martes, 5 de octubre de 2010

Sísifo en esta noche (en todas)





Cuenta Proust que durante una de aquellas fiestas de la alta sociedad francesa de finales del siglo XIX (y que tan bien describió en su obra magna), a las que por aquel entonces era asiduo, conoció a una joven señorita que debía ser de gran belleza. En algún momento debió reunir suficiente valor quizás acumulado por la seguridad que le generaba ser un caballero de cierta edad curtido en las sutilezas y la elegancia de aquellos salones recargados) para invitar a aquella dama a desayunar al siguiente día. Ella, tras escuchar la invitación de aquel caballero, rió y se supone que declinó la oferta. Digo se supone porque me parece que eso ya no lo dice. No hizo falta. Aquella risa penetró en su conciencia con una verdad descarnada, cruel y hasta entonces no atendida. Comprendió súbitamente que aquella risa escondía, sin mucha elegancia, el claro mensaje de que una señorita tan joven no iría a desayunar con alguien tan mayor. Esa realidad evidente, pero invisible en la juventud, se le reveló con la crueldad propia de lo irreversible. Se dio cuenta de que el tiempo había pasado sigilosamente tras los años, y que aquel futuro que siempre parecía esperarle cuajado de posibilidades sólo había sido una ilusión, un espejo inalterable, combustible para quemar inconscientemente el presente. Los años habían pasado llevándose con ellos la juventud, la vida, el tiempo. Sintió que nada dejaba al mundo, que el tiempo era irrecuperable y que lo había perdido creyendo que era eterno (¿cómo no va a serlo cuando uno es joven?). Tan pronto como comprendió esta realidad en la risa terrible de aquella joven, corrió hacia su casa y comenzó a escribir una de las obras fundamentales de la literatura universal: “En busca del tiempo perdido”.



Sin llegar a ser un salón social dieciochesco, ni yo mínimamente Proust, recuerdo una escena semejante que me ocurrió en la adolescencia. Estábamos todos los amigos de entonces en el salón de casa, de la casa que compartimos cuando nos independizamos unánimanente al comenzar la universidad, discutiendo de política como cada noche, entre guitarras, vino y porros. Discutíamos acaloradamente sobre cuál había sido el factor clave en el desarrollo de la humanidad. José, evidentemente, decía que la lucha de clases. Secundado por el resto de amigos que, como él, digerían con mayor o menor disfrute, las obras de Marx. Yo, por mi parte, que había quedado impresionado por las tesis de Erich Fromm, defendía que no era la lucha de clases sino el miedo a la libertad, lo que había hecho que la humanidad se hubiese desarrollado como lo había hecho. José, el mejor contrincante dialéctico que he tenido en mi vida, citaba a Marx y Engels (como se reza a Dios ante su altar, que diría Bécquer). Yo, seducido por aquel marxismo psicoanalizado, sacaba Fromm, Freud, etc. Dos egos intelectualoides enfrentados desde sus altares de orgullo e ignorancia. En mitad del fragor de la batalla/discusión, Rafa (creo que fue Rafa) preguntó a una chica que había traído y que había pasado del todo inadvertida por nosotros (demasiado terrenal para merecer nuestra atención) según su juicio qué era lo que había determinado el desarrollo humano. La chica, con una humildad infinita, dijo que ella creía que la muerte era lo que había movido a los seres humanos. La muerte, la certeza del fin, lo inevitablemente efímero del ser, el temor al después, la angustia del desperdicio... José y yo quedamos en silencio. No discutimos más. Días después todavía nos mirábamos acongojados y avergonzados. No sé qué me dolió más, la nueva angustia del fin, la derrota estrepitosa de nuestra discusión o la bofetada de humildad que nos había dado esa chica tímida, callada y delicada como un suspiro.



No es que yo no hubiese pensado nunca en la muerte, ¡Claro que lo había hecho! De mi pared colgada un poema de Baudelaire, sonaba siempre en mi cuarto música triste donde la muerte era la máxima expresión de la vida, el Che muriendo nítido, acribillado, por un ideal y yo le habría seguido ciegamente por aquellas montañas bolivianas, era la bala justificada de Larra atravesando el romanticismo español... Pero todo aquello era realmente ajeno a mí. Lo vivía con pasión, como se vive todo aquello que todavía no se ha vivido pero que se desea ardientemente vivir. Sabía de memoria, y todavía recito algunas estrofas de forma casi inconsciente como una oración involuntaria en los labios, las estrofas de Manrique:


Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

[...]

