martes, 4 de enero de 2011

Para ti.


“Cada vez me cuesta más encontrar un sentido a la vida”. Rafa mira a la plaza con los ojos abrasados, quebrados, mientras rinde sus palabras derrotadas contra el mármol pálido y salpicado de la Fuente del Turia. Cuando Rafa crepita la tristeza nunca pasa mucho tiempo en su bramido, y uno parece observar cómo un ave se aleja tras un descanso volátil y frágil como su vuelo. Me cuesta ver a Rafa así porque para mí él es acogimiento, calor, descanso… hogar. Quizás él sea lo más cercano a un hogar que he sentido nunca. Y me siento aturdido, asustado, como un niño que ve llorar a su padre por primera vez. Apoyo mi cabeza en su hombro y cierro mi silencio sobre él. Nada de lo que le pueda decir será nuevo entre nosotros, creo que ya nos hemos dicho todo lo importante, y ahora sólo queda ese silencio cómplice, como columnas de aire que sostienen el tiempo ya imperecedero entre dos amigos. Me gustaría tanto poder acoger tu dolor con la misma firmeza, el mismo calor, la misma delicadeza, con el que tú acoges el mío… entonces me acuerdo de esa canción de Aute que dice: “hoy daría lo que fuera porque mi mano y mi mente sean capaces de sentir lo que una escribe, y escribir lo que otra siente”. Pero sólo puedo estar a tu lado en silencio. Entonces querría ser cuento de Miguel Hernández, y que alguien me leyera para calmar tu daño.


Pero la plaza no se inmuta por nosotros. Los niños corren y caen tras las palomas, las parejas comparten helados, unos chicos tocan una guitarra en sus escalones, otros venden cervezas como si lanzasen palabras aterradas que alivian en un suspiro. No, nada se inmuta, y nada cesa. El Miguelete mira a lo lejos asomando su espalda de piedra atrayendo mi mirada que no sabe dónde posarse, cansada de tanto suelo atronador. Una campanada llega hasta nosotros y se abre como una flor que ardiese en las conversaciones de la gente. En ese instante pienso que tus lágrimas serán las mías, como eran tuyas las mías, y que el tiempo nos conduce a todos por los mismos senderos, que las emociones humanas son limitadas y todos pasamos por ellas, que las razones se alcanzan y se construyen, y casi todos las poseemos en algún momento, pero por mucho que nos alivien un tiempo, al final se harán insuficientes y, finalmente, innecesarias. Y que lo único que finalmente permanece es, paradójicamente, lo efímero de nosotros, y lo hermoso que es reconocerlo y compartirlo.


Mi querido Rafa, yo creo que la vida no tiene sentido, que el propio sentido es en sí mismo una construcción humana, un alimento desesperado de la inteligencia para creerse a sí misma. Buscar razones, sentido a la vida, es cegarse a sabiendas. Porque lo cierto, mi Rafa, es que la vida no tiene sentido, por lo menos no más sentido que el mismo vivir. Somos los únicos seres vivos que nos cuestionamos para qué estamos aquí. El resto, sencillamente, vive. Te parecerá una tontería pero siempre que voy a trabajar me detengo a sonreír a un gato que suele estar tumbado sobre un buzón de correos. Descansa con una cara de placer… (si es que los gatos pueden poner caras). Le envidio. Está tumbado ahí porque hace el hierro del buzón se calienta y es cómodo. Creo que no se pregunta si la vida tiene sentido, y creo que tampoco es feliz porque no tiene sentimientos (a pesar de que me costara una discusión con Sergio), sencillamente vive. Nosotros no podemos existir sin más. Los seremos humanos necesitamos razones, causas, motivos… como necesitamos oxígeno. Pero siempre he creído que la felicidad de los humanos, la mayor que conozco, a la que aspiro alguna vez, es aquella que se puede encontrar en los versos de Machado. Es una felicidad clara y limpia como los campos de castilla que tanto amó. En sus versos, habla del hombre como “una bestia paradójica, un animal absurdo que necesita lógica”, pero también dice, y a ésta me refiero, “y en todas partes he visto gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra”. Rafa, yo cada vez tengo más claro que ahí radica el sentido de vivir. No hay razones superiores, no hay causas últimas, sólo hay la vida, la propia vida. Y sobre todo, sobre todo, la vida que compartimos con otros.


