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domingo, 14 de julio de 2024

¿... y este era el amor que llegaría?

Pronto cumpliré 43 años. Probablemente unos años más que el ecuador de mi vida. En esta noche, quizás colmatada por tantas otras como esta, me pregunto si he tenido algo similar a ese arquetipo de amor paroxístico, referencia inalcanzable a partir de la cual rebajamos todo sucedáneo —inherentemente insuficiente por su condición de realidad—, y que solemos proyectar con la expresión «el amor de mi vida». Supongo que tengo la lucidez suficiente —o el malestar latente suficientemente prolongado— para saber que no existe tal cosa si uno es lo suficientemente severo como para ser honesto consigo mismo. Pero soy un humano, y preciso, en ocasiones, la serenidad de invocar un pasado que jamás existió —«Y nos volvemos atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose sobre el mismo temor actual, que día a día entonces también conocimos[1]»—. Escribió Michel Houellebecq que «la existencia individual, revelada al animal en forma de dolor físico, solo llega a las sociedades humanas a la plena conciencia de sí misma gracias a la mentira». ¿Y qué sería esa mentira —la certeza de merecer ser amados/as sin condición— sino la herramienta precisa para dotar de significado a nuestra propia existencia? La soledad y la búsqueda de un sentido, expresiones que nos precipitan, inexorablemente, al terror primigenio de la condición humana: la angustia ante la muerte. ¿Cómo amar plenamente si, para ello, deberíamos desprendernos de todo miedo existencial? Como escribió Irvin Yalom, «si no somos capaces de abrazar nuestra propia soledad, utilizaremos al otro como escudo contra nuestra soledad». ¿Cómo amar plenamente sin obviar la insaciable sed de ser amado con esa misma condición? ¿A partir de qué punto la asunción de las convenciones sociales muta la voluntad sincera de amar en un ejercicio desesperado de desasosiego?

Ninguno de los proyectos de amor que he comenzado ha soportado un mínimo contraste con la realidad —y no es azarosa la elección de esas palabras, puesto que todo proyecto de amor ha partido, en mi caso al menos, de un acto volitivo sustentado por unas bases de atracción elementales—.  Y sí, asumo que ello no es más que una muestra de mi resistencia a la espontaneidad, pero quienes sufrimos la peste de la ansiedad sabemos que la naturalidad es un lujo que solo podemos permitirnos a mínimas dosis. En cualquier caso, amar no es condición para construir una vida en pareja. Considero que una relación de pareja es un proceso constructivo compartido entre dos voluntades por cimentar las bases de un futuro compartido. Pero este no es el objeto del texto, y no deseo adentrarme en esas digresiones.

Si buscara candidatos a haber sido objeto de un “amor romántico” por mi parte, no podría sino seleccionarlos de entre los fracasos más estrepitosos. Y es que todos ellos fueron una sucesión de decepciones que iban sofocando los rescoldos de infancia que se resistían a la extinción. Si miro atrás en el tiempo, las lascas de esa esperanza por un amor correspondido marcan un camino retrospectivo con intervalos cada vez más espaciados. Quienes con esa aparente pretensión se acercan a mí, hallan una paciencia cada vez más debilitada, más propensa a evanescerse ante los primeros signos de derrota. Supongo que a eso se refería Houellebecq cuando escribía que, con la pérdida de la juventud y las esperanzas, las personas se rinden a «buscar una relación tierna que no encuentran, una pasión que ya no son realmente capaces de sentir; [y que] entonces, empiezan para ellas los años difíciles». El debilitamiento de la aspiración de ser amado no sería contingente del ineludible deterioro físico o de la pérdida del natural atractivo de la juventud —aunque, probablemente, lo estimule—, sino de la paulatina toma de conciencia de que eludir establecer relaciones afectivas normativas conduce, en una carrera cada vez más vertiginosa, a la soledad violenta de ser fugazmente deseado de manera intermitente. Quizás puedan sugerir mis palabras un resquemor latente de frustración. Y quizás, incluso, sea cierto. Sin embargo, me atrevo a afirmar que he sido amado en cierto grado —si asumimos que «amar» implica una graduación—. Y, además, en algunos casos, por parte de personas excepcionales. Recientemente, alguien me escribió: “te amaba”. La verdad, no recuerdo que me lo dijeran así nunca, de una manera tan inequívoca y vulnerable. Me conmovió, cuando creía que ya nada lo lograse. Lo hizo, particularmente, porque quien me lo dijo es alguien para quien esas palabras todavía conservan su significado original. Y es que «amar» en estos tiempos es una expresión de rebeldía, en tanto implica la renuncia al valor cúspide de nuestros tiempos: el individualismo.

No deja de sorprenderme que la mayoría de las personas homosexuales más interesantes que conozco estén solteras. Pienso, sobre todo, en Sergio, Cristian, Elías, Darío… Todas ellas, personas lúcidas, complejas y divertidas. Cada una con su idiosincrasia, con la particular expresión de sus complejidades. Y pienso, claro, en Rafa. Algunos de los aspectos más destacables de sus personalidades serían, por sí mismos, razón suficiente para vincular una vida a las suyas. La creatividad desbordante de Cristian; la complejidad y profundidad introspectiva de Sergio; la embellecida sencillez, lealtad y delicadeza de Elías; y la ternura torpe y entregada de Darío. ¿Y de Rafa? La lealtad incólume del ser humano más generoso que he conocido. La mitad de ellos, heridos; la otra mitad, inexplorados.

Luego estoy yo: permanentemente confuso, ansioso, insaciable, buscando el equilibrio entre la calma y el significado, mientras paseo torpemente por la orilla del mar, de la condición humana, y de la vida, cantado «Leave me alone, because I'm alright, dad, surprised to still be on my own. Oh, but don't mention love. I'd hate the strain of the pain again» de The Smiths.





[1] Gil de Biedma



martes, 28 de mayo de 2024

Te escribo estas letricas...

 

Querido ...:

Te escribo estas letricas (así empezaban las cartas que mi madre me escribía) porque  sé que estás haciendo frente a las primeras decisiones, las primeras incertidumbres, de la vida adulta. Soy consciente, por experiencia propia, cómo estos primeros acercamientos a la vida, este paulatino abandono de las certezas de la infancia, nos expone al desasosiego que, con otras expresiones y otras situaciones, ya no te abandonará nunca. Nada me gustaría más que decirte «todo saldrá bien» o que «alcanzarás todas tus metas», pero te estaría tratando como un niño, y no como el adulto que comienzas a ser. No, ..., no todo saldrá como esperas, ni conseguirás siempre aquello por lo que te esfuerces. Y es que uno de los aprendizajes más duros a los que nos enfrentamos es aceptar que el resultado de nuestras decisiones no es consecuencia única de la propia voluntad y las expectativas que la motivan; si no que es la combinación de estas y de otras variables que no dependen de nosotros, y de las que no tenemos control o influencia. Eso es un aprendizaje muy duro porque no nos educan para el fracaso; de ello se encarga la vida con sus asperezas tan, en ocasiones, descarnadas.

Sin embargo, ..., no pretendo decirte que la vida es un naufragio permanente, una precipitación que se escape por completo de nuestro dominio. No, eso tampoco sería preciso. El cantautor cubano Karel García escribió lo siguiente: «Somos madero en deriva, dentro y fuera de la costa. Somos bardos sin silencio con algunas libertades porque todo prisionero de sí mismo extrae verdades, aunque la verdad no existe. Somos algunas razones con bastante fundamento, somos lo que busca a tientas un futuro que persiste en dejarnos como atados, no en mostrarnos como libres, pues la libertad no existe. […] Somos piedra sobre piedra, piedras de generaciones, que actuamos como mortales y pensamos como flores». A lo que te enfrentas ahora, como ya lo harás el resto de tu vida, es decidir hacia dónde quieres orientar el rumbo de tu vida, asumiendo que habrá tormentas que te forzarán a alterarlo. Ese rumbo, además, no siempre será el que desees mantener, y, en ocasiones, ni siquiera sabrás qué rumbo deseas seguir en ese momento. Ten por seguro que ciertas tormentas te conducirán a travesías inesperadas, forzando a elegir entre rumbos que jamás contemplaste. Pero es que en esa incertidumbre también radica la belleza de vivir. Quien no duda, quien siempre cree saber cómo conducirse con acierto, es porque teme asumir la responsabilidad de vivir en libertad. En esta línea, el teólogo Reinhold Niebuhr escribió: «Dios, concédeme la serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar las cosas que puedo cambiar; y sabiduría para reconocer la diferencia».

