miércoles, 27 de julio de 2011
clausuro temporalmente el blog
miércoles, 20 de abril de 2011
De humores y olas

Creo recordar que fue en París donde José me dijo un día que yo pertenecía a ese tipo de personas cuya vida interior es tan densa que apenas pueden dedicar tiempo a atender a la exterior. En cualquier otro lugar, o con cualquier otra persona, quizás podría confundirse con un halago (y parecer presuntuoso por mi parte escribirlo aquí). Pero en aquel verano del año 2001, sentados en los aledaños del Sacre Coeur del Montmartre, no fue en absoluto un halago. Fue una cruda realidad que todavía hoy se mantiene.
Creo que ya no existe un término apropiado para ese tipo de naturaleza humana. Ahora, con la perversión de la psicología, todo se ha patologizado hasta travestir lo que toda la vida fueron inclinaciones del alma con confusas etiquetas diagnósticas. Como si definir la realidad con una precisión dialéctica nos permitiera dominarla (triste error permanente del conocimiento humano). Bueno, la cuestión es que a ese tipo de personas –entre las que, según José, me encontraría yo- se les decía que tenía un “humor melancólico”. Para los que no conozcan qué es eso del “humor”, les diré que desde la antigüedad occidental se creía que el cuerpo humano poseía cuatro tipos de humores en forma de líquidos –colérico, melancólico, sanguíneo y flemático- y que dependiendo de la cantidad de cada uno de ellos, así sería la naturaleza de esa persona. Eran las que poseían un mayor humor melancólico (es decir, “bilis negra”), las que tendían a la tristeza, la nostalgia y, bueno, en general a las neurosis. Eran personas reflexivas, introvertidas y, sobre todo, angustiadas existencialmente. Entre ellos, estarían muchos artistas, poetas y escritores. Y desde luego, los románticos del siglo XIX que tanto ardor tenían por morir amando sin ser correspondidos.
Pues creo que yo pertenecería a esta condición del alma. Por esta razón, me impresionó tanto el párrafo de Nietzsche (no sé si lo he puesto en alguna entrada anterior del blog) que dice: “Muchas veces me he preguntado si es que yo me siento más obligado a experimentar los años más duros que el resto de las personas... no es que yo, indescriptiblemente, le debo más a ella que lo que le debo a mi salud. Le debo una salud superior. Y también le debo mi filosofía. Sólo ese dolor es el que fuerza a los filósofos a descender finalmente a nuestras profundidades y abandonar toda nuestra confianza. Dudo que este dolor nos haga mejores, pero yo sé que nos puede hacer más profundos”. “Nos pueda hacer más profundos…” Puede que así sea, pero personalmente creo que no nos hace mejores. Quizás sí a los ojos de otros; de aquellos que sólo se asoman a la ventana de nuestro alma sabiendo que pueden cerrar la ventana cuando quieran (por eso nunca me abandona esa incómoda sensación de atracción). Lo que no suelen entender es que nunca es primavera permanentemente, y que a veces una chimenea, por muy hermosa y grande que parezca, no es suficiente para calentar un frío intenso.
Pero no todo es malo, desde luego. No pretende ser esta entrada un nuevo lamento. De hecho, ya señalé en la anterior entrada mis intenciones de portarme bien por una vez. Bueno, como decía, no todo es malo. Así, como bien señala Thomas Mann (otro con humor melancólico): “Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son, a la vez, más borrosas y penetrantes que las del hombre sociable, y sus pensamientos, más graves, extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones, le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura y sentimiento. La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietantemente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito. [...]”. Efectivamente, todo tiende al equilibrio universal.
¡Ay, que ya estoy llegando al final de la entrada y todavía no he escrito lo que originalmente quería decir! En fin, que creo que José acertaba con su comentario, y que generalmente paso demasiado tiempo dentro de mí. Confuso, rabioso, frustrado, ilusionado (de esto me queda poco), cansado… Pero dentro de mí. A veces me asomo fuera, y parece que la tormenta es todavía peor, así que retorno a mi fragua íntima. Sin embargo, en otras ocasiones, algo de fuera acude a mí y me arrastra. Entonces entro en contacto con una paz fascinante, un bienestar desconocido en mi interior, que me aleja de mí y me llevo a un sitio mejor. Durante esos minutos, porque por lo general no excede ese tiempo, soy un animal, un ser sin conciencia, una parte más del todo que nos envuelve. Si algo me conduce directamente a ese lugar, es el mar. Desconozco la razón, pero nada es capaz de llevarme con tanta fuerza a esa intimidad serena y placentera, como el mar. Sobre todo el oleaje contra las rocas. ¡Las horas de mi vida que habré pasado sonriendo a los espigones…!