Los plazeres e dulçores
desta vida trabajada
que tenemos,
non son sino corredores,
e la muerte, la çelada
en que caemos.
Non mirando a nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no hay lugar.

[...]

Esos reyes poderosos
que vemos por escripturas
ya passadas
con casos tristes, llorosos,
fueron sus buenas venturas
trastornadas;
assí, que no hay cosa fuerte,
que a papas y emperadores
e perlados,
assí los trata la muerte
como a los pobres pastores
de ganados.

[...]


No hay lugar. No hay lugar. Nunca dejará de impresionarme este poema escrito hace seis siglos. Pero respecto a lo que yo quiero escribir esta noche, un poeta lo hace mejor que yo. Nuevamente Gil de Biedma en “Poemas póstumos”:


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.


Pero yo sí he sido consciente de este paso del tiempo, y no sé si esa consciencia me ha ayudado a vivir o, más bien, (probablemente) ha cargado mi vida con una angustia prematura. Que uno nunca llegará a ser Proust es algo que se acepta con unas noches de llanto, otras de cinismo y otras sorna. Pero que uno no llegará a ser lo que creía que llegaría a ser, a pesar de seguir los pasos que creía que le llevarían a ello, es algo que cuesta más tiempo aceptar. Uno pretende ser Sísifo creyendo que los dioses perdonarán, pero no es así. Ciertas cosas no se olvidan, y otras no se alcanzan, por mucho que uno huya o tenga esperanza (me pregunto si realmente no será lo mismo). No hablo de la inutuilidad de la vida, eso ya me parece cansado y hasta estúpido. Hablo de aceptar que los sueños que tuvimos se conviertan en otra cosa diferente, más adecuada, “realistas” (o como se quiera edulcorar la derrota) y dar gracias a la vida porque no lo hagan en pesadillas. Dicen que eso es, en parte, la madurez.


Pero he cumplido recientemente 29 años y empiezo a comprender que la vida no va a ser muy diferente de lo que es ahora. No es que mi vida sea mala, que no lo es. Es sencillamente que no creía que sería así. Me angustia tener que aceptar que el futuro no está allá, y que yo no seré mucho mejor persona que lo que soy ahora (lo cual no es muy tranquilizador). No quiero lamentarme, ya lo hice muchos años y me cansé (el sufrimiento dulce, romántico, ya lo experimenté, pero me llevó al sufrimiento desnudo y desconocido, así que desde entonces evito uno y otro). Pero si no quiero decir eso... ¿Qué quiero decir? Ya he perdido el hilo.


Bueno, sí, quiero decir que me aterra pensar en que el día que tenga que mirar atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, vea una huella árida. No quiero que un jovencito ría cuando me atreva a intentar seducirle. No quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero no perderlo, pero no lo consigo. Y se va escapando como de mi mano como el humo de mi cigarro, dejándome como un espectador paralizado ante un caudal irrefrenable que le atraviesa y que no puede detener. Soy consciente, por otra parte, que si muriese en este mismo momento, mi vida ya sería suficiente sólo por las personas que me llorarían y las que reirían con amor recordando mis errores.


Recuerdo la viñeta de Mafalda en el que le dice a sus amigos algo así como “¡La pucha! Resulta que si uno no se come la vida, es la vida quien se lo come a uno”. Creo que la vida te come de todas formas, aunque mañana seré feliz pensando en vivir y morir como lo hizo Don Guido. Pero esta noche no. Esta noche desearía volver a vivir siendo otro diferente, uno que no consumiera horas al sueño frente a este teclado, rodeado de artículos científicos que leer y una cama vacía, sino uno que estuviera permanentemente sobre un barco, un tren o cualquier estrella.