El poeta José Agustín Goytisolo escribió a su hija Julia un poema que me ha servido como guía a lo largo de la vida, y que incluye estrofas como las siguientes: «Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola, tal vez querrás no haber nacido. […] La vida es bella, ya verás como a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor. […] Otros esperan que resistas, que les ayude tu alegría, tu canción entre sus canciones. […] Perdóname, no sé decirte nada más, pero tú comprende que yo aún estoy en el camino. […] Y siempre, siempre, acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti, como ahora pienso». Estos versos ilustran, con la belleza única del arte, lo que pretendo transmitirte con esta carta; que la vida es compleja, con frecuencia dolorosa o angustiante, pero que no estamos solos en el camino; que tú no estás solo en tu camino. La personas que te queremos estamos a tu lado, te acompañaremos mientras vivamos, y hallarás siempre abierta nuestra mano cuando la necesites. Aunque la vida esté colmatada de incertidumbres, aunque en ocasiones creas que caminas en la oscuridad, que lo que hagas carezca de sentido, de lo que te puedo certeza es que no estarás solo. Creemos en ti. No es que creamos que puedas alcanzar todo aquello que te propongas, que no errarás nunca o que todas tus decisiones serán siempre afortunadas, sino que creemos en ti, en la persona que eres, y nada de lo que hagas o decidas, cambiará ese vínculo. No tienes que ganártelo ni merecerlo; te pertenece ya para siempre. Camina, al menos, con esa certidumbre.

Te mando un abrazo muy fuerte.

Javi

 

sábado, 14 de octubre de 2023

Un breve desahogo... y nada más.

 Suele ser como una fina lluvia persistente. Empapa todo tejido, lentamente, hasta llegar a la piel. Sin embargo, a veces, es como un torrente que se precipita sobre mí. Un cauce atropellado, vertiginoso, que me envuelve y me sumerge en ese océano sordo que es la lucidez desprovista de esperanza. Entonces pienso en Pessoa, en Pizarnik o en el estribillo de alguna de esas canciones que me recomendaron no escuchar cuando era adolescente. Entonces soy yo caminando por la sostenida Lisboa, la orilla de un mar hambriento, o recito, entre labios, «¿quién me ha robado el mes de abril?». ¿Cuándo perdí el mes de abril? ¿me lo arrebataron? ¿lo dejé caer por ese precipicio por el que tanto me gustaba asomarme cuando desea que el abismo se asomara a mí? Pero entonces era tan joven… tal felizmente desgraciado al cubrirme con aquella tristeza de otros tan bellamente me desnudaban a través de la poesía. Pero sí, Biedma, la vida iba en serio. Lo sabía sin saber, como se sabe lo que se conoce con la fiereza desafiante de la juventud romantizada. Y sí, Biedma, la verdad desagradable asoma, y su rostro me mira con seriedad.

Escribo esto con los ojos cerrados; sin pensar; sin embellecerlo; sin la espera del eco siempre amable de quienes me quieren. Lo escribo tal y como emerge de mí. Porque yo, cuando soy originalmente yo, cuando me libero de la intelectualidad y la ternura con la que siempre procuro dulcificar mi intimidad, soy ese niño asustado disfrazado de sacapuntas que no podía soltar la mano de su madre durante el carnaval; ese niño con su chándal de felpa verde que se columpia en Zumaia mientras mira con deseo el grupo de niños que juega en el castillito metálico del parque.

Suena Yann Tiersen («But don't be scared, I found a good job, and I go to work every day on my old bicycle you loved») mientras escribo esto. Ayla duerme cerca de mí. El cigarro me marea levemente. El móvil anuncia que me buscan. Nunca he dudado de que soy bien querido por personas hermosas. Nunca me ha faltado un abrazo cuando lo he necesitado. Pero la lluvia no cesa, y no hay químico que detenga, ni por un momento, su humedad irredenta.

Poco a poco, como a latidos, voy retornando la entereza a través de estas letras que sigo escribiendo a ciegas. Pronto volverá la sonrisa; acariciaré a Ayla; cenaré algo; y seguiré con este nuevo libro que cuenta la historia de… Voy a dejar que se desvanezca esta recurrente descarga de lucidez que ha surgido del silencio y la soledad. Mientras tanto, sigue sonando Tiersen («Monochrome flat, monochrome life, only abscence near me, nothing but silence around me»). Será una noche larga hasta que el ácido gamma aminobutírico llegue a los puertos habituales de mi cerebro. Voy a leer un rato. Está bien por esta noche.

domingo, 6 de agosto de 2023

Nos ha costado querernos, la verdad.

 

Su cuerpo romo se desliza suavemente por las sábanas tempestuosas y todavía algo húmedas. Exhausto y embellecido por el esfuerzo del placer, penetra en el sueño con la ingravidez de una llama languida. Aprovecho para admirar detenidamente su piel cúprica, terrosa y café, de la que brotan mínimas lágrimas de sudor con reflejos bromados. Me acerco y la acaricio ante la indefensión de su inconsciencia. El calor que de él emana me alcanza incluso a cierta distancia, evocando en mi memoria sensorial el recuerdo infantil de la leche tibia y el vientre tembloroso de las primeras caricias en la adolescencia. Así, dedico su descanso a escudriñar la topografía viva de su cuerpo, imprimiendo en mis labios el mapa de su desnudez. Velo su sueño con una mezcla de temor y la fascinación, como el vigía de la fortaleza frente al inconmensurable desierto de los tártaros.

Nació muy lejos, allende el océano, donde la tierra y la piel de quienes la habitan se confunde. Hijo de la pobreza y la selva, ambas prendieron en él la atracción hipnótica de los elementos primigenios. Su carácter indómito, inescrutable y orgulloso, fue el precipitado natural de la combinación entre el valor y la inteligencia. Por eso arrancó a la desesperanza y la indolencia la exigencia de dignidad, dejando la protección humilde, pero incondicional, de su familia. ¿Cómo iba a imaginar que su selva nativa, con sus peligros y soledades, no sería sino un pálido reflejo de aquella otra, la urbana, a la que acudiría en busca de libertad? Dejó la miseria de su país, para ir a otro ligeramente menos miserable —como si ciertas miserias permitieran graduaciones—. Y para ese país, y para todos lo que vendrían después, pasó a ser un migrante más cuyo valor lo determinaría el mercado, y no el que es inherente a la elemental condición humana. 

Entonces, sus ojos azabaches se abren súbitamente, iluminándose con el reflejo de un recuerdo recién recobrado. Sonríe como suele hacerlo en esas situaciones; como si la sonrisa acudiese a sus labios por vez primera y apenas pudiera dominar su expresión. Acerca su rostro a escasos centímetros del mío y me coge de las manos —siempre hace esto cuando requiere mi atención absoluta—. Acaba de acordarse de lo afortunado que se sintió cuando alguien le enseñó que podría conseguir algo de comida si se dejaba besar y manosear por algún cocinero en las trastiendas de algunos bares. Brillaban sus ojos como si estuvieran observando, todavía, aquella porción de comida que había conseguido por tan poco... ¡Ese día no tendría que reunirla de entre los restos de los contenedores de basura! Durante unos segundos puedo observar esa felicidad animal en él, la alegría desbocada y pura, limpia y sencilla que es privativa de la infancia, la locura y la senilidad. ¡Se sentía tan afortunado...!

Y yo quiero llorar a gritos; quiero abrazarle hasta cubrirlo por completo; quiero pedirle perdón por todos aquellos miserables que ensucian y embrutecen la existencia propia y la ajena. Pero sonrío con él, y me esfuerzo por darle toda la ternura que soy capaz de reunir más allá de mi angustia y desazón —como me enseñó a hacer mi madre—. Siento un dolor desconocido penetrando hasta las raíces de mis convicciones más elementales, esas que cimentan la manera en que comprendemos y explicamos el mundo y nuestra propia existencia. Y es que uno «conoce» ciertas miserias, pero no las «comprende» en su integridad hasta que no ha sido preso de alguna de ellas. Por ello, no puedo evitar sentir oleadas de pudor cuando me cuenta la felicidad que sintió al poder comprar, por primera vez, algo mullido que interponer entre los cartones y su cuerpo.