Me decías que te daba pena que hubiera tomado las uvas así… ¡Pero estabas tan equivocado! Rafa por primera vez en mi vida empiezo a comprender que hay un sentido en la vida, y además empiezo a creerlo. Y ese sentido no tiene razón si no es por la gente que quiero. Sabes que daría todo lo que poseo, todo lo que soy, por ti, porque sé que tú harías lo mismo. Y ése es mi sentido de la vida. No me refiero a la entrega ciega, a la lealtad por decreto, ni nada de esas tonterías. Me refiero a sentir que vivo acompañado, que cuido y me cuidan, que quiero y me quieren. Recuerda lo que decía Goytisolo, y que tú mismo me lo leíste “Tu destino está en los demás, tu futuro es tu propia vida, tu dignidad es la de todos”. Si lo dejo todo porque quizás alivie algo de tu sufrimiento, me siento feliz por querer tanto a alguien como para estar dispuesto a hacerlo. Rafa, la vida no nos necesita, y toda lucha contra ella, toda negociación, toda claudicación, es en sí un absurdo, una ira contra el océano. Porque la describamos no la hacemos más precisa, aunque quizás sí más bella. Porque la estructuremos no la hacemos más segura, pero quizás sí más cómoda.


El día anterior José me había dicho que iba a ser padre. No hace falta la paradoja, tú ya me entiendes. Este tren no cesa, y yo por lo menos no voy a salar mis campos en la retirada ni incendiar mis ciudades. Carpe Diem no significa vivir hasta la extenuación, como este tiempo atropellado y egocéntrico nos intenta hacer creer (o consumir, que ya es lo mismo). Carpe Diem significa vivir el presente, aceptarlo con humana humildad pero intentado ser plenamente feliz cuando haya razones, y plenamente triste cuando también las haya. No hay que huir de la tristeza, como no huimos de la alegría. Todo es camino, y lo vamos a recorrer de igual manera. La voluntad, Rafa, es como una vela que orientamos frente a un viento incesante. Podemos ir más rápido o más lento, más firme o más inestables, pero ninguna vela dominará el viento.


Me despido con otros versos de Machado y Goytisolo. “¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano”. Y sobre todo, Rafa, sobre todo…



Recuerda, recuerda, recuerda lo que un día yo escribí pensando en ti, como ahora pienso.



domingo, 12 de diciembre de 2010

Nothing else matters


Nunca fui a Granada, como dijo Alberti, y sin embargo, viví allí unos años. Como muchos años pasé en tu compaía y, sin embargo, nunca estuve contigo. Por no recordarte no dejas de estar ahí. Por no estar, tus ausencias no dejan de poblar mi vida. Puede que ya no estés, puede que seas silencio para mí, que te niegue, que tu recuerdo, los pocos que todavía no consigo disipar, se pierdan en la neblina de la distancia. Pero entonces un día, cuando un amigo me abraza y me susurra al oído que me quiere, que no estoy solo, cuando todo parece ir bien, cuando parece que conseguí el silencio que tantos años me obligaste a buscar, surcas el olvido y atraviesas la vida hasta mi voz, con la misma certeza que cuando dijiste adiós (aunque no estoy seguro que lo llegaras a decir). Ahora ese niño que también soy, que sobre todo soy, se descubre (porque quien le abraza le quiere, y él sí le promete que no se va a ir). Entonces está claro, si es que acaso hubo dudas para quien supo mirar, que el rey no es rey, ni apenas príncipe, y que sólo ese niño asustado mora el castillo. Y está claro que esas preciosas estancias hielan la sangre y el estar, porque son de dura piedra, y que por muy profundas, y muy nutridas de colores sean sus vidrieras, la luz apenas llega, y sin ella no hay calor, y sin calor no hay sueño, y no hay descanso.