miércoles, 15 de septiembre de 2010

Aunque sea un instante


Recuerdo perfectamente el momento en que leí el poema de Gil de Biedma. Recuerdo la impresión que me causó, esa sensación fría y vertiginosa que nos causa la identificación de algo propio, algo íntimo y silencioso, en las palabras ajenas. No eran versos complejos, ni sentenciosos ni tiritantes. Eran versos sencillos, cansados e indefensos, como esas respuestas que damos cuando nos rendimos. A pesar de que lo que identificaba no era, digamos, socialmente positivo (desengañémonos, la alegría no invita a la instrospección si lo que se precia es escribir), el hecho de descubrir un pedazo de mí en unas palabras permanentemente impresas, me generó ese sentimiento extraño de cercanía y calor que da el recordar que otros anduvieron antes este camino que en ciertas ocasiones nos parece recorrer en la más absoluta soledad. Los poemas, probablemente más que ninguna otra expresión artística, parecen acceder con más limpieza y desnudez a esas emociones (más que pensamientos) que parece sólo poder tomar forma si se cubren de palabras.


Así que allí estaba, el libro abandonado en una mano, mi mirada sostenida sobre la playa del Postiguet, esperando que la tarde se deslizara con sus horas lentas de puerto. Entonces no sabía, pues para mí no existías, que el banco sobre el que estaba sentado miraba hacia tu casa (puede que tú mirases por el balcón hacia el mar, o hacia la calle en ese momento). Que los dioses juegan con nosotros cruzando nuestros caminos de forma irónica, y cruel a veces, es algo que considero tan real como estas mismas palabras. Asi pues, ironías del destino (u otra cosa peor) hizo que estuviera sentado frente a tu casa cuando Gil de Biedma me confiaba nuestro secreto. También era el tuyo, aunque nunca me lo dijiste, yo lo supe enseguida.


Tú querías que te llamase enfermo mental pero yo me negaba. Si querías evadirte de la realidad, yo no iba a impedírtelo, (¿cómo iba a hacerlo? Sería feliz si llegase a ser la mitad de valiente que tú) pero no iba a ser cómplice de esa farse que, por otra lado, ya no necesitabas. ¡Cómo desconfiabas al comienzo! Tu mirada distante y esquiva bordeaba la mía, y sólo se posaba en mí para alzarse enseguida todavía más lejana. Y sonrisas... Pocas. Desconfiabas, y yo lo entendía. Decías que no te comprendería, y sin embargo querías que lo hiciese. De alguna forma, desde tu soberbia independencia, desde tu desprecio culto y refinado, necesitabas que te comprendiese. La soledad, compañero, se puede tallar con mayor o menor finura, pero la madera, por ser humanos, es la misma. Así que cuando me hablaste de una soledad sórdida y fría, no te escuchaba una bata blanca, y si te preguntaba qué esperabas de la vida no era porque buscase un diagnóstico. Al final lo comprendiste, y tu sonrisa fue más amplia que tus labios, y tu mirada menos huidiza. Tú no eras un enfermo mental, y yo no era un psicólogo. Con otros, sí, pero contigo no. Quería alcanzarte, y tú que te alcanzara. Pero comencé a entrar tarde, aunque ninguno de los dos lo sabíamos.


No te juzgo, ni me culpo, fue tu decisión y yo la respeto. No sólo la respeto, sino que también la comprendo. Ya te dije, no sólo soy psicólogo. Los dos prometimos intentarlo, pero los dos admitimos que podríamos fracasar. Y los dos fracasamos. Me pregunto, como en la canción, qué angustia te acompañó en aquel momento, qué dolores viejos calló tu voz. No importa, no importa, sólo es curiosidad. La vida es dura, y para ti lo era más. El pasado puede arrastrarse como un lastre asfixiante, pero casi siempre se puede sobrellevar, sin embargo, a veces, el pasado es tan oscuro que no sólo te impide caminar sino que te arrastra hacia él. Era una guerra, una guerra que en tu caso duraba ya más de veinte años. Veinte largos años huyendo, de ciudad en ciudad, de país en país, de oscuridad en oscuridad. Ganaste algunas batallas, perdiste otras, y en algún momento, en el balcón de tu casa, aquella tarde, decidiste que estabas cansado de la guerra, y sentiste que la paz no llegaría nunca por sí sola. Quiero pensar que miraste el mar, el mismo mar que yo he mirado tantas veces, antes de precipitarte al vacío. Quiero pensar que hice, que hicimos, que tus últimos días fueran más cálidos, apartando el frío humano de la soledad y el desamparo. Estoy seguro, o quiero estarlo, que en algún momento, antes de saltar, y digo que sólo durante unos segundos, pensaste en nosotros, y quizás en mí. Así que siento que no fracasamos del todo. Pero no puedo evitar pensar que si hubieses esperado un poco, sólo unos días, habríamos vuelto a reir sobre el paseo del puerto, habríamos discutido sobre literatura y sobre historia.