«Nunca permitiré que nadie pretenda humillarme por algo que me permitió salir de la pobreza más absoluta» —me advierte con su fiereza habitual. No es a mí a quien desafía, claro, sabe que esos juicios me resultan ajenos y, en todo caso, consecuencia de la ignorancia del privilegiado. Y es que, si hubiera diferentes tipos de dignidad, él alcanzaría el mayor grado en alguno de ellas. 

Nos ha costado querernos, la verdad. Alguien como él no puede permitirse la vulnerabilidad de exponer la intimidad última, aquella que dota del calor suficiente al alma para superar los momentos de mayor angustia, cuando la vida descerraja las últimas puertas que nos protegen del abismo.

Podría seguir describiendo cómo despiertas lentamente, y cómo la primera sonrisa que me dedicas es siempre pícara, desafiante y burlona. Pero prefiero besarte, y finalizar con unos versos de Antonio Vega escritos para ti.

[...] Donde las haya, tenaz, mujer de cartas boca arriba
Siempre dispuesta a entregar, antes que sus armas, su vida.

Mujer hecha de algodón, de seda, de hierro puro
Quisiera que mi mano fuera
La mano que talló tu pecho blando de material tan duro [...]

domingo, 16 de abril de 2023

Las intermitencias del pensamiento


Hay tres técnicas narrativas principales: el monólogo interior, como Albert Camus en El extranjero; el soliloquio, como vemos en la preciosa Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes; y el flujo de consciencia, técnica que —magistralmente, a mi juicio— podemos hallar en La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez. Luego, en ensayos, es frecuente el monólogo reflexivo, que implica un proceso de revisión y pulido que lo aleja de la naturalidad. Creo que en mi blog predomina este último, aunque incluye algunos fragmentos de monólogo interior. Sin embargo, tengo particular predilección por el flujo de consciencia, aunque no emplee este técnica con frecuencia. Me gusta porque el pensamiento, lejos del orden y la coherencia que presuponemos, va desmadejando hilos que se bifurcan, extinguen y superponen, como un sistema vascular insustancial que irriga recuerdos y sentidos imprecisos. Sí, considero que el desorden refleja mejor la complejidad del pensamiento humano que la ilusión tranquilizadora —por predecible— de la estructura lógica.

Con frecuencia, conceptualizamos el pensamiento como un discurso interno sujeto a las mismas leyes que la comunicación humana; es decir, una secuencia de significados ordenados de manera inteligible para otras personas. Pero ello no es más que la manera a través de la que expresamos o transmitimos una parte del pensamiento; no es el pensamiento sino una fracción de este. Elaborar un discurso comprensible al entendimiento humano, implica obviar toda una nebulosa de emociones, sensaciones e imágenes que concurren con aquellos que otros hemos seleccionado para dar coherencia al pensamiento. La paradoja del lenguaje humano es que permite expresarnos, a costa de empobrecer la experiencia interna.

Sin embargo, hay personas con una habilidad excepcional para integrar en un único significado coherente, amplias porciones de caos. Estas personas son capaces, a través de las múltiples expresiones del arte humano, de trascender los límites habituales de la lucidez humana. Por ello, cuando contemplamos algunas de sus obras más sublimes, quedamos conmovidas al reconocer significados que nuestros pensamientos nunca pudieron alcanzar. Supongo que tomamos conciencia de nuestra condición humana al sabernos parte, aunque remotamente, del «fruto del cerebro humano» —como escribió Violeta Parra—. Me parece que esto le sucedió a mi madre cuando la encontré frente a la La Pietà de Michelangelo Buonarroti, paralizada, conmovida, incapaz de contener las lágrimas. Por mi parte, sentí algo similar por primera vez, el día que leí el siguiente fragmento de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust:

«A simétricos intervalos, en medio de la inimitable ornamentación de su follaje, inconfundible con el de ningún otro árbol frutal, abrían los manzanos sus largos pétalos de satén blanco, o dejaban colgar los tímidos ramitos de sus capullos encarnados. Por allí, por el lado de Méséglise, es donde observé por vez primera esa sombra redonda que dan los manzanos en tierra soleada y esas  sedas  de oro que el sol  poniente teje oblicuamente bajo las hojas del árbol, y cuya continuidad veía yo a mi padre romper con su bastón, pero sin desviar nunca sus hilos».

La genialidad de Proust se manifiesta en este fragmento de texto capturando un cúmulo de detalles y matices a partir de un hecho cotidiano, y creando una imagen enriquecida que permite trascender los límites de la percepción humana. La belleza emerge de la condición humana, proyectándose en cada expresión de la existencia. Quizás este grado de lucidez sea propio de hombres y mujeres de excepcional sensibilidad, pero no es privativo para el resto de personas. De hecho, tengo el convencimiento de que, con práctica, puede estimularse su desarrollo.

La lucidez se nutre, en mi opinión, de las contradicciones humanas, las dudas, los miedos, las aspiraciones, la incertidumbre y los cambios vitales, entre otros; es decir, de los procesos cognitivos y emocionales que son inherentes a naturaleza humana. Difícilmente se podrá comprender el comportamiento humano si no se es consciente de que el pensamiento solo es un elemento más en la vorágine del mundo interior de las personas. Pero, para desarrollar esta conciencia, debemos aprender de quienes, como Proust o como Michelangelo, pudieron acercarse al alma humana a través del arte —paroxismo de la lucidez—.

_____________ 

(Ahora pienso en vosotras, alumnas y alumnos, que esperáis la corrección de vuestros trabajos. Disculpad mi insistencia por la lectura, mis contradicciones, mis frecuentes errores y reflexiones, pero, realmente, tomo muy en serio mi labor docente. Por ello creo que mostraros mi humanidad, sin privaros jamás de la más mínima confusión e incertidumbre, es la manera más honesta y leal de enseñaros lo poco que puedo aportaros en el fascinante proceso de formaros como psicólogas y psicólogos.)

sábado, 11 de febrero de 2023

El amor en los tiempos de Tinder

Con toda la delicadeza de la que pude hacer acopio tras unas semanas de esperar su mensaje, le hablé de cómo su falta de cuidado me había dañado, y de cómo había unos mínimos que había que respetar para trasladar la voluntad de crear ciertos vínculos; incluso, los de amistad. Aunque conmigo no fueran ya a crearse esos vínculos —le escribía—, podría establecerlos con otras personas, si era más considerado con los sentimientos de la otra persona. «Bienvenido al siglo XXI», me escribió como pronta respuesta a las razones que le había expuesto por las que ya no estaba interesado en seguir conociéndole. La nebulosa de justificaciones que vertió no hizo más que evidenciar el desconcierto que le había causado el hecho de que yo no estuviese dispuesto a aceptar el marco conceptual de relaciones afectivo-sexuales que normativizaba su actitud. No negaré que sentí pena, pero hay caminos que no estoy dispuesto a volver a transitar.

Unas semanas antes, sentados en un banco del antiguo cauce de el Turia mientras Ayla correteaba a nuestro alrededor, Cristian y yo mirábamos el suelo irregular del pipicán. «Cada vez es más difícil que estemos dispuestos a quitarnos el caparazón, que nos abramos a la posibilidad de conocer a alguien —me dijo, apesadumbrado, tras el largo silencio—, porque, luego, es un fiasco más, y nos sentimos vulnerables y ridículos». ¡Cuántas veces me consoló ante la misma herida! La natural alegría de la condición homosexual esconde, tras la aparente fortaleza del tantas veces humillado, una soledad atávica y persistente. Recordé, entonces, los versos de Gil de Biedma:

«De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad»

La libertad individual sobre el afecto y la sexualidad es una de las conquistas más importantes de la Edad Contemporánea en Occidente en materia de derechos humanos y sociales. Pero eso ha supuesto cambios en el paradigma de las relaciones interpersonales; y todo cambio implica beneficios y costes. Anthony Giddens fue uno de los primeros sociólogos en sugerir que la modernidad emocional genera en las personas una «incertidumbre ontológica» que los sume —nos sume— en una ansiedad permanente. Antes de que Jean-Jacques Rousseau escribiera su obra «Julia, o la nueva Eloísa» sentando las bases de lo que se conocería como la «propiedad del sí», la Iglesia y la Ley protegían y aseguraban unos procesos y normas respecto a las relaciones afectivo-sexuales. Aunque nos parezca paradójico —incluso, terrible—, la falta de libertad generaba certidumbre; había clases sociales, normas y procedimientos que eran conocidos y trascendían al individuo. Toda práctica afectiva-sexual no normativa era severamente castigada; bien en nombre de Dios, bien en nombre de la ley. El cortejo era poco más que la exposición de las condiciones materiales que quedaban aseguradas si se acordaba el matrimonio; y es que era un contrato entre familias, en la que ambas partes conocían las condiciones de antemano. La sexualidad, entonces, tenía como objeto la descendencia; y esta, a su vez, la transmisión de patrimonio y acumulación de riqueza.

