
A veces, caminando por alguna calle, algún parque, donde sea, alguien dice tu nombre, y siempre, ¡siempre! me giro. No estás, hace años que no estás, casi debería haberte olvidado por completo, pero no puedo evitar reconocer tu nombre entre los sonidos y buscar su origen. Por eso, el otro día en el metro, cuando unos chicos que iban hablando a mi lado mencionaron tu nombre, tuve que mirar a quien era poseedor de él. Cuando eso ocurre, ciertas imágenes vienen a mi mente, borrosas, tan borrosas, que ya se han hecho casi sentimientos. Te veo, bueno, veo la imagen de nosotros dos jugando con dos espadas de plástico, sobre el poyo que separaba la piscina del hotel y la playa. Como dos corsarios, apenas mayor yo que el tamaño de mi espada, luchamos mientras reímos y miramos a la cámara. Y me llegan otras imágenes que se confunden con las viejas fotos.
Asocio tu recuerdo al poema de María Cegarra Salcedo, aquel que dice algo así como “nadie nunca dijo, ha dicho, mi nombre como tú”. No es porque tú dijeras mi nombre de forma especial, que no recuerda que fuera así, sino porque el nombre, en esos versos, cobra vida y se convierte en algo absolutamente identificativo y único de una persona. Como si el nombre, digo, fuera tan claro como la piel que lo encierra. Así que digo tu nombre dos veces, y parece que estás ahí, desnudo de palabras necias y sucias.
Y recuerdo tus extensas cartas, en especial aquella tan larga escrita con la vieja máquina de escribir que teníamos. ¿Sabes que yo la utilicé hasta la resistencia casi subversiva? Al final me resultaba muy difícil encontrar cinta de tinta de recambio y, luego, además, era muy difícil poner en la máquina. Te gustaba escribir con máquina, por lo menos no te recuerdo escribiendo en el ordenador. Imagino que, en parte, yo escribía también en esa máquina por ti. ¿Te acuerdas que las teclas se quedaban atascadas si golpeabas dos a la vez? Yo jugaba a acumular todas las teclas hasta que volvían a su sitio por el peso. La máquina está ahora en el desván, creo. Como en el desván hay tantas cosas de entonces, y en el silencio tantas de ahora.
¿Sabes? Creo que en la vida tenemos que tomar decisiones, elegir formas de vivir, de relacionarnos, etc. El tiempo juega con nosotros, casi diría que se ríe de nuestras decisiones, y nos devuelve a aquello que juramos dejar atrás, y luego nos aleja de lo que pretendimos ser. Cambiar es humano, de hecho creo que es de las cosas más humanas, y creo, también, que lo podemos hacer ya que ciertas cosas permanecen, porque son ajenas a nuestras decisiones. Los sentimientos saben de qué hablo. Sobre los sentimientos no podemos decidir, pero sí lo podemos hacer respecto a cómo sobrellevarlos, cómo evitarlos, alejarnos, desearlos, todo eso puede llegar a mover esa inmensa fuerza que son los sentimientos, pero no te equivoques, éstos tienen un latir propio, y la mente sólo puede soñar que los domina. El tiempo dirá si vuelves o ya es tarde, todo eso lo dirá el telar de las parcas, pero ciertas cosas ya no van a volver, porque esas cosas se dan en momentos determinados, y si no se dieron en esos momentos, ya no se repetirán. Por eso debemos sonreírnos ante nuestras más fieras decisiones.
Voy a seguir trabajando, que ya es tarde. Me gustaría decir te que estoy escribiendo un libro, que no es gran cosa, pero creo que te gustaría saberlo, pues los dos somos escritores. Porque sí, porque muchos años han pasado y, efectivamente, no eres en mi vida más que unos siempre inoportunos recuerdos, pero por lo que te he dicho antes, porque los sentimientos habitan en nosotros como la naturaleza más persistente que quiebra el hormigón de la mano humana, por eso, cuando la ventana de tu recuerdo se abre con la voz de alguien, aunque acudo rápido para cerrarla otra eternidad, no puedo evitar mirar a través del siempre distorsionado cristal del recuerdo perdido y esbozar una lejana sonrisa.