Por eso el otro día en Campello, tras tomar un chocolate y leer un ratico en la chocolatería de Víctor, me acerqué a unas rocas que penetraban unos metros en el mar, y dejé que el fuerte oleaje, me salpicara un poco (me gusta pensar que es como una caricia del mar). Me acordé entonces de aquel párrafo de “el color prohibido”, en el que Yukio Mishima escribe: “Sin embargo, el ancho y ondulante mar, ahora próximo a él de una manera desacostumbrada, aliviaba a Shunsuké. Las rápidas olas se abrían paso entre las rocas, rompían y le mojaban, le penetraban y parecían teñir de azul su interior… y entonces se retiraban”.
La vida, entonces, merece ser vivida.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Días extraños.

Días extraños. Días de silencio. Hace un mes que no escribo, y algo menos que apenas puedo leer. Llevo arrastrando desde hace unas tres semanas los diarios de 1956 de Gil de Biedma. Pero no consigo concentrarme. Casi no duermo y, cuando lo hago, no descanso. Son días extraños, días que dejan a su paso una asfixiante sensación de ruina, una vaga percepción de pérdida. Aunque trabajo, lo hago sin pasión (oscura antesala de una agonía más o menos certera). Últimamente, cuando entra un paciente al despacho y me cuenta sus preocupaciones, sólo siento deseo de permanecer en silencio frente a él, o ella, dejando que el tiempo pase como una fina lluvia (otras veces, me pregunto qué coño hago yo en ese lado de la mesa). En fin, no sé, creo que aspiro a vivir la vida como eso, como una fina lluvia que ni empapa ni cesa. Un largo suceder de días sobre un camino tranquilo.
(La infusión no me calma. El cigarro no me encuentra)
“Yo no sé vivir”. Sus palabras sencillas y curvas, sin adornos, sin excesos, se adelantan con prisa al silencio que las va a cubrir. Solo palabras unidas, desnudas y dibujadas, que juntas cantan un lamento humano. Un lamento exiguo, fastidiado y apenado, que se ha desprendido (quizás ya derramado) de su cansancio (de nuestro cansancio). Pero es tan puro, tan limpio, que no parece haber sido pronunciado en lenguaje sonoro, el que hace vibrar el aire hasta llegarnos, sino por aquel lenguaje, mucho más íntimo y complejo, que es con el que nos hablan los recuerdos ya lejanos y los sueños.
José es mi hermano (¿por qué decimos “es mi hermano” cuando queremos indicar un amor superior a la amistad? No queremos tanto a nuestros hermanos hasta que nos damos cuenta de que los amigos están condicionados a la voluntad, y eso no ocurre hasta muy avanzada edad). Bueno, ya me entendéis. Digo que es mi hermano porque le quiero mucho, pero también porque me une algo a él que va más allá del afecto. Nos une este desconcierto por la vida, esta inadaptabilidad incómoda. Por eso, cuando leí en los diarios de Gil de Biedma el siguiente texto pensé en él (e inevitablemente en mí): “Treinta y cuatro años, inteligentísimo, poco dinero, pocas posibilidades establecidas de progreso. Conoce los entresijos de la vida práctica con una extrema lucidez, y al mismo tiempo es radicalmente inapto para la vida práctica. Una de esas personas –yo me tengo por otra- que con los mismos defectos pero con menos cualidades, hubiera funcionado mucho mejor”. ¿No te parece, mi José, que con sólo nuestros defectos seríamos más felices, que todo habría sido más fácil? (y algunas personas nos consideran especiales porque no saben qué nos dice el silencio cuando callamos). Sin embargo, tú eres más real que yo, y te envidio por ello. Tú eres la parte irresponsable y valiente que perdí en la batalla.
(Vuelve, Javi, a donde cada vez te cuesta más regresar. ¡Maldita patria lejana que no puedo abandonar! Sólo necesito dormir un poco, y todo parecerá menos sórdido mañana)
Víctor se divierte conmigo, como un niño que abre cajitas bonitas que le hacen reír (siempre he sido un buen juguete nuevo). Creo que para él soy un agua fresca de la que bebe con dedicación. Yo también disfruto mucho con él. Me encanta ver cómo la vida antecede a su conciencia. Envidio tanto ese vivir sereno que le permite la naturalidad… Es más sabio de lo que necesita y menos necio de lo que debiera. Parece que tiene prisa por crecer, o que quizás ha nacido ya viejo (como la tía Tula de Unamuno). Me toma en serio a pesar de todo, y cree que soy mejor de lo que realmente soy. Creo que si tuviera el piano que tanto desea, le cantaría “perfect day” de Lou Reed, porque así son los días con él.
(Esta noche casi ha pasado. Esta noche me voy a acostar pronto, voy a leer y a dormir. No voy a pensar que Cristian se va a Lisboa, ni que no estoy donde debiera con Rafa… No, voy a intentar, sencillamente, descansar. Os prometo que la próxima entrada no será tan aburrida. Puede que hasta escriba algo alegre. A Laura le prometí que el primer cuento alegre se lo escribiría a ella, pero de aquello hace nueve años y creo que ya ni espera. A ver si la próxima vez cumplo. Un besico.)
jueves, 24 de febrero de 2011
Laodomía en mis temores.