Afortunadamente, esto ya es historia… o no. El 90% de los matrimonios en India son concertados. Al margen del matrimonio infantil —recusable, en cualquier caso—, los estudios sobre satisfacción marital en el matrimonio concertado entre adultos arrojan resultados sorprendentes. En un estudio publicado en 2008 por el equipo de Jayamala Madathil en la revista científica The Familiy Journal, hallaron que la satisfacción manifestada por las parejas de matrimonios concertados era significativamente superior a la de matrimonios basados en la libre elección. Esto, evidentemente, debe ser interpretado con precaución y asumiendo muchos matices culturales, pero no deja de resultar desconcertante. Puede que la libertad individual en las relaciones afectivas tenga más aristas de las que preveíamos, o quizás no hayamos reflexionado lo suficiente respecto a sus consecuencias en una sociedad sumergida en una lógica de economía de mercado.

Y es que amar es un arte que requiere aprendizaje, sacrificio, respeto, responsabilidad y paciencia, tal como defendía Erich Fromm en su libro «El arte de amar». ¿Estamos dispuestos/as a renunciar a una parte de nuestra libertad siendo conscientes de la fragilidad de las relaciones actuales, la abundancia —aparente— de posibilidades que permiten las aplicaciones de contactos, y la primacía de la sexualización como valor esencial del atractivo? En el mundo gay, desde luego que no. Las personas más interesantes y lúcidas que conozco están solteras. Solteras y dañadas. La sucesión de fracasos afectivos, la volatilidad del compromiso y la deshumanización de los procesos de «cortejo» nos está destrozando como comunidad.  El sexo casual y sin compromiso que, en un momento de persecución a la comunidad gay, fue una expresión casi subversiva ante un marco opresivo heteronormativo, se ha impuesto como práctica predeterminada que antecede, incluso, al propio conocimiento del otro como persona. La socióloga Eva Illouz escribe: «La afinidad electiva entre el deseo casual y el consumo se volvió evidente con la tecnología de internet, que aceleró y agudizó la organización de los encuentros sexuales bajo la lógica del mercado y convirtió los encuentros en una mercancía que se adquiere y se descarta, de manera especialmente manifiesta en la amplia gama de sitios y aplicaciones disponibles a través de internet, tales como Tinder» (p. 96, «El fin del amor»). La desaparición súbita, sin mediar explicación alguna, de la persona con la que se ha tenido cierto grado de intimidad —el conocido como «ghosting»— implica una violencia emocional que, por frecuente o por sobreentendido, no deja de ser brutal; solo superado por la aceptación de que cualquier respuesta ante ello, que no sea la digna resignación, sea un acto inapropiado o «fuera de lugar». La comprensión no exime del daño; la libertad tampoco de la responsabilidad afectiva.

Aprendí a liberar la pálida risa de la que, con tanto celo, me privaba. Aprendí a atrapar —por unos escasos segundos, claro— sus ojos verdes con los míos, mientras huían nerviosamente entre detalles siempre lejanos; se sabía vulnerable entre las fracturas de su inteligencia. De otro aprendí que ciertos besos son un hogar en el que descansar, y a ellos volvía cuando la ansiedad me embargaba. También recuerdo aquel cuya mirada era fiera, como fieros son los vientos de su tierra, y su cuerpo frío, como frío era el silencio que cubría una infancia inmerecida. De todo aquello, qué quedó sino silencio. Ya lo escribió Jorge Manrique hace 500 años:

«¿Qué le fueron sino lloros?
¿Qué fueron sino pesares
al dejar?»

Manuel nunca leerá esto. Tampoco lo hará Gabriel, ni Roberto, ni otras personas que me dañaron de alguna manera. Sé que yo herí a otras, incluso evitando reproducir marcos y prácticas que nunca acepté, y vuelven a mi memoria cuando me fragilizo. Sé que es una batalla perdida, pero siempre hallé una extraña dignidad en persistir ciertas derrotas. 

lunes, 19 de diciembre de 2022

Ocho años después... y una ausencia absoluta



Han pasado tantos años desde la última vez que escribí una entrada al blog… no puedo evitar sentir cierto vértigo al asomarme, aunque sea de soslayo, a estos últimos años. Oscar Wilde escribió que «a veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante». Pero no, ese vértigo no sobreviene por haber vivido una sucesión de acontecimientos trepidantes que apenas pueda resumir. De hecho, mi vida es bastante plana y, de alguna manera, serena. Cada cierto tiempo, como es natural, algún suceso modula el pulso de lo cotidiano, pero, generalmente, una arritmia temporal no deja más que algunos trazos de memoria que no trascienden el anecdotario de lo trivial. Sin embargo, cada cierto tiempo, un acontecimiento altera el orden y la naturaleza de la vida, imprimiendo su influencia, aunque sea infinitesimalmente, en cada una de las decisiones que restarán de la vida. Supongo que a esos momentos es a lo que hacía referencia Oscar Wilde.


En cualquier caso, el rigor cronológico nunca fue una exigencia de este blog; en realidad, tampoco lo es para mi memoria. Durante este lapso, he sido amado y —quizás— yo mismo amé. Cambié de profesión; cambié de ciudad; cambié de aspiraciones vitales; cambié de ciudad; y volví a cambiar nuevamente de ciudad. Entraron algunas personas a mi vida y otras salieron. Y en ese intervalo, murió una de las personas que más he querido, quiero y querré. Me gusta quedarme con los versos de Jaime Gil de Biedma: «que la vida iba en serio, uno empieza a comprenderlo más tarde».


Murió mi amigo, y una parte de mi vida se disoció. Me resulta demasiado complejo explicar lo que sentí, lo que pensé, lo que sufrí; me parece algo inabarcable, condenado a la insuficiencia.


Así, la ira del dolor primitivo, la necesidad de conocer hasta el más mínimo detalle, la sed de una justicia difusa que reparta el dolor insoportable, fueron agotándose con el paso del tiempo, y demudando lentamente en un dolor sordo y sereno, en una quietud ingrávida de vida. Llegó, en fin, esa nueva soledad que había sido desconocida para mí y que, a partir de entonces, me acompañaría hasta el momento que escribo este texto —y sí, sobre este texto se derrama parte de esa soledad, como este texto penetra en esa misma soledad—. Era la soledad despojada de todo romanticismo, era esa soledad permanente e insaciable que no priva de la sonrisa ni de la alegría, pero que tampoco termina por desprenderse. Esa soledad que produce la pérdida de una de esas personas que dejan una impronta indeleble en nuestras vidas, y cuya imagen se vuelve intemporal.


Él solía decirme que todo lo explicaba la dinámica de fluidos, su propia especialidad en ingeniería. Me intentaba explicar que no existía el vacío y que, por lo tanto, no estábamos separados aunque estuviéramos físicamente lejos. Esto se debía a que el aire, el agua y los sólidos no eran más que fluidos de diferente naturaleza que, en permanente contacto, impedían el vacío. Por eso, concluía, nunca estaríamos separados el uno del otro. Por otro lado, y de manera más sencilla, mi madre siempre me ha dicho que del centro del pecho de una madre parte un hilo invisible e ilimitado, mágico e irrompible, que se extiende hasta el infinito —si fuera preciso— hasta llegar al pecho de cada uno de sus hijos e hijas; así, me decía, ella siempre estaba unida a mí aunque no estuviésemos en un mismo lugar simultáneamente. Creo que mi madre desconocía que ese imaginario simbólico tan hermoso que había creado para calmar mi inagotable angustia, comparte esencia con la creencia del «cordón rojo del destino», propia de ciertas mitologías de Asia oriental. Nunca dejará de conmoverme la ternura de mi madre y su deliciosa habilidad para embellecer los miedos primigenios que, por otra parte y sin intención, contribuyó a que prendiesen en mí; esos miedos esenciales a la pérdida persisten hoy con sus intermitencias.