Ayer volví a ese banco, con el poema, y te lo leí desde la distancia. Desde una distancia ya inabarcable. El poema se llama “Aunque sea un instante”. No me duele tu muerte más que por la soledad que te acompañó. Espero que allí, si hay allí, encuentres la paz que la vida que no te permitió. Creías que no dejarías nada al morir, eso me decías, pero estabas equivocado. Los que nos quedamos te recordamos con una sonrisa. Has dejado más de lo que imaginaste, y de lo que nosotros mismos imaginamos. Creo que me costará olvidarte. No tengo prisa.


Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro
nos asalta, gritamos invocando el pasado
–invocando un pasado que jamás existió–

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,
vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no era más
que un desolador deseo de esconderse.

Jaime Gil de Biedma
de Compañeros de viaje. (Joaquín Horta, 1965)



viernes, 27 de agosto de 2010

¿Qué hay de malo en soñar despierto?



Hoy, durante la comida, Ricardo me ha preguntado cómo escribiría la novela de mi vida a partir de ese momento, sin asfixias del presente ni las limitaciones de lo probable. Le he respondido que imagino que querría amar y ser amado, esa correspondencia negada tanto tiempo, así como llegar a ser escritor... Aunque las más importantes no las he querido decir, por dejarlas habitar solamente en mi mente. Mientras le respondía, con jovialidad ante la dulcísima posibilidad, no podía evitar recordar aquellas palabras de Gil de Biedma: “Aunque sea un instante, deseamos descansar. Soñamos con dejarnos. No sé, pero en cualquier lugar con tal de que la vida deponga sus espinas”. Después, a las horas, seguía pensando en qué escribiría en aquella novela vital en la que sería autor y protagonista (¿Acaso no nos dijeron siempre que eso precisamente era vivir?). Pero si imagino, si robo de los sueños del futuro un posible presente, éste queda pronto cojo y silencioso (los sueños de la mente humana se deshacen rápidamente cuando los intentamos recordar). Si con mis palabras pudiese traer a estos días una realidad a mi voluntad, no iría a la imaginación sino a lo conocido. Y precisamente buscando ahí, en lo vivido, el futuro se muestra como una sucesión de emociones y sentimientos que quedaron fuertemente cautivas en aquello que llamamos recuerdos.

Así que voy a responder de nuevo, Ricardo, tu pregunta. Si pudiese escribir la novela de mi vida a partir de estos días, miraría unas hojas atrás y volvería a vivir algunos de estos momentos:

Volvería a sentir la presión de los cordones de los zapatos en mi pie cuando mi padre me los ataba con fuerza mientras yo hacía equilibrio para no caer (pues él sujetaba mi pie entre sus rodillas). Sin duda jamás he vuelto a sentir con mayor claridad tanta seguridad y protección.

Volvería a sentir la angustia del primer día de colegio, cuando lloraba en la explanada de los autobuses porque no sabía cuál era el mío y, de pronto, la mano de mi hermana cogiendo la mía.

Volvería a sentir la ansiedad de la espera en la noche de los Reyes Magos, palpando la oscuridad y el silencio, apretando los ojos con fuerza como si por ello el sueño acudiese antes, obedeciendo ese profundo deseo de dormir para no importunar o asustar. Para finalmente caer dormido, exhausto de tanta emoción.

Volvería a sentir la emoción de aquel viaje sobre la alfombra lanuda, surcando el cielo inmeso e inexplorado del salón de casa, con apenas comida para unos minutos y sueños para unas horas.

Volvería a sentir esa felicidad que da el sentirse desgraciado cuando el mundo apenas me soportaba mis 17 años, y la vida era tan intensa como una canción de Barricada, yc ompleja como una disculpa.

