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martes, 13 de noviembre de 2007

Escenar eróticas - La Sauna

Aquí va un breve relato erótico que he escrito. Me gustaría incluir a partir de ahora algunos relatos, para que no sea todo... ¿Cómo era? ¿ego-blog? Espero que os guste, ya me decís.


LA INSOPORTABLE GRAVEDAD DEL ESTAR


Humedad. Vapor. Oscuridad. El ambiente es un inmenso vientre materno, oscuro, cálido y, por alguna extraña razón, acogedor. Me apoyo en una pared, y la acolchada película de humedad que sobre la superficie se eleva me invade rápidamente. Me cuesta respirar. La pared está fría y sin embargo el calor me asfixia. De algunos poros supurantes de azulejo finísimos chorros de un agua tibia se deslizan hasta alcanzar mi piel. La piedra es mi cuerpo, parece lata, con su corazón de sexo empapándolo todo. No puedo ver apenas más allá de mis manos. Quizás una luz tenue, a lo lejos. No identifico qué es. De vez en cuando una silueta se dibuja levemente, a tras luz de la siguiente estancia, entre la nebulosa. Toco la pared, siento la vida queriendo salir de ella. Cierro los ojos. En cualquier caso no veo. Siento mi corazón latiendo con fuerza, con tanta, que las gotas de mi sudor caen con pequeñas compulsiones. Inspiro. Necesito aire. Inspiro profundamente y de pronto siento que la sauna completa, con sus esquinas invisibles, su oscuridad disipando los límites, los cuerpos lascivos y sudorosos, todo lo que esa corrupción que se siente nada más entrar, penetra en mi cuerpo, en mis pulmones, en mi sangre y la excitación sacude cuerpo. Parece que el tiempo se ha detenido. Quizás el mundo se evaporó y sólo quedo yo en esa esquina oscura. No hay mundo, sólo vapor, sólo humedad, sólo sexo.

Camino por un pasillo. Luces diminutas, como estrellas mínimas, tintinean formando un camino en la negrura del espacio. No sé a dónde me llevan. ¿Acaso importa? Ahora mismo no, ahora que no sé dónde están las paredes, ni el techo, que no veo ni mis ojos. Sólo lo continuo. Tengo que moverme hacia donde sea, pero moverme. Entonces siento un cuerpo. No lo veo, no lo escucho, sólo lo siento. Se acerca a mí. Siento su desnudez como un abrazo infinito. Parece que toda una vida hubiera tenido su tacto en mi pecho, pero no es posible, no me toca. Se detiene. Yo también. Mi mente imagina un cuerpo, un rostro una sonrisa. No hay tiempo. Su respiración ha quebrado violentamente ese silencio temeroso entre nosotros. Jadea. Yo también lo hago. No se mueve. Yo tampoco. De pronto el tacto, su tacto, estalla en mi abdomen. Suda como yo, y yo tiemblo además. Es delicado, suave, lento. Jadeo yo. No domino su mano y eso me excita todavía más. Sube por mi pecho. Un pezón y se detiene, como un animal hambriento que oye en algún lugar respirar a una presa segura. Lo acaricia suavemente. Siento deseos de abrazarme a él. No lo conozco, es absurdo, pero en ese momento sólo existimos él y yo en el mundo. Sólo él y yo. No existe el espacio, no existe la luz, sólo su mano ascendiendo por mi cuello. Me arde. Me tiene. Mi corazón late compulsivamente, va a estallar. No importa. Sólo le pido que aguante un poco más, sólo unos segundo. Late, todavía late, ya morirás después. De pronto se detiene y yo quiero morirme. Se separa de mí. No lo veo, tengo pánico por no encontrarlo más. Pero su mano agarra la mía y me empuja a seguirle. Lo hago ciegamente, le sigo, donde él diga.