Pero él ya no está para ofrecerme uno de sus abrazos gigantes que tantas veces rechacé por el orgullo estúpido de la vulnerabilidad. Dejó su vida, sí, pero no dejó de vivir, pues habita en la memoria de cada una de las personas que le quisimos. Y es que el recuerdo lentifica el paso del tiempo, lo hace denso y, si persiste lo suficiente, llega a cristalizar. Entonces, ese recuerdo ya mineralizado, formará parte de las constelaciones que ocupan la memoria profunda. No pasa un día sin que contemple, aunque sea por un instante, ese firmamento íntimo. Finalmente, y si muero con todos los sentidos humanos conservados, espero exhalar los últimos hálitos de lucidez sumergido en la noche constelada de la memoria, donde titilen los recuerdos últimos de todas aquellas personas amadas que me acompañaron en vida.




(Hay algo bello en el hecho de terminar este texto justo en la ciudad donde le conocí, en la ciudad donde vivimos juntos, en la única ciudad en la que, realmente —ahora lo sé—, me he sentido plenamente feliz. Rafa fue parte indisociable, elemental, de cualquier felicidad que pude vivir en Valencia)


miércoles, 30 de marzo de 2011

Días extraños.



Días extraños. Días de silencio. Hace un mes que no escribo, y algo menos que apenas puedo leer. Llevo arrastrando desde hace unas tres semanas los diarios de 1956 de Gil de Biedma. Pero no consigo concentrarme. Casi no duermo y, cuando lo hago, no descanso. Son días extraños, días que dejan a su paso una asfixiante sensación de ruina, una vaga percepción de pérdida. Aunque trabajo, lo hago sin pasión (oscura antesala de una agonía más o menos certera). Últimamente, cuando entra un paciente al despacho y me cuenta sus preocupaciones, sólo siento deseo de permanecer en silencio frente a él, o ella, dejando que el tiempo pase como una fina lluvia (otras veces, me pregunto qué coño hago yo en ese lado de la mesa). En fin, no sé, creo que aspiro a vivir la vida como eso, como una fina lluvia que ni empapa ni cesa. Un largo suceder de días sobre un camino tranquilo.


(La infusión no me calma. El cigarro no me encuentra)


“Yo no sé vivir”. Sus palabras sencillas y curvas, sin adornos, sin excesos, se adelantan con prisa al silencio que las va a cubrir. Solo palabras unidas, desnudas y dibujadas, que juntas cantan un lamento humano. Un lamento exiguo, fastidiado y apenado, que se ha desprendido (quizás ya derramado) de su cansancio (de nuestro cansancio). Pero es tan puro, tan limpio, que no parece haber sido pronunciado en lenguaje sonoro, el que hace vibrar el aire hasta llegarnos, sino por aquel lenguaje, mucho más íntimo y complejo, que es con el que nos hablan los recuerdos ya lejanos y los sueños.


José es mi hermano (¿por qué decimos “es mi hermano” cuando queremos indicar un amor superior a la amistad? No queremos tanto a nuestros hermanos hasta que nos damos cuenta de que los amigos están condicionados a la voluntad, y eso no ocurre hasta muy avanzada edad). Bueno, ya me entendéis. Digo que es mi hermano porque le quiero mucho, pero también porque me une algo a él que va más allá del afecto. Nos une este desconcierto por la vida, esta inadaptabilidad incómoda. Por eso, cuando leí en los diarios de Gil de Biedma el siguiente texto pensé en él (e inevitablemente en mí): “Treinta y cuatro años, inteligentísimo, poco dinero, pocas posibilidades establecidas de progreso. Conoce los entresijos de la vida práctica con una extrema lucidez, y al mismo tiempo es radicalmente inapto para la vida práctica. Una de esas personas –yo me tengo por otra- que con los mismos defectos pero con menos cualidades, hubiera funcionado mucho mejor”. ¿No te parece, mi José, que con sólo nuestros defectos seríamos más felices, que todo habría sido más fácil? (y algunas personas nos consideran especiales porque no saben qué nos dice el silencio cuando callamos). Sin embargo, tú eres más real que yo, y te envidio por ello. Tú eres la parte irresponsable y valiente que perdí en la batalla.


(Vuelve, Javi, a donde cada vez te cuesta más regresar. ¡Maldita patria lejana que no puedo abandonar! Sólo necesito dormir un poco, y todo parecerá menos sórdido mañana)


Víctor se divierte conmigo, como un niño que abre cajitas bonitas que le hacen reír (siempre he sido un buen juguete nuevo). Creo que para él soy un agua fresca de la que bebe con dedicación. Yo también disfruto mucho con él. Me encanta ver cómo la vida antecede a su conciencia. Envidio tanto ese vivir sereno que le permite la naturalidad… Es más sabio de lo que necesita y menos necio de lo que debiera. Parece que tiene prisa por crecer, o que quizás ha nacido ya viejo (como la tía Tula de Unamuno). Me toma en serio a pesar de todo, y cree que soy mejor de lo que realmente soy. Creo que si tuviera el piano que tanto desea, le cantaría “perfect day” de Lou Reed, porque así son los días con él.


(Esta noche casi ha pasado. Esta noche me voy a acostar pronto, voy a leer y a dormir. No voy a pensar que Cristian se va a Lisboa, ni que no estoy donde debiera con Rafa… No, voy a intentar, sencillamente, descansar. Os prometo que la próxima entrada no será tan aburrida. Puede que hasta escriba algo alegre. A Laura le prometí que el primer cuento alegre se lo escribiría a ella, pero de aquello hace nueve años y creo que ya ni espera. A ver si la próxima vez cumplo. Un besico.)

jueves, 24 de febrero de 2011

Laodomía en mis temores.


Cuenta Apolodoro que entre los mejores héroes helenos se encontraba Protesilao, y que éste fue el primero que puso pie en tierra troyana, muriendo a manos de Héctor tras matar a numerosos enemigos. Su esposa, Laodamía, le amaba tanto que, cuando se enteró de su muerte, mandó esculpir una estatua a semejanza de su amado esposo, llegando a tener relaciones sexuales con ella. Aquel amor conmovió tanto a los dioses que Hermes decidió hacer volver a Protesilao del Hades y permitir que Laodomía lo disfrutara durante unas horas. Pero cuando hubo acabado el tiempo prestado, y Protesilao tuvo que volver al Hades, Laodomía, comprendiendo que sólo había sido una concesión temporal de los dioses, no pudo soportar el dolor y se quitó la vida.

La leyenda de Laodomía me conmovió desde el primer momento en que la leí. Creo que nada me ha acercado más a la condición humana que la mitología griega. Y es que ésta refleja lo que somos los humanos, sin precisiones ni dogmas, sólo pura y absoluta contradicción, pasión, absurdo y sueño. Por ello los dioses, como reflejos humanos, no eran infalibles y erraban como nosotros lo hacemos cotidianamente. Sus errores tenían, en numerosas ocasiones, consecuencias trágicas para los humanos. ¿En qué me he equivocado? -Se lamentaría Hermes-. ¿Cómo mi regalo, el retorno imposible que sólo Orfeo, Odiseo y Heracles completaron, ha tenido un final tan terrible? ¿No era acaso su retorno lo que tanto deseaba Laodomía?

Mi vida es todavía corta, apenas llego a la treintena de años, pero algo ya he aprendido de ella. Entre esas pocas cosa que ya intuyo, es que nuestra voluntad es sólo una vela en el mar. Cuando era más jovencico, pensaba que todo lo podía, y que lo que no podía era porque no importaba. Así que creía que los sentimientos estaban bajo mi dominio (sí, había leído que eso no era así, ¿pero qué iban a saber todas aquellas personas que no eran yo mismo?), y que podía manejarlos con la destreza con que los describía. Pero lo cierto es que no. Los sentimientos son como las mareas que fluyen bajo el casco de nuestra propia vida. A veces navegamos sobre ellas, otras nos dejamos llevar y, en otras ocasiones, estamos a su entera merced y no hay vela ni timón que las doblegue. Sin duda, entre ellas, el amor es una de las más fuertes. Una vez que se ha surcado con el viento a favor, pocos viajes se pueden comparar con aquel. Y quizás yo tenga el defecto de recordar mis viajes más hermosos con demasiada persistencia, pero lo cierto es que es así. Luego, cuando el camino se ha terminado (y siempre hablo de mí mismo), no hay una barrera, sino una continuación incierta, difusa y que, como las sendas de los montes, siempre se puede seguir si prestamos la suficiente atención.