Volvería a sentir ese temblor excitante en aquella caseta infantil que nos resguardaba de la noche tiritante, mientras sus labios temblorosos bajo la inmensa mirada azul, aguardaban aquel primer beso tan postergado.

Volvería a sentir su risa en mi pelo revuelto, su seno derramado sobre mi pecho, sus rizos estallando como una ráfaga incesante de caricias, mi torpeza sobre su cuerpo húmedo tras el caminar irretornable que ambos comenzamos.

Volvería a sentir el cristal frío del tren en mi frente, las lágrimas cortando el vaho del cristal que mi lamento eclosionaba, mientras Valencia era un esperanza anónima, metálica y desflorada, a la que me dirigía sin ser esperado.

Volvería a sentir la pintura del banco quebrándose entre mis dedos como hojas otoñales que su madera recordase, escuchando el rumor de la fuente salpicadando de reflejos la tarde, escuchando la luz que se filtraba hasta nosotros de entre las ramas de la acacia, escuchando de tu boca las palabras que realmente ninguno queríamos decir.

Volvería a sentir en mi mirada la curva de tu espalda que flexiona la belleza penetrante de tu cuerpo, y que acaba donde empieza la tarde, y empieza la oscuridad.

Volvería a sentir tanto momentos, tantos instantes como recuerdos tengo. Pues aunque algunos puedan parecer oscuros, melancólicos o sencillamente tristes, de alguna manera el tiempo los ennoblece y les otorga ese misterioso atractivo de lo pasado. El dolor que sana con la melancolía, los años lo convierten en nostalgia de canciones. Imagino que de volver a vivirlos, las emociones no serían las mismas, pero en parte ahí está la magia, la imposibilidad de retornar a un lugar nos empuja a su camino. Y no por desear volver a sentir lo pasado niego lo que espera, sino que por no vivido me parecerá siempre incompleto.

Así pues, Ricardo, si pudiera escribir mi vida contando a partir de este día, creo que dejaría la pluma cerrada, y con la mayor ternura y paciencia posible, leería lo que los años escribieron hasta hoy. Pero sí pediría a quien fuese, que lo que queda por escribir se parezca, más o menos, a lo que ya he vivido,

jueves, 12 de agosto de 2010

Carta en esta noche, de todas las noches.




Querido amigo:



Son las tres y media de la madrugada bajo la noche de Valencia. No puedo dormir. Estaba escuchando música en silencio, poblando la la oscuridad con los pensamientos cotidianos. Ya sabes que la noche los hace más nítidos y afilados. Como siempre me ha embargado la tristeza, pero esta vez he decidido escribirte. Siento el tiempo que ha pasado sin que hayamos hablado, y siento si lo que te escribo está desordenado, incoherente, inconexo, pero imagino que así reflejará mejor lo que en estos momentos siento y pienso. Disculpa este caos, pero ahora urge más el fondo que la forma.

Estoy en el salón con toda la casa a oscuras, escuchando a Ben Harper, mirando hacia la calle que tiene ese color áureo tan característico del alumbrado valenciano. Esta tarde le he enseñado a Sergio unas fotos de cuando teníamos 18 años. ¿Te acuerdas? Íbamos a comernos el mundo, a hacer la revolución. Sé que es lo típico que se dice, pero es que nosotros lo creíamos firmemente. Creíamos que podíamos cambiar las cosas y que la revolución era inminente. En la foto estamos toda la pandilla junta. Mi rostro ilumina esa alegría feliz de la melancolía adolescente. Si me vieras ahora, amigo, tras tantos años... Me siento tan viejo, asustado y confuso. Era cierto aquello de que el tiempo pasaba, incluso para nosotros. ¿Qué queda de ti? ¿Qué queda de mí? No soy ni la sombra de lo que creía entonces que sería. ¿Te acuerdas el miedo que sentíamos a echar a perder nuestras vidas? ¿El miedo a sentir lo que Proust sintió con la respuesta de aquella joven? Pues ahora lo siento, ahora en la intimidad de la noche, de la oscuridad, en el momento en que ningún amigo me puede reprochar mi melancolía, ahora siento nítidamente que voy cayendo inexorablemente a un lugar, no sé dónde, donde nada cambia y, sin embargo, todo es más oscuro.

