrantes, como una discusión pasada de la que no recordamos el contenido sino sólo las percepciones y sensaciones imprecisas del malestar que nos causó.


Ésta es la razón por la que no acudo a conciertos, y también por la que prefiero alejarme del arte que no comprendo, hasta que llegue el momento en que esté en disposición de hacerlo. Las canciones en directo, que tanto me suelen gustar, las escucho sobre mi cama, imaginando los rostros de quienes la escuchan, el sentido veleidoso de sus expresiones, imagino también la sonrisa previa, o quizás posterior, de cuando elevó el tono, o cuando lo disminuyó, otorgando intencionalidad a cada una de sus partes, o convirtiendo toda la canción en un espacio sonoro sobre el que los objetos físicos, y las personas, pueden amar y odiar.


De todas formas, puede que al próximo concierto, sí vaya contigo.



viernes, 27 de junio de 2008

En busca del tiempo perdido


“Sólo ese dolor es el que fuerza a los filósofos a descender finalmente a nuestras profundidades y abandonar toda nuestra confianza”. Así, como Nietzsche escribe, por una impronta prenatal de los latidos de corazón, descendemos a las entrañas de la soledad y buscamos en ella el mecanismo que todavía nos hunde más en el barro, en la mentira destructiva que libra de responsabilidad al otro y nos condena a la culpa perpetua del “yo” como desgarro. Pero quiero que este artículo sea diferente. Quiero escribir un “confieso que he vivido” como Neruda. No es una excusa, ni un canto ciego a las virtudes olvidadas, o apartadas, que ahora siento tan lejanas. Es un recuerdo dulce, a viva voz, de que dentro de mí hay seda, como hierro, y que mi mano hiere como cura, y que sabe acariciar.

“Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo”, canta Aute. Yo me reivindico. Tengo la costumbre, quizás por aflicción romántica, de guardar todo el mal que sobre mí han escrito, y leerlo de vez en cuando. Pero esto lo hago en tantas ocasiones, que a veces olvido que realmente no uso veneno como aroma de flores, que diría Silvio. Y como él, os digo: “Soy de tantas maneras, como gente pretenda nomás calificarme […] Asumirse en los fuegos, es no dictaminarse”. Soy imperfecto, profundamente imperfecto, pero “¿Quién le dijo que yo era risa siempre nunca llanto, como si fuera la primavera, no soy tanto?” bien pregunta Nicolás Guillén. Y como dice, para terminar con tanta cita, Silvio, de nuevo, “Quiero que me digas amor, que no todo fue naufragar por haber creído que amar era el verbo mas bello, dímelo, me va la vida en ello”.

Y de pronto me veo, una vez más, sorprendido sin embargo, intentando acercarme a personas que no lo merecen, o que desprecian abiertamente mi compañía. Pero vuelvo a ellas, les doy abrigo, el cobijo que no han pedido y desdeñan. Agotado, con los años, miro a mi alrededor y veo un amplio horizonte con unas pocas personas que, heridas en su mayoría, todavía me quieren y me aprecian. Otras yacen en el suelo, ensangrentadas, maldiciendome, buscando desesperadamente el filo en mi piel, o bien escondiendo sus lágrimas tras una barrera de indiferente silencio. Pero no todos cayeron, y de los que lo hicieron, algunos se levantaron, y ahora me miran, con más fuerza, sonriendo o serios, pero cerca de mí en la distancia, a mi lado, sintiendo su calor de todas formas. Y son esas personas las que quiero cerca, porque lo merecen, lo han ganado.

Tengo 26 años, y tengo muchas cosas por las que sentir vergüenza y profundo arrepentimiento (no comprendo porqué la gente suele decir esa detestable y absurda frase; “yo no me arrepiento de nada”). Yo sí me arrepiento de muchas cosas… y quien vive conmigo aprende rápido que soy un huraño, un estilista (gracias Antonio) y un gruñón. No niego esa parte de mí. Pero tengo otra, que generalmente es ignorada y que yo apenas discrimino entre quien la aprecia y quien no. También tengo aspectos por los que enorgullecerme. He escrito un libro que se va a publicar, y otros tantos que no, he viajado bastante, leído más, algo sé de política y de historia. No todo son espinas, no todo son defectos.