Le sigo, cogido de la mano. Con la otra sujeto la toalla que apenas da, envuelta en mi cintura, para soporta la fuerza de mi erección. Otros cuerpos se giran. Ahora hay más luz. Siento que me observan y luego se pierden las miradas. Subimos escaleras, creo. Dos personas se besan en algún lugar de la estancia en la que acabamos de entrar. Siento sus besos apsionados en la lejanía. No suenan pero los siento. Vapor, más vapor. Humedad, más humedad. Siento calor, me vuelve a faltar el aire. Camino por habitaciones, túneles, bajo unas escaleras. Me dejo llevar, poseído, como si hubiese caído en una cama que me absorve irremediablemente atrapándome en unas sábanas empapadas que me entierran. Llegamos a un sonido de agua. Esto debe ser el Jacuzzi. Aquí más luz y, por primera vez, veo a mi acompañante. Es un chico joven, alto y parece guapo. Poco a poco, la tenue luz comienza a dibujar su rostro, con una paleta de colores estivales. Tiene los ojos profundos. Quizás azules, pues percibo un temblor en el lugar donde deberían estar sus pupilas. Todavía no le distingo, no hay suficiente luz, pero ya es como si le conociese toda la vida. Sonríe. Sus movimientos son elegantes, precisos. No es la primera vez que entra en la sauna. Su cuerpo se hunde en el agua lentamente. Imagino un suicidio en el mar, imagino su cuerpo, bien formado, relleno de piedras. Imagino que se hunde y deja su vida en ese breve mar circular en cuyas cercanas orillas, cuerpos semihundidos se miran y se buscan. Él ya está sentado en un lateral. Me llama con un gesto. ¿Sólo lo he sentido yo? Es posible. Voy. Penetro en el mar. El agua burbujeante asciende por mis piernas, luego la rodilla el muslo. La sangre también asciende, y va ocupando mi pene. Éste asciende lentamente. El agua está caliente, y se sulfura al contacto con el aire. Las pompas estallan en la superficie y salpican los testículos. Camino lentamente. Entonces una boca de mar, cálida, profunda, excitante, me traga, me absorve y voy perdido al fondo de ese océano.

Me siento a su lado. Silencio. Los rostros se mueven lentamente a mi alrededor. Se mira, se buscan, se desean. Yo toco la pierna del chico. Se mueve como rama retorciéndose. Ahora su mano en mi pecho denuevo. El agua del Jacuzzi escala por nuestros cuerpos, anticipa la tormenta y participa en ella. Su mano camina nerviosa, como una araña, no me toca su palma, sólo los dedos buscan un camino y cada vez que se posa, un aguja de placer atraviesa mi piel. Mi mano en su abdomen. Perfecto, tiene un cuerpo perfecto, no puedo imaginarlo mejor porque no puedo imaginar nada fuera de ese momento. Respira bajo mi mano, y su sangre parece querer salir. La imagino como cuchilla rasgando la carne, pues mi palma desciende por su pubis y siente el sonido de su latido. Se retuerce. De pronto me agarra el pene. Súbito. Un espasmo sacude mi cuerpo y siento que el agua se ha desecho y mi centro ahora es su mano. Le busco con la mía. Erecta, absoluta magnífica, asciendo por ella. El glande no aguantará entre mis dedos, parece que se asfixia y quiere huir pero lo domino. Jadea, jadea con fuerza y gira su cabeza hacia mí. Está a mí lado, quizás dentro de mí. Suspira, gime, respira en mi oído. Siento caos y algo en mí que desea reventar, su mano tiene mi pene, ahora la otra agarra los testículos. No puedo, me retuerzo, me caigo y vuelvo. Su saliva se esparce en todo mi cuerpo sin tocarme. No hay dos corazones, ahora hay uno, se agrieta, no aguanta. El vapor vuelve, el agua, los rostros, los gemidos lejanos, esperma en el ambiente flota y nos humedece a todos. Calor, saliva cálida se desliza por mis dedos y su cuerpo está roto, sin huesos, sólo contracciones, enlentece su respiración.

El silencio vuelve a la sauna.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Viaje a Lisboa, viaje a una presencia y una ausencia


Lisboa es un derramamiento de fachadas y tejados que se precipitan unos sobre otros, y se detienen, en un suicidio colectivo, a orillas del Tajo. Me evoca profundamente al Albayzín con sus laberintos blancos, sinuosos y estrechos. Pero Lisboa no es como la perla envuelta que eleva con orgullo Granada, sino que es toda una ciudad inmensa, colinas urbanas atravesadas por una circulación metálica de tranvías. Lisboa cae en silencio, se desparrama entre un murmullo ensordecedor de turistas inquietos. Nosotros, David y yo, llegados en el tren hotel Lusitania, nos introducíamos en la vieja Lisboa.

Chamartín 22:50 horas. David cena antes de coger el tren. Yo no tengo hambre, me la quita un vacío impuesto, una ausencia que me cubre. No estará su sonrisa, ni su torpeza maravillosa, ni su interés por todo. No tendré su cuerpo curvo, ni los veré los pequeños saltos, ni su piel, su mirada alegre, ni su niñez bailando en el paso inmediato. Su ausencia al borde de las lágrimas retiene y hace pesados mis movimientos. ¿Qué estoy haciendo?

En el tren, en la litera, silencioso, me preguntaba qué me había impulsado a ir a Lisboa. Me siento incompleto, confuso y cansado. El tren se retuerce en una agonía que durará diez horas, para morir en la Estación de Oriente, Lisboa. Neruda se deslizaba entre mis pasos inquietos por el pasillo del tren... “escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos”. David juega con la emoción de la primera vez y está más guapo que nunca. “La besé tantas veces bajo el cielo infinito”. Afueras de Madrid, sigo buscando su sombra entre los suburbios, no la alcanzo. Fotos, nerviosismo y tristeza, el tren en campo abierto, oscuro y estrellado como el verso. Me paraliza su trazo…”Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”.