Dejar de caminar algunas sendas no es sencillo. Requiere tiempo convencerse de que aunque el camino era hermoso no era el que nos llevaría a donde teníamos que ir. A veces ese camino se rompe abruptamente, como le pasó a Laodomía, y seguimos caminado con los ojos cerrados esperando que al abrirlos vuelva a dibujarse la senda a nuestros pies. Pero en ese circular boscoso, la soledad y la duda nublan la conciencia y despiertan el recuerdo, y despiertan la nostalgia. Ceder o no ceder es entonces una cuestión meramente humana.

Laodomía necesitaba la estatua de su marido para transitar el dolor de su ausencia. Quizás su amor era tan intenso que la locura (a ojos de los demás) era el único vínculo que le unía a la vida. Quizás llegaría el día en que la estatua sólo le evocase una felicidad íntima y silenciosa. Aquel era su camino, aquel había escogido ella. Pero los dioses no comprendieron que todo era una misma senda, así que le devolvieron el pasado para arrebatárselo después. Imagino el dolor que sintió para besar la estatua fría sabiendo que el calor no volvería a sus labios. Lo que no puedo imaginar es el dolor que sentiría cuando después de comprender la piedra como paso al aire, le devolvieron la piel para negársela por segunda vez.

Quizás yo necesite estatuas aunque vosotros, mis amigos, las lamentéis. Quizás mis caminos sean más largos, quizás mis dudas siempre más presentes, pero a veces me pregunto si no es así como tiene que ser conmigo, y si parte de mi belleza (lo que vosotros consideráis así) proviene de ese afán por recordar los viejos caminos y contároslos nuevamente. Si no, puede que nazca de pisar las viejas sendas, y las que todavía laten profundamente bajo mis pies. Recordad que no fue eso lo que mató a Laodamía, sino lo que vino después.

¿Aprenderé esta vez definitivamente de lo que le pasó a Laodomía?

miércoles, 26 de enero de 2011

Las caracolas perdidas







Necesito agotarte, consumirte, derrotarte. Necesito que te desesperes en el intento, necesito tu frustración, tu vencimiento, tu fracaso. Necesito que me odies, que llores de rabia y decidas tirar la toalla. Que te lamentes hasta el tuétano de tus errores, de desafiar a la naturaleza, de imponer tu voluntad a la razón. Necesito ver tu sangre esparcida por el suelo, tu rostro empapado de tierra y barro. Necesito que de tu boca entreabierta emane un caudal denso de vencejos oscuros volando de ira. Que rasgues mis dibujos, rompas los ceniceros de barro que nunca supe hacer bien, y pisotees todo lo que he hecho por ti. Dame rabia porque sabré que es amor, dame violencia porque sabré que es hogar, dame desprecio porque lo doraré y me cubriré con él sabiendo que la tejieron tus esperanzas.

Estoy harto de la ciencia, harto de la razón, de la cita, de la historia, de la sonrisa perfecta y la mirada comprensiva. Estoy harto de ser sin ser, de conocer sin saber. Harto de tanto mineral, de tanta lógica, de tanta lucha política. Que ardan todos mis poemas por una sola de tus iras, que se borren todos los recuerdos que un día me hicieron sonreír, que se consuma todo en un segundo. Todo, a cambio de un pedazo de tu vida, uno que te arranques y me ofrezcas gritándome “toma, es tuyo, te pertenece más que nunca”. Coge tu corazón herido en la mano y dame un pedazo sano.

No reclames lo que dejaste morir, porque lo que crees amar no es más que un resto desesperado, artificial, apenas sobrevivido, de lo que un día llevaba un pijama verde y buscaba caracolas entre los riscos de Itzurun. ¿Por qué las tiré al mar de la infancia dejando que la marea baja las alejara con esa tristeza fría de los acantilados? ¿Cómo esperar la más hermosa de las rosas sin desear sus espinas? ¿Y qué pasa cuando la rosa ennegrece sus pétalos y cae deshojada? ¿Acaso hay belleza que no sea efímera? No le pidas comprensión por ser ya sólo tallo y espinas. Que mejor muere el animal en libertad que vive el cautivo.

Ahora cada felicitación es una bofetada íntima, cada logro un retroceso, cada conquista una derrota más en esa guerra brutal y necesaria que nunca deseé y en el que soy el soldado fiel y acecho permanente. No escuches mis palabras porque miento más de lo que entiendo, y escondo más de lo que conozco. No mires mis gestos, ni mis actos, no los midas con tus esperanzas sino con mis carencias, mis fronteras y mis ausencias. Que no soy ni tan bueno, ni tan sabio, ni tan equilibrado. Soy un agua turbia que ni siquiera esconde ya los misteriosos secretos que otros desean. Soy piñata usada, restos de fiesta, un traje elegante y orgulloso que esconde la desnudez más íntima.

Estoy cansado, terriblemente cansado. Quiero leer y no buscar mis dudas en las palabras de otros, no alcanzar la conciencia en los versos de un poeta. Quiero vivir, vivir, vivir. Vivir como un ave en libertad, como un líquido en el mar, una brizna en la tormenta. ¿Cuántos silencios necesitas para escuchar mis gritos? ¿Cuántas sonrisas para ver mis lágrimas? ¿Cuántos amigos amados para ver mi soledad? ¿Qué más tengo que escribir, que decir, que mostrar, que sangrar, para que comprendas que sólo es tu mano sincera lo que necesito? ¿Qué más cadenas he de romper para que veas mi prisión fortalecida a cada paso? No soy yo quien me liberará de cautiverio, y sólo yo puedo hacerlo. No me importa morir si encuentro una razón para hacerlo.

Necesito que cierres mis ojos con un beso, que me leas un cuento al dormir. Necesito tantos cuentos… Y que me arropes, que me digas que no me va a pasar nada. Que me digas que un día alguien me querrá sin más, sin cláusulas, sin esfuerzos. Que el amor no es un negocio, ni es un pacto, ni un reto que alcanzar. Ni por supuesto, y esto es lo más importante, algo que me deba ganar con mi esfuerzo. Dime que el amor no se describe, no se compone, no se alcanza en cuerpos yermos y fríos como troncos desvencijados.

Y nunca pasa nada, ni nada es ya realmente importante porque el pasado nunca se quedó ahí. El camino deja herida en la retina. Y cansa. Es entonces cuando la noche, la soledad, sube la marea y me devuelve las caracolas vacias y quebradas. Por eso necesito que agotes hasta tus últimas fuerzas y que cuando yo desee mi muerte, cuando te observe avergonzado, cuando sienta que soy la última trinchera de tu derrota, entonces te levantes de tu agotamiento, de tu tristeza, de tu amargura, y vengas a mí, me cojas la mano, y me digas “estoy contigo, a tu lado, duerme tranquilo que yo protegeré tus sueños”.

Entonces no tendré caracolas, ni tendré columpios, ni puede que desaparezca el cinismo cruel que apenas comienzo a dominar. Seguramente nada cambie, y el miedo siga campando con fiereza en mis dominios agotados, pero por lo menos dormiré tranquilo una noche. Puede ser, y digo sólo que puede ser, que esta vez no llore con mi corona de papel cuando salga al escenario. Déjame ver que después de todo, te levantas por mí, sólo por mí, y que lo harías aunque mi cuerpo ya no albergara vida, aunque hubiera fracasado absolutamente en la vida. Necesito saber, saber muy dentro, que a pesar de todo lo harías por mí.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nothing else matters


Nunca fui a Granada, como dijo Alberti, y sin embargo, viví allí unos años. Como muchos años pasé en tu compaía y, sin embargo, nunca estuve contigo. Por no recordarte no dejas de estar ahí. Por no estar, tus ausencias no dejan de poblar mi vida. Puede que ya no estés, puede que seas silencio para mí, que te niegue, que tu recuerdo, los pocos que todavía no consigo disipar, se pierdan en la neblina de la distancia. Pero entonces un día, cuando un amigo me abraza y me susurra al oído que me quiere, que no estoy solo, cuando todo parece ir bien, cuando parece que conseguí el silencio que tantos años me obligaste a buscar, surcas el olvido y atraviesas la vida hasta mi voz, con la misma certeza que cuando dijiste adiós (aunque no estoy seguro que lo llegaras a decir). Ahora ese niño que también soy, que sobre todo soy, se descubre (porque quien le abraza le quiere, y él sí le promete que no se va a ir). Entonces está claro, si es que acaso hubo dudas para quien supo mirar, que el rey no es rey, ni apenas príncipe, y que sólo ese niño asustado mora el castillo. Y está claro que esas preciosas estancias hielan la sangre y el estar, porque son de dura piedra, y que por muy profundas, y muy nutridas de colores sean sus vidrieras, la luz apenas llega, y sin ella no hay calor, y sin calor no hay sueño, y no hay descanso.