Me siento cansado de luchar por quienes no luchan por mí. Me siento cansado de insistir e intentar conservar aquellas amistades que ya se encuentran casi en putrefacción. Me he cansado de permitir que desconocidos me juzguen o ignoren y yo no sea capaz de mandarlos lejos de mí. Los que son amigos, lo son porque luchan por mí, y los que lo quieran ser, que me busquen. Estoy tan cansado de insistir… tan cansado de permitir…

¿Cuántos retornos, José? ¿Cuántos, Sergio? ¿Cuántos, Tes? ¿Cuántos, Álex? ¿Cuántos, Rafa? A ellos les debo mi amistad, les debo mi respeto y mis deseos de crecer, de ser mejor. Se los debemos a quienes insisten, a quienes a pesar de las heridas, del daño, se tumban a nuestro lado, asumiendo que la cuchilla es ahora caricia, porque no hay violencia permanente entre nosotros. ¡Basta de gratuidad en mis abrazos y de clemencia ante la agresión! Si me buscan, y no es tarde, me encontrarán.

Así que voy a intentar asumir aquí un compromiso ante vosotros. Voy a intentar, con todas mis fuerzas, “quererme un poquito más” como diría Rafa. Juzgar por los actos, por el interés demostrado de quien me empieza a conocer, o ya me conoce, La causalidad es una necesidad humana, como el comer o el dormir, sin ella nos sentimos indefensos. Pero voy a intentar apartarla, pues por lo general esa causalidad supone revertir el origen y espantar mi raíz. Voy a apostar por la bidireccionalidad, y quien no quiera acceder, bueno, como dice Lluis Llach:

Si em dius adéu,
vull que el dia sigui net i clar,
que cap ocell
trenqui l'harmonia del seu cant.

Que tinguis sort
i que trobis el que t'ha mancat
en mi.

domingo, 15 de junio de 2008

La paga que no volví a recibir

Recuerdo el día en que, con la gravedad característica que mi madre otorga a los momentos importantes, me dijeron que a partir de ese momento, y dado que mi edad ya era la apropiada, comenzaría a recibir una paga semanal. ¡Una paga! Con mis pocos años, que serían unos doce, aquello significaba un salto cualitativo en mi desarrollo. Era como una especie de ritual antropológico por el cual yo ya era considerado adulto para mi poblado. Mi estipendio ascendía a la vertiginosa cantidad de doscientas pesetas. Para quien nunca había recibido una sola peseta, aquello era un número casi astronómico, una realidad cualitativa que pasaba de la nada a doscientas pesetas. El mundo se podía comprar, y yo tenía el dinero.

Siempre fui muy ahorrador, pero al recibir la paga corría a comprarme, por lo menos, dos sobres de cromos. Aquellos cromos versaban sobre películas de Disney, de alguna serie de moda como Caballeros de Zodíaco, de coches y, los preferidos por mí, de monstruos y seres misteriosos. Los cromos más antiguos eran de cartón, con colores pálidos y dibujos algo imprecisos de trazos gruesos. Así eran los de monstruos, y costaba veinte pesetas el sobre. Luego vinieron los modernos, aunque convivieron ambos tipos durante un tiempo, y acabaron por imponerse. Los modernos costaban veinticinco pesetas, o incluso treinta. En ellos, los dibujos estaban muy bien definidos, casi demasiado, y los colores eran vivos y brillantes. Solían tener un marquito blanco y eran adhesivos, es decir, le quitabas la parte trasera, no sin esfuerzo, y se depegaban para ser vueltos a pegar en su lugar correspondiente del álbum. En cualquier caso, la compra de los cromos con la paga recién recibida, era un momento muy emocionante. Una vez que pagabas al kioskero y recibías los sobres en cuyas entrañas aguardaban los cromos y quizás aquel tan inusual que podría ser cambiado por varios cromos en clase, el mundo se detenía. Me iba a un lugar yo solo, respiraba profundamente e iba abriendo uno a uno los sobres, mirando cromo por cromo, sintiendo una gran decepción y una gran alegría, según el contenido que iba descubriendo. Es sorprendente la facilidad con que variaban las emociones a esa edad. Luego, en el colegio, cada uno de nosotros llevábamos un monto de cartas, que manejábamos con gran habilidad, mostrándolas a otros niños, mientras repetíamos a gran velocidad “tengola, tengola”, que era el resultado de decir muchas veces “la tengo, la tengo…”