¿Sabes que cada día me cuesta más sonreir, y que cada día me siento más alejado de todo lo humano? Necesitaría tanto que estuvieras esta noche a mi lado, y que me dijeras que esto va a terminar, que mañana, tras la lluvia de estrellas, esta sombra que se va extendiendo dentro de mí saltara de mi mirada a la profundidad del bosque... Pero ya ni siquiera creo en la magia de lo imposible.

¿Esto era vivir, amigo? ¿Para esto tanto apretar los dientes y mirar adelante? ¿Para esto tanta canción, tanto discurso... tanta espera?

Pero déjame que te cuente algunas cosas, que ya nada sabes de mí. Me enamoré, y sólo duró unas semanas, apenas tres, pero fueron tan felices... Sí, querido amigo, por fin fui feliz completamente. Pero se terminó y su recuerdo me sigue atormentando todos los días. Ahora su forma se ha difuminado, mezclado con otros a quien quise, y los recuerdos felices son de uno y de otro. Pero también he sido bien amado, y por buenas personas. Ahora estoy solo otra vez (¿acaso no lo estuve siempre?). Sigo esperando amar y ser amado, aunque ya no lo espero mucho, y creo que ser querido es ya de por sí el mayor de los privilegios que podré alcanzar. Pero déjame que te cuenta más.

Tengo amigos, y son lo que de verdad me causa la felicidad que llego a sentir. No te voy a hablar de ellos porque no procede, pero sí te diré que me hacen vivir, que me hacen seguir. En cierta ocasión mi madre me dijo que cuando estuviese muy triste y no tuviese fuerzas para vivir, pensara en aquellos que me quieren y que, por ellos, encontrara fuerzas para que mi estar les ayudase a vivir. Así ha sido hasta ahora. Pero es que ahora ni siquiera estoy convencido de que consiga eso. La fortaleza que siempre pretendí y que vosotros creísteis (y os ayudaba a vivir, como tú me decías) ya se ha descubierto con toda su terrible desnudez.

Tú supiste del mal que me corroe, y ahora algunos de mis amigos lo conocen. No sabes cómo me consume, cómo, y cómo me arrastra a la desesperanza, a la indefensión. Por cierto, ya no guardo rencor a mi madre por escribir aquella carta, ahora sé que me ayudó a creer en un futuro mejor y que ello me permitió seguir adelante, aunque ahora ese futuro se revele más triste y ceniciento de lo que era aquel pasado. Pero no creo que pienses que todo está mal, porque no es así. Todavía me queda la literatura y los amigos. Todavía es suficiente.

También quiero decirte que estas vacaciones están siendo un poco grises. ¡Qué iluso fui! Creía que podría volver a huir, que podría empezar de nuevo. Sí, lo sé, no es la primera vez, no debería haber caído. Pero es que esta vez necesitaba creer que era verdad. Tú me entiendes ¿verdad? Necesitaba creerlo. Y ahora te escribo desde el silencio de mi noche para decirte que no pude. Lo intenté, ¡Dios sabe que lo intenté! Pero no pude, y sin embargo me quedé tan cerca...

Pero no te preocupes, mañana amanecerá y todo parecerá más limpio, aunque para eso quedan unas horas, y ahora los recuerdos se agolpan en mi angustia. Tranquilo, algunas cosas no han cambiado, y una de ellas es ésa. Mañana lo intentaré otra vez. Mañana será posible, aunque esta noche sepa que no.

Bueno, voy a ir acabando. ¿Sabes? Casi no pude contener las lágrimas cuando leía El Príncipito en La Albufera con Cristian. No puedo evitar preguntarme siempre que lo leo, si el principito no tendrá un espacio en su pequeño planeta para mí. Daría tanto por ver las puestas de sol a su lado, y podríamos ver tantas como quisiésemos con sólo mover un poco nuestras sillas... Daría tanto por tener sólo una flor, tres volcanes (uno extinto) y un cordero... Daría tanto porque una bandada de avez migratorias me llevaran con él, Lejos, muy lejos, tan lejos...


Ahora sí me despido. Sólo me resta decirte que, aunque no estés, siempre estás. Echo tanto de menos tu amistad que nunca rozas si quiera el olvido a pesar de los años de silencio.


Un abrazo de tu amigo.


Javitxu