Él me abraza y me besa con ternura en la sien. Nunca estuvo tan cerca, por eso tengo miedo y me siento vulnerable, pues sé que los castillos son bellos en la distancia pero oscuros si los alcanzas. Estoy cansado de recorrer sus torreones, sus largos pasillos y de aquellas ventanas enjauladas que sólo dan a un mar cada vez más oscuro y borrascoso. Me dejó llevar, me dejo llevar (todo el mundo que me quiere y me conoce, me dice que me deje leavr). Oigo su respiración en mi nuca, y dejo que el recuerdo se me desprendan entre sus sábanas. Ya casi no me da miedo pensar que puedo desnudarme. Vamos, Javi, ¡Abre los ventanales de tus salones! No temas que las ricas telas se deshagan al contacto con el aire. Quizás todavía lata en corazón de lo que amaste antes de emparedarlo entre los frágiles muros de la lógica. El eco del castillo retumba siempre más fuerte cuando callo.


¿No oyes, mi precioso Cristian, cómo una orden me llama a crecer? ¿No oyes cómo una voz amiga, la única, me lanza a la ecuación? ¿No ves que las estrellas se apagan cuando un fragmento de luz tintena bajo su puerta y me dice que todavía no estoy solo? Duerme a mi lado esta noche, que la litera está vacía y su cuerpo ya no forma una constelación de peso sobre mí. Juega conmigo, mi cama será la nave que atraviese un océano sin islas ni puertos. Mañana habré vuelto a crecer, mañana no habrá nave, ni habrá estrellas, ni abrazo que duerma mi desorientación. Mañana seré ecuación, como esperan de mí, quienes por mí y contra mí, todo hicieron. Pero esta noche juega conmigo. Prende conmigo las mechas de lo que dejaron olvidado.


Cristian, ayúdame con tu silencio, no recuerdo su voz, porque ahora su voz no es la de quien entonces me habló. No es la voz que me hacía reir y llorar, con esa alternancia tan infantil. No recuerdo su rostro, pero sí su sonrisa de pómulos blanquecinos sobre el moreno extraño de su piel. No recuerdo su voluntad, la que sabía manejarme hasta la obediencia. No le recuerdo ya, y sin embargo no le olvido. Porque uno puede hacer como que no recuerda, que no le toca, pero se engaña si piensa que olvida. El olvido es un ave que no permanece, y a cuyo caprichoso vuelo estamos condenados.


Hay quien dice que pienso demasiado en el pasado. Tú sabes ahora que no hay más pasado que presente, y que esa distinción no tiene sentidos más allá de la razón, del verbo. No hay aguas de Leteo en las que sumergirse. El pasado son cuerdas que nos atan al presente, y cortarlas en precipitarse sin raíces. Yo no escribo del pasado, sino del presente, y ellos creen que la memoria puede esparcirse a voluntad, como la vía láctea des su seno, y observarla desde un microscopio. Los hinduístas creen que no hay análisis objetivo, puesto que no podemos salir de nuestra propia naturaleza para obsevarla desde fuera, y por lo tanto toda visión de algo ya es desde ese algo.


Su mirada verde cristal, como esencias estampadas en vidrio de un bosque profundo y diluviado, persigue mi cuello, se arrastra por mi cabello buscando una luz que apenas llega, pero que sin embargo le genera calor. Él nunca me pidió luz, nunca la exigio como pago a nada (y tiene mucho que cobrar), pues él también la oculta como yo, y como yo la cree delicada y quebradiza. Pero sí me pide calor, y yo se lo doy con mi intimidad, aunque nuestros cuerpos no se toquen, las palabras pueden llegar a arder en hogeras inmensas. Espera paciente a que mis palabras lleguen como barcos empujados de alta mar y los cobija en su puerto sin preguntas ni justificaciones. Él sabe escuchar. Poca gente sabe hacerlo. Muchos se callan porque no saben qué decir y piensan que desviar el rumbo en la banalidad de un supuesto olvido es el mejor consejo, y la mayoría creen que es su deber señalar el camino a quien dice estar perdido (sin preguntarse si realmente quieren encontrar un camino. Pero él no, él escucha en silencio y sólo acaricia mi pecho si tiembla por algún recuerdo grave. Y como la tormenta, llega la calma, por lo menos hasta la próxima tormenta.


Esta noche, en mi castillo, retumba tu risa más que todos los silencios. Esta noche juegas a mi lado, y estoy nervioso porque siempre lo había hecho solo. Yo llevaré el guión, tu hablarás al viento.


¡Qué hermoso es retornar a Itaka si estás a mi lado, Cristian!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Donde sea... Pero juntos. (Viaje Madrid-Barcelona)




Siempre he creído que todo gran viaje supone, inevitablemente, un viaje a uno sí mismo. No es precisa una gran distancia para hacer más profundo ni más completo ese viaje interior. Sino que lo único necesario es la disposición a caminar, en el sentido más poético de la palabra, a caminar decididamente, sin límites, conscientes de que los temores, los que estaban y los que están por llegar, serán parte del camino, como lo serán los recuerdos, el cansancio, la ilusión, todo aquello que vive en el ser humano. Porque si vivir es en sí mismo un viaje permanente, viajar dentro de la vida es una forma más intensa de vivir, y por lo general más luminosa y clara. Así, una vez que hemos comenzado el camino algo va meciéndose dentro y fuera de nosotros, en un suceder de estaciones, de vientos y de días, liberadas de las leyes físicas y temporales que hemos creado para adormecer nuestro temor a los indomable. Y el viaje verdadero, o por lo menos al que yo me refiero, comienza cuando comprendemos que no hay más horizonte que esa finísima capa de piel porosa que separa el mundo interior y el exterior, y que ambos se mueven en una danza conjunta, hablándose en un idioma cómplice que los humanos llevamos siglos intentando descifrar. Entonces sólo no queda escuchar, porque ese idioma que desconocemos está hecho de nosotros, y si ofrecemos nuestro silencio con sencillez y humildad, llegaremos a comprender lo que de nosotros hablan. Puede que sea una comprensión irracional, que no se explica ni describe, sino que sencillamente se alcanza y se llega a saber (como sabemos que un animal es más feliz en libertad o que la lluvia sobre la ciudad es, de alguna manera, algo triste).

Éste era un viaje que me debía hacía tiempo, un enfrentamiento pendiente, constantemente pospuesto, que no podía retrasar más (ni por mí, ni por los heridos que dejé esperando mi lucha) y que, sin embargo, seguía retrasando. Era por cobardía, me decía si quería hacerme daño, o bien era por agotamiento si lo que quería era dormir esa noche un poco menos triste. Pero el tiempo pasaba, e iba poco a poco deshojando de recuerdos el futuro de mi memoria. No sabría decir cuándo había ocurrido, aunque sabía que había sido paulatino y sutil como sucede en todo lo que se hace raíz, pero había llegado el momento en que yo no era suficiente razón para intentarlo. Javi ya no era suficiente, ni por su pasado, ni por su futuro. Sabía que por no enfrentarme a esos viejos temores que iban creciendo inexorablemente dentro de mí como gigantes baobabs, estaba aceptando perderme una parte importante de mi vida y oscureciendo lo que un día serían mis recuerdos. Pero así era, y por mucha angustia y tristeza que me generara, sólo podía observarlo, ocultarlo a mis amigos y esperar ilusamente una migración de aves para irme con ellas a otro planeta.