Nueve de la mañana hora local, pisamos tierra de Lisboa. ¿Qué espero de ella? Quizás un encuentro con mi infancia, recuerdos difusos de la mano siempre constante de mi padre en un viaje antiguo. Quizás un caminar por donde antes lo hicieran Pessoa, Saramago… Ricardo Reis. ¿Acaso importa? Quizás sí, pero eso ya da igual, el metro llega a la estación de Rossio y voy acompañado. Confusión, ¿cómo he llegado hasta aquí?

La pensión cubre una planta inmensa de techos altos y alfombras pobres que intentan emular el resplandor perdido de la propia ciudad. No lo consigue. En su lugar, crea el espacio anónimo y sórdido que podemos encontrar en cualquier motel de carretera de alguna novela de J.T. Leroy o de Bukowski. Decadencia impresa en la chapa sobre escayola, y sobre ésta, mal grapado, el terciopelo desagradable de las paredes.

No podía evitar sentir algo de ese ambiente impregnándonos a David y a mí. Quizás nosotros tengamos algo de este melancólico y bello patetismo que es Lisboa, quizás seamos como un tiempo consumido y terminado que no acaba de cesar definitivamente. Como la cera que cae sobre la mesa y no acaba de desprenderse nunca.

Los días se suceden suavemente, la torre de Belém, no es para tanto, el monumento de los descubridores, el castelo de San Jorge, Monasterio de los Jerónimos, nada de eso me parece especial, edificios más emblemáticos que bonitos, más fotografiables que gratos a la vista. ¿Pero entonces, qué hace a Lisboa ser la bella Lisboa, la nostálgica que llora en la canción? Lo humano, lo vivo, el latido que da sangre y color a la ciudad, es decir, el Barrio Alto, Baixa, el Chiado, la Alfama. Qué maravilloso retorno al hogar debe ser Lisboa.

Me río con David, hay magia entre nosotros, siempre la hubo, pero me falta algo. Algunas frases mueren en mi boca, los silencios interrumpen alguna risa, pues el Tajo ya no es el Tajo, ni es su río. Ni es el verde de sus montañas si él no me las explica. Ni tiene nombre lo que desconozco, ni risa mis bromas, ni es negro mi humor si en su oído no estalla la risa. Canto para él, sin estar, los versos de “tu risa”, de nuevo neruda.

Mi cama es inmensa y mi cuerpo tan pequeño… Me abrazo a la melodía de “Widow of a living man” de Ben Harper. A lo lejos, en la distancia de las sábanas, el cuerpo que en la otra esquina duerme y un recuerdo se desvanece entre mis manos, lánguidamente, caudal de arena infinita que se escurre entre mis dedos. Se aleja, como una vela latina vertical que se hunde en el horizonte.

Miro al despertar, desde el balcón, el tempo de la ciudad guiado por un trasiego de cámaras y mochileros. Mi pasión por lo agónico me devuelve a la mañana, al pequeño cuarto, a nosotros, a los presentes. Caminamos, él entre fotografías y yo entre canciones de Leonard Cohen y los Smiths.

Un anciana, con un radiocassete antiguo sobre sus rodillas, canta fados con los ojos cerrados. El fado en ella es perfecto, pues habita en sus arrugas, en sus gafas gruesas y en el estampado pobre de su vestido. El fado es perfecto porque se esconde en las calles de Lisboa, en la siguiente puerta donde nadie te espera, el sonido que las esquinas desprenden. ¿Y los habitantes de Lisboa, los naturales? ¿Quién puebla los inmensos ventanales de sus tejados victorianos? ¿Quién las descascarilladas paredes que se mimetizan con el suelo de cascotes? Tras un telefonillo gris, escrito con una vieja máquina de escribir, un dueño abandonó su casa.

Las fotografías son incontables, pero no acabamos de fijar el paisaje de nuestra espalda. No conseguimos entrar en el espacio. Él está guapo, más guapo que nunca, lo sabe y se regodea en su belleza saltando de foto en foto, como quien mira nubes y no imagina formas en ellas. Yo no estoy guapo, las fotos lo saben y lo demuestran.

Me pregunto en cierta calle, si Quique González conocerá Lisboa.

El viaje llega a su fin con el consiguiente consumir de últimas horas. El retorno fue más fácil que la ida, ya estámos cansados y deseosos, creo que ambos, de finalizar esa primavera que intensificaba sus tonos otoñales, como la Gimnopedia más triste de Eric Satie. Al dormirme, quizás antes, quizás después, volvieron a mí los versos de Neruda “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, y fundidos con la lacónica voz de Anthony and the Johnsons, me dormí.

Madrid de nuevo, y luego Valencia, otra vez en casa.