Cuenta Apolodoro que entre los mejores héroes helenos se encontraba Protesilao, y que éste fue el primero que puso pie en tierra troyana, muriendo a manos de Héctor tras matar a numerosos enemigos. Su esposa, Laodamía, le amaba tanto que, cuando se enteró de su muerte, mandó esculpir una estatua a semejanza de su amado esposo, llegando a tener relaciones sexuales con ella. Aquel amor conmovió tanto a los dioses que Hermes decidió hacer volver a Protesilao del Hades y permitir que Laodomía lo disfrutara durante unas horas. Pero cuando hubo acabado el tiempo prestado, y Protesilao tuvo que volver al Hades, Laodomía, comprendiendo que sólo había sido una concesión temporal de los dioses, no pudo soportar el dolor y se quitó la vida.
La leyenda de Laodomía me conmovió desde el primer momento en que la leí. Creo que nada me ha acercado más a la condición humana que la mitología griega. Y es que ésta refleja lo que somos los humanos, sin precisiones ni dogmas, sólo pura y absoluta contradicción, pasión, absurdo y sueño. Por ello los dioses, como reflejos humanos, no eran infalibles y erraban como nosotros lo hacemos cotidianamente. Sus errores tenían, en numerosas ocasiones, consecuencias trágicas para los humanos. ¿En qué me he equivocado? -Se lamentaría Hermes-. ¿Cómo mi regalo, el retorno imposible que sólo Orfeo, Odiseo y Heracles completaron, ha tenido un final tan terrible? ¿No era acaso su retorno lo que tanto deseaba Laodomía?
Mi vida es todavía corta, apenas llego a la treintena de años, pero algo ya he aprendido de ella. Entre esas pocas cosa que ya intuyo, es que nuestra voluntad es sólo una vela en el mar. Cuando era más jovencico, pensaba que todo lo podía, y que lo que no podía era porque no importaba. Así que creía que los sentimientos estaban bajo mi dominio (sí, había leído que eso no era así, ¿pero qué iban a saber todas aquellas personas que no eran yo mismo?), y que podía manejarlos con la destreza con que los describía. Pero lo cierto es que no. Los sentimientos son como las mareas que fluyen bajo el casco de nuestra propia vida. A veces navegamos sobre ellas, otras nos dejamos llevar y, en otras ocasiones, estamos a su entera merced y no hay vela ni timón que las doblegue. Sin duda, entre ellas, el amor es una de las más fuertes. Una vez que se ha surcado con el viento a favor, pocos viajes se pueden comparar con aquel. Y quizás yo tenga el defecto de recordar mis viajes más hermosos con demasiada persistencia, pero lo cierto es que es así. Luego, cuando el camino se ha terminado (y siempre hablo de mí mismo), no hay una barrera, sino una continuación incierta, difusa y que, como las sendas de los montes, siempre se puede seguir si prestamos la suficiente atención.
Dejar de caminar algunas sendas no es sencillo. Requiere tiempo convencerse de que aunque el camino era hermoso no era el que nos llevaría a donde teníamos que ir. A veces ese camino se rompe abruptamente, como le pasó a Laodomía, y seguimos caminado con los ojos cerrados esperando que al abrirlos vuelva a dibujarse la senda a nuestros pies. Pero en ese circular boscoso, la soledad y la duda nublan la conciencia y despiertan el recuerdo, y despiertan la nostalgia. Ceder o no ceder es entonces una cuestión meramente humana.
Laodomía necesitaba la estatua de su marido para transitar el dolor de su ausencia. Quizás su amor era tan intenso que la locura (a ojos de los demás) era el único vínculo que le unía a la vida. Quizás llegaría el día en que la estatua sólo le evocase una felicidad íntima y silenciosa. Aquel era su camino, aquel había escogido ella. Pero los dioses no comprendieron que todo era una misma senda, así que le devolvieron el pasado para arrebatárselo después. Imagino el dolor que sintió para besar la estatua fría sabiendo que el calor no volvería a sus labios. Lo que no puedo imaginar es el dolor que sentiría cuando después de comprender la piedra como paso al aire, le devolvieron la piel para negársela por segunda vez.
Quizás yo necesite estatuas aunque vosotros, mis amigos, las lamentéis. Quizás mis caminos sean más largos, quizás mis dudas siempre más presentes, pero a veces me pregunto si no es así como tiene que ser conmigo, y si parte de mi belleza (lo que vosotros consideráis así) proviene de ese afán por recordar los viejos caminos y contároslos nuevamente. Si no, puede que nazca de pisar las viejas sendas, y las que todavía laten profundamente bajo mis pies. Recordad que no fue eso lo que mató a Laodamía, sino lo que vino después.
¿Aprenderé esta vez definitivamente de lo que le pasó a Laodomía?