
Hace días que se me caen los pantalones, porque mi cinturón acabó por romperse. Así que esta tarde, aprovechando que no tenia master, me he decidido ir a comprar otro a la calle Colón que es la de las tiendas de moda. Por lo general me desagrada sobremanera comprar ropa, más ahora que no puedes elegir, ya que todo está hecho en países del tercer mundo donde las personas que lo hacen están en condiciones de semiesclavitud. Pero realmente, urgía comprarme el cinturón, porque no podía seguir así. La verdad es que me daba mucha pena, porque el cinturón defenestrado había pertenecido a un chico con el que estuve, y además no tenía otro.
Así pues, seis de la tarde, salgo del metro de Colón. Zara, primera tienda. Legiones de niños y niñas, porque no llegan ni a chavales, en pequeños grupos, rodean prendas como ágoras improvisadas. Los miro y no puedo evitar sentir desconcierto. Van mejor vestidos que los modelos de los escaparates (por cierto, siempre en poses imposibles en sus cuerpos de corcho). Y lo peor de todo, lo que me impulsa a abofetearlos, aunque evidentemente nunca lo hago, es la gorrita medio caída (milimétricamente colocada, y recolocada, y vuelta a colocar) que descubre un peinado que sería la envidia de los cuerpos marmóreos de antigua Grecia. Pretendiendo espontaneidad, no son más que una copia algo patética del chaval del poster que tiene justo detrás de él. Y las chicas que esparcen su inseguridad en camisetas como brevísimos pañuelos malcomidos.
Bueno, Javitxu, céntrate, un cinturón, buscamos un cinturón. Por fin los veo al final de la tienda. Bueno, son bastante malos, y con algunos paso verdadero apuro para comprender su funcionamiento. Sí, disculpa, es que esto se pasa por aquí y luego por aquí, y se deja caer, me explica la joven. Pero, disculpe, entonces si esto está suelto… no sujeta el pantalón, digo yo. Claro, es que no busca sujetar. ¿Cómo que no busca sujetar? ¡Es un cinturón! Ya, pero se usa de adorno. ¡Ah!, comprendo, bueno no, menuda gilipollez, pero bueno, dónde están los cinturones que cumplen su función original. No, de esos no tenemos. ¿Cómo que no tienen? No, lo siento. (Una vez fui a comprar unas zapatillas de deporte para el gimnasio, a una tienda en esa misma calle. Había visto una tienda de deportivas. Pues resulta que no pude comprar porque todas las zapatillas de deportes, y había muchísimas, eran de adorno, no funcionales, no servían para hacer deporte, sólo para “salir”, tardé unos minutos en comprenderlo, ante la incomodidad del dependiente)
Bershka o como coño se escriba, cinco minutos después. Los mismos chicos ¿los mismos? Joder, juraría que sí, pero no los puedo distinguir, visten igual. Disculpe señorita, ¿los cinturones? Sí, están en ganchos a los lados de las estanterías. ¿De todas? Sí, claro, de todas. Ajá, bueno, voy a buscar. A lo diez minutos… Disculpe de nuevo, señorita, pero todos los cinturones son iguales, sólo cambia el color. Sí claro, es nuestra gama. ¿Vuestra gama? Sí. Comprendo. Mejor pruebo en otro sitio donde la palabra gama sea real.
Sprienfield. Disculpe señorita. Sí dime. (¿Dime? Será dígame, pero bueno) busco cinturones diversos y que sujeten, esto último le parecerá una tontería pero es importante, soy así de caprichoso, ¿Sería posible?. Sonríe (es lo único humano que muestra) Claro, tenemos cinco tipos. Bueno, cinco ya son variedad. Menuda mierda de cinturones, esto se va a romper enseguida, en fin, ¿29.90 euros? ¡Y hecho en Indonesia! Pagar semejante cantidad por esta mierda. De eso nada, me niego.
Salgo de la tienda, estoy ciertamente irritado, bueno, irritado y lleno de tiendas, en todas ellas se marcan estilos… Incluso en algunas indican que este estilo es clásico, este moderno, este cool, este… no sé, pero el del anuncio está muy bueno. Entonces me doy cuenta de que todo el mundo viste con lo mismo, lo mismo, el mismo estilo, quiero decir, el estilo de las tiendas, y sus tres tipos de cinturones. ¿Esto es estilo? ¡Una mierda! Esto es reproducir patológicamente un estilo predeterminado por las industrias, con millones de cinturones anónimos, todos iguales, hechos a miles de kilómetros. Entonces siento el mismo desazón que cuando voy a Ikea, donde se supone que es un sitio de diseño… ¿Qué diseño? Pero si hay cuatro tipos de mesas, y sólo puedes elegir entre esas. Luego, claro, vas a una casa y resulta que reconoces la mitad de los muebles, porque que la de tu amigo y su nueva casa, y ¡qué coño pero si es igual a la tuya!. Pero era tan barato… ¡Y tan jodidamente malo! ¿Dónde está el estilo individual? “Crea tu propio estilo”, pone en un cartel de una de las tiendas. ¿Tu propio estilo? Pero si es el mismo cinturón, pero es que el mismo aquí, en Madrid, en Londres que en New York. Es el mismo que se van a comprar miles de jóvenes pensando que tienen estilo porque lo compraron en la tienda del estilo. ¡Y ya van siete gorras exactamente idénticas que he visto en chicos diferentes! Bueno, yo me largo de aquí.
¿No os dais cuenta? Esto es 1984 de Orwell, la pesadilla de Aldous Huxley con su mundo feliz. Nos controlan de tal manera, que han dilapidado completamente la creatividad, el estilo de cada uno, no es cómo se ha formado como ser humano, qué intereses culturales y personales tiene, sino qué puta ropa usa (¡pero si ni siquiera puede elegir realmente!) Pero yo sé qué es estilo, no por mí, sino por algún amigo. José apareció un día con unos pantalones de la policía montada del Canadá y una chaqueta del ejército de tierra de España. Y para mí era el más guapo de todos, y el que más estilo tenía, y por ende, el más elegante. Es que eso es crear, de lo cotidiano, hacer estilo.
Yo carezco de estilo propio en la ropa, porque dediqué a crearme una personalidad al margen de las prendas, que por otra parte me producían más aburrimiento que otra cosa. Prefiero mis camisetas viejas, la chaqueta de Rafa, su pantalón, toda la ropa que tengo de José, la de David, calzoncillos de Ra, de Dani, el suéter que tengo de Vicent, la ropa de mi padre, de mis hermanos... Toda esa ropa es mía, detrás de cada prenda hay una historia, hay alguien, o un momento especial. Me niego a ceder esta vez. ¡Una mierda! ¡Me arreglo el cinturón! Que le follen a la sociedad del usar y tirar, ese cinturón se puede arreglar y lo voy a hacer. Y le seguiré diciendo a la gente, éste es mi cinturón, fue de un chico con el que desperté un día, y si supieras la historia que me pasó cuando fui a comprarme otro…