Entonces descubres una de las maravillas de la amistad. Y es que a veces, lo que uno no no es capaz de hacer por sí mismo, sí lo es por un amigo. Ese amigo, en este caso, era Cristian. Mi amigo Cristian. Saber que nunca había estado en Madrid, y que tenía la oportunidad de ser yo el primero con quien visitara esa maravillosa ciudad me suponía una oportunidad y un honor que no estaba dispuesto a dejar escapar. Para mí, Madrid es una ciudad íntima, la quiero y la odio como sólo se quiere y se odia a Madrid, y así se lo quería transmitir a él. No sé la razón, pero habita en alguna parte profunda de mí, y pensar que podía compartirlo con Cristian, y que a lo largo de toda nuestra vida (que es el tiempo que espero que dure nuestra amistad), compartiéramos los recuerdos de aquel primer viaje a Madrid, me dio la fuerza suficiente para comenzar ese viaje que tenía pendiente.

No sé si comenzarlo con Cristian fue más acertado o menos que haberlo hecho cualquier otro de mis amigos más amados, pero sin duda ha sido lo mejor que podía haber imaginado. Me dijo que él quería estar conmigo esos días de viaje, que el lugar le daba igual, que lo importante era estar juntos, y cuando terminó de decir esas palabras, quizás por el momento preciso en que me las dijo o porque comprendí que era una verdad tan sincera, Cristian anuló el paso del tiempo como variable dentro de nuestra amistad, y ahora habita los Campos Elíseos de mi mundo junto a quien ya están ahí, donde quiero que permanezcan toda mi vida.

A Madrid se la quiere porque es oscura, enorme, transgresora, caótica y hostil, y cuando uno llega tiene la sensación de que no te espera, que ya no cabe nadie más y que en una ciudad así sólo se puede estar de paso. Porque Madrid (o así me la imagino yo), es una enorme madre cansada, abandonada, agotada, eternamente disgustada, maldiciendo su vida y su soledad, que te grita que no tiene sitio para ti mientras te hace un hueco y se quita comida de su plato para alimentarte. Se aleja diciendo que tienes que irte cuanto antes, pero haciéndote sentir que ya no quiere que te vayas nunca más.

Los pormenores del viaje... Madrid y su ensordecedor anonimato, el Retiro con Jon señalando a las palomas, el Templo de Debod haciendo de esfinge de la Casa de Campo, nuestras pisadas al kilómetro cero, la Plaza de Mayor, la manifestación con los Saharauis, nuestras conversaciones entre Neptuno, Cibeles, Atocha... La mano de Cristian coge la mía, y todo va mejor. Al poco, todo ya va bien.

Lo siguiente era Salamanca, donde esperaba uno de los más heridos por mi silencio. Pero no era el momento, algo había comenzado y tenía que saldar una cuenta anterior. Sergio cree que prefería estar con otra persona pero no se equivoca. No se lo explico, ya lo haré y sé que lo comprenderá. Cuando lo haga sabrá que iré a Salamanca tantas veces como quiera o necesite, y le explicaré porqué lo haría por él. Estará molesto, pero debo aceptarlo. Sabe que le quiero, y yo sé qué sabré hacerle ver cómo le quiero. Pero no puede ser en ese momento. Debo ir a Barcelona.

Barcelona es la hija buena, progre, alternativa, con sus anchas calles en cuadrícula, su mar y su monte, como una ciudad que espera ansiosa que vengan a visitarla para bailar alrededor del visitante. Uno va a Barcelona y siente inmediatamente que quiere vivir en un sitio así, casi siente que ya lo hace. Te acoge enseguida, te pasea por sus calles, te marea y sorprende con Gaudí. Sonríes con sus parques, casas y ventanas. Sin embargo, no sé si sólo me pasa a mí, pero siento que si estuviera en peligro, Barcelona se haría de porcelana resbaladiza y me alejaría suavemente de ella sin despedirme, mientras que Madrid se pondría un cuello vuelto y gorra, y sería capaz de cruzar navajas en un callejón si fuera necesario para salvarme. Por eso prefiero Madrid, siempre he preferido que estén a mi lado en las malas antes que en las buenas.

Pero Barcelona tiene a José y tiene a Tes. Le debía a José una visita. Le había fallado muchas veces (todas las veces que él sentía que yo le fallaba, no sabía que yo me fallaba a mí mismo más que a él, y que su reproche sólo profundizaba más la herida). Así que, sin dudarlo, me fui a Barcelona. Escribir mi estancia en Barcelona daría para otra entrada al blog, y quizás lo haga en otra ocasión, así que sólo voy a decir que es la primera vez que he sentido a José como futuro. Hemos pasado unos días juntos y he hecho cosas que sólo puedo hacer con él. Muchas veces me pregunto cómo hemos llegado a tener esta amistad... ¡con lo que nos hemos odiado! ¡con el daño que nos hemos hecho mutuamente! ¿Cómo es posible que nos queramos tanto? No, José, no voy a escribir aquí lo que he vivido contigo estos días, pero sólo voy a decir que por fin hemos vivido juntos. Vivido juntos. No pasar los días, no soportarnos, no querernos a rabiar mientras nos hacemos daño... Sino vivir juntos. ¿Por qué cedes en tantas cosas sólo para hacerme feliz? ¿Acaso lo merezco? No importa, tú lo haces. Por eso habitas también mis Campos Elíseos, y por eso estás en ellos recibiendo a Cristian. Cuando volvía de regreso, pensaba que si voy finalmente a vivir a Barcelona, quiero hacerlo contigo.

Tes se quejaba porque había esperado, y se queja siempre aunque sabe que la quiero, porque quejarse es su forma de quererme, y de recordarme que a ella siempre debo quererla un poco más cada vez. Tes es, además, más mujer, y cada vez me parece más lejana, más profunda e inalcanzable. ¿Te he asustado, Javi? Me había escrito por el ordenador. Pues sí, y me has entristecido. Siempre que la veo pienso que de haber querido estar con una mujer, habría sido ella, y que con ella mi vida habría sido mejor porque ella lo ilumina todo (su cabello estaba más inflamado que nunca, y los rizos oscuros parecen una nube en la que adentrarse debe ser un sueño eterno). Barceloneta, el barrio Gótico, las calles se suceden al paso rápido de Tes. Ya está tan perdida en la vida, se hace mayor (y más bella... ¡todavía más bella!) y sus inseguridades ahora son sonrisas, no baja la mirada cuando duda y comprende con la lejanía de las personas que comprenden sin abandonar su espacio. Tes acoge y abraza, y parece que Barcelona le sonríe orgullosa.

Este viaje me ha dejado cargado de palabras que no conocía, de sentimientos que no comprendo (si es que realmente sirve de algo entender un sentimiento), de sensaciones nuevas que no puedo expresar y que me provocan una sensación de ensordecimiento y confusión, como el que se siente tras un estallido cercano. Me siento henchido, copado, desbordado. Como si hubiera vivido doblemente de lo que lo he hecho. Siento que algo empieza, pero no sé qué, que algo ha cambiado, pero tampoco sé qué.

Con los días, iré procesando todo lo que he vivido, lo he sentido, pensando, e imagino que tendré una idea más clara (aunque realmente no sé si deseo que quiera obtener algo concreto), pero en estos momentos sólo me viene a la cabeza una canción que me lleva rondado durante los últimos meses. Quizás signifique algo, quizás no. Pero aquí os la dejo:


"Somos madero en deriva dentro y fuera de la costa,
somos bardos sin silencio con algunas libertades,
porque todo prisionero, de sí mismo extrae verdades,
aunque la verdad no existe.

Somos algunas razones con bastante fundamento,
somos lo que busca, a tientas, un futuro que persiste
en dejarnos como atados, no en mostrarnos como libres,
pues la libertad no existe.

Somos parte de los pasos de la historia cotidiana,
somos como una ventana
que espera que un ojo mire para anunciar su mañana.

Como una veleta nueva que no sabe dirigirse,
porque siempre los caminos,
son pocos para escogerse y largos para seguirse.

Somos piedra sobre piedra, piedras de generaciones,
que actuamos como mortales y pensamos como flores,
porque una flor es la prueba, de que en medio de lo triste,
lo sensible lo renueva"

Karel García
"Lo sensible se renueva"