Recuerdo también, nítidamente, el día que, unos meses después, mi paga se vio aumentada en cincuenta pesetas. Aquel aumento, por ser el primero, supuso otro cambio cualitativo con respecto a la cantidad anterior. Esas cincuenta pesetas me permitían acceder a otro tipo de compra que iba a cambiar por completo mi reconocimiento social. Con doscientas cincuenta pesetas podía comprar un flamante “Don Micky”. Se trataba de unos libritos de tapas blandas, coloreados con puntitos ínfimos que resultaban colores tristes y apagados, y que narraban varias historietas, excepto los especiales que consistían en una historia larga completa y por lo general mejor dibujada y más interesante, cuyos protagonistas eran siempre los personajes clásicos de Disney. Aquello tenía un parecido, según mi joven opinión, a los cuadernillos de los relatos de Alejandro Dumas, cuando se vendían en fascículos semanales o quincenales, y me enorgullecía de ello. Sentía que estaba haciendo una biblioteca propia, y comprada con mi propio dinero, aquello daba roble y barroquismo a mi presencia y a mi pensamiento. Claro que también me deslizaba por caminos algo más prosaicos, pues al lado del “Don micky” estaban los Playmobil, otra de mis grandes pasiones. La caja individual, que incluía un muñeco y algún que otro pequeño accesorio costaba, precisamente, doscientas cincuenta pesetas. Pero entonces, si compraba cualquiera de las dos, no podía comprar sobres pues agotaba todos mis capital. Aquello suponía un sufrimiento tan profundo como fugaz, ya que, tras los primeros minutos en los que me cuestionaba si había decidido bien, una vez que lo abría, me volcaba en mi nueva adquisición.

Las quinientas pesetas de paga me sacaron de mi infancia y me llevaron directamente a la juventud, a la preadolescencia. Aquella moneda dorada, amplia y pesada, confería a mis posibilidades seriedad y formalidad, casi nobleza. Uno no podía recibir esa moneda sin sentirse enjuto de orgullo. Suponía un cambio de estamento, una riqueza tan excesiva que nada de lo que me gustaba suponía tanto costo, de forma que podía comprarme la “Micromanía”, revista de videojuegos, muy luminosa, extensa y con un lenguaje sin diminutivos ni sonrisas, es decir, una revista de adultos, como lo era yo con mi moneda. Los cromos, los libritos y los playmobil habían sido desplazados, estábamos hablando de cosas adultas, hablábamos de las revistas que estaban en el escaparate.

Pero no sería hasta el billete de mil pesetas, que alcancé la adolescencia y, por lo tanto, esa adultez aparente y sufrida que sólo se vuelve a sentir, según me han dicho, cuando tenemos un hijo. Un billete era ya cosa seria, muy seria, la moneda era el metal vil, tangible, que pesaba su precio y, por lo tanto, su valor era limitado. Pero el billete, ¡el billete era algo simbólico! Ya no era dinero contante y sonante, pues ni se podía contar, al ser una unidad, ni sonaba si jugueteabas con él acariciándolo con las manos en el bolsillo. Su valor podía ser infinito, pues era otorgado por consenso. El billete me permitía algo muy importante, algo determinante, me refiero a “salir con mis amigos”, tomar un helado y jugar unas partidas en las recreativas. Aunque fuera más dinero, muchísimo más que las doscientas pesetas iniciales, se acababa mucho antes, y el billete rápidamente se disgregaba en monedas policromadas y heterogéneas, sin duda menos valiosas siquiera en conjunto. Además, el billete luego se redujo de tamaño, y parecía más un billete del “Monopoly” que uno real. Finalmente llegó el dinero entregado al mes, no a la semana, y la cuenta en un banco, hasta entonces prohibido por mi familia (“no tienes edad para tener cuenta en el banco”, me decían mis padres mientras yo miraba con envidia las tarjetas juveniles, con trazos de colores y letras doradas y plateadas de las tarjetas de crédito de mis amigos del colegio).

¡Cómo cambia el valor del dinero! Cómo cada vez, a pesar de ganar más, la ilusión disminuye, se hace más ruda y más fría. Quizás hacerse mayor es perder paulatinamente la magia y la ilusión de las pequeñas cosas. ¡Qué pena! Pero guardo mucho cariño, y muchas sonrisas cómplices que permanecen en mí, cuando recuerdo aquella tarde que, con mi tía Ana, tras comprar un granizado de limón, hablábamos de cómo cuando yo fuese mayor, tendría una fábrica de dinero y así nunca me faltaría nada, y le daría a ella, y a mamá y a papá, y a todo el que lo necesitase. Nunca un granizado me supo tan bien, ni nunca vi mi futuro tan claro ni, desde luego, tan feliz.