Él me abraza y me besa con ternura en la sien. Nunca estuvo tan cerca, por eso tengo miedo y me siento vulnerable, pues sé que los castillos son bellos en la distancia pero oscuros si los alcanzas. Estoy cansado de recorrer sus torreones, sus largos pasillos y de aquellas ventanas enjauladas que sólo dan a un mar cada vez más oscuro y borrascoso. Me dejó llevar, me dejo llevar (todo el mundo que me quiere y me conoce, me dice que me deje leavr). Oigo su respiración en mi nuca, y dejo que el recuerdo se me desprendan entre sus sábanas. Ya casi no me da miedo pensar que puedo desnudarme. Vamos, Javi, ¡Abre los ventanales de tus salones! No temas que las ricas telas se deshagan al contacto con el aire. Quizás todavía lata en corazón de lo que amaste antes de emparedarlo entre los frágiles muros de la lógica. El eco del castillo retumba siempre más fuerte cuando callo.


¿No oyes, mi precioso Cristian, cómo una orden me llama a crecer? ¿No oyes cómo una voz amiga, la única, me lanza a la ecuación? ¿No ves que las estrellas se apagan cuando un fragmento de luz tintena bajo su puerta y me dice que todavía no estoy solo? Duerme a mi lado esta noche, que la litera está vacía y su cuerpo ya no forma una constelación de peso sobre mí. Juega conmigo, mi cama será la nave que atraviese un océano sin islas ni puertos. Mañana habré vuelto a crecer, mañana no habrá nave, ni habrá estrellas, ni abrazo que duerma mi desorientación. Mañana seré ecuación, como esperan de mí, quienes por mí y contra mí, todo hicieron. Pero esta noche juega conmigo. Prende conmigo las mechas de lo que dejaron olvidado.


Cristian, ayúdame con tu silencio, no recuerdo su voz, porque ahora su voz no es la de quien entonces me habló. No es la voz que me hacía reir y llorar, con esa alternancia tan infantil. No recuerdo su rostro, pero sí su sonrisa de pómulos blanquecinos sobre el moreno extraño de su piel. No recuerdo su voluntad, la que sabía manejarme hasta la obediencia. No le recuerdo ya, y sin embargo no le olvido. Porque uno puede hacer como que no recuerda, que no le toca, pero se engaña si piensa que olvida. El olvido es un ave que no permanece, y a cuyo caprichoso vuelo estamos condenados.


Hay quien dice que pienso demasiado en el pasado. Tú sabes ahora que no hay más pasado que presente, y que esa distinción no tiene sentidos más allá de la razón, del verbo. No hay aguas de Leteo en las que sumergirse. El pasado son cuerdas que nos atan al presente, y cortarlas en precipitarse sin raíces. Yo no escribo del pasado, sino del presente, y ellos creen que la memoria puede esparcirse a voluntad, como la vía láctea des su seno, y observarla desde un microscopio. Los hinduístas creen que no hay análisis objetivo, puesto que no podemos salir de nuestra propia naturaleza para obsevarla desde fuera, y por lo tanto toda visión de algo ya es desde ese algo.


Su mirada verde cristal, como esencias estampadas en vidrio de un bosque profundo y diluviado, persigue mi cuello, se arrastra por mi cabello buscando una luz que apenas llega, pero que sin embargo le genera calor. Él nunca me pidió luz, nunca la exigio como pago a nada (y tiene mucho que cobrar), pues él también la oculta como yo, y como yo la cree delicada y quebradiza. Pero sí me pide calor, y yo se lo doy con mi intimidad, aunque nuestros cuerpos no se toquen, las palabras pueden llegar a arder en hogeras inmensas. Espera paciente a que mis palabras lleguen como barcos empujados de alta mar y los cobija en su puerto sin preguntas ