
Lisboa es un derramamiento de fachadas y tejados que se precipitan unos sobre otros, y se detienen, en un suicidio colectivo, a orillas del Tajo. Me evoca profundamente al Albayzín con sus laberintos blancos, sinuosos y estrechos. Pero Lisboa no es como la perla envuelta que eleva con orgullo Granada, sino que es toda una ciudad inmensa, colinas urbanas atravesadas por una circulación metálica de tranvías. Lisboa cae en silencio, se desparrama entre un murmullo ensordecedor de turistas inquietos. Nosotros, David y yo, llegados en el tren hotel Lusitania, nos introducíamos en la vieja Lisboa.
Chamartín 22:50 horas. David cena antes de coger el tren. Yo no tengo hambre, me la quita un vacío impuesto, una ausencia que me cubre. No estará su sonrisa, ni su torpeza maravillosa, ni su interés por todo. No tendré su cuerpo curvo, ni los veré los pequeños saltos, ni su piel, su mirada alegre, ni su niñez bailando en el paso inmediato. Su ausencia al borde de las lágrimas retiene y hace pesados mis movimientos. ¿Qué estoy haciendo?
En el tren, en la litera, silencioso, me preguntaba qué me había impulsado a ir a Lisboa. Me siento incompleto, confuso y cansado. El tren se retuerce en una agonía que durará diez horas, para morir en la Estación de Oriente, Lisboa. Neruda se deslizaba entre mis pasos inquietos por el pasillo del tren... “escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos”. David juega con la emoción de la primera vez y está más guapo que nunca. “La besé tantas veces bajo el cielo infinito”. Afueras de Madrid, sigo buscando su sombra entre los suburbios, no la alcanzo. Fotos, nerviosismo y tristeza, el tren en campo abierto, oscuro y estrellado como el verso. Me paraliza su trazo…”Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”.
Nueve de la mañana hora local, pisamos tierra de Lisboa. ¿Qué espero de ella? Quizás un encuentro con mi infancia, recuerdos difusos de la mano siempre constante de mi padre en un viaje antiguo. Quizás un caminar por donde antes lo hicieran Pessoa, Saramago… Ricardo Reis. ¿Acaso importa? Quizás sí, pero eso ya da igual, el metro llega a la estación de Rossio y voy acompañado. Confusión, ¿cómo he llegado hasta aquí?
La pensión cubre una planta inmensa de techos altos y alfombras pobres que intentan emular el resplandor perdido de la propia ciudad. No lo consigue. En su lugar, crea el espacio anónimo y sórdido que podemos encontrar en cualquier motel de carretera de alguna novela de J.T. Leroy o de Bukowski. Decadencia impresa en la chapa sobre escayola, y sobre ésta, mal grapado, el terciopelo desagradable de las paredes.
No podía evitar sentir algo de ese ambiente impregnándonos a David y a mí. Quizás nosotros tengamos algo de este melancólico y bello patetismo que es Lisboa, quizás seamos como un tiempo consumido y terminado que no acaba de cesar definitivamente. Como la cera que cae sobre la mesa y no acaba de desprenderse nunca.
Los días se suceden suavemente, la torre de Belém, no es para tanto, el monumento de los descubridores, el castelo de San Jorge, Monasterio de los Jerónimos, nada de eso me parece especial, edificios más emblemáticos que bonitos, más fotografiables que gratos a la vista. ¿Pero entonces, qué hace a Lisboa ser la bella Lisboa, la nostálgica que llora en la canción? Lo humano, lo vivo, el latido que da sangre y color a la ciudad, es decir, el Barrio Alto, Baixa, el Chiado, la Alfama. Qué maravilloso retorno al hogar debe ser Lisboa.
Me río con David, hay magia entre nosotros, siempre la hubo, pero me falta algo. Algunas frases mueren en mi boca, los silencios interrumpen alguna risa, pues el Tajo ya no es el Tajo, ni es su río. Ni es el verde de sus montañas si él no me las explica. Ni tiene nombre lo que desconozco, ni risa mis bromas, ni es negro mi humor si en su oído no estalla la risa. Canto para él, sin estar, los versos de “tu risa”, de nuevo neruda.
Mi cama es inmensa y mi cuerpo tan pequeño… Me abrazo a la melodía de “Widow of a living man” de Ben Harper. A lo lejos, en la distancia de las sábanas, el cuerpo que en la otra esquina duerme y un recuerdo se desvanece entre mis manos, lánguidamente, caudal de arena infinita que se escurre entre mis dedos. Se aleja, como una vela latina vertical que se hunde en el horizonte.
Miro al despertar, desde el balcón, el tempo de la ciudad guiado por un trasiego de cámaras y mochileros. Mi pasión por lo agónico me devuelve a la mañana, al pequeño cuarto, a nosotros, a los presentes. Caminamos, él entre fotografías y yo entre canciones de Leonard Cohen y los Smiths.
Un anciana, con un radiocassete antiguo sobre sus rodillas, canta fados con los ojos cerrados. El fado en ella es perfecto, pues habita en sus arrugas, en sus gafas gruesas y en el estampado pobre de su vestido. El fado es perfecto porque se esconde en las calles de Lisboa, en la siguiente puerta donde nadie te espera, el sonido que las esquinas desprenden. ¿Y los habitantes de Lisboa, los naturales? ¿Quién puebla los inmensos ventanales de sus tejados victorianos? ¿Quién las descascarilladas paredes que se mimetizan con el suelo de cascotes? Tras un telefonillo gris, escrito con una vieja máquina de escribir, un dueño abandonó su casa.
Las fotografías son incontables, pero no acabamos de fijar el paisaje de nuestra espalda. No conseguimos entrar en el espacio. Él está guapo, más guapo que nunca, lo sabe y se regodea en su belleza saltando de foto en foto, como quien mira nubes y no imagina formas en ellas. Yo no estoy guapo, las fotos lo saben y lo demuestran.
Me pregunto en cierta calle, si Quique González conocerá Lisboa.
El viaje llega a su fin con el consiguiente consumir de últimas horas. El retorno fue más fácil que la ida, ya estámos cansados y deseosos, creo que ambos, de finalizar esa primavera que intensificaba sus tonos otoñales, como la Gimnopedia más triste de Eric Satie. Al dormirme, quizás antes, quizás después, volvieron a mí los versos de Neruda “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, y fundidos con la lacónica voz de Anthony and the Johnsons, me dormí.
Madrid de nuevo, y luego Valencia, otra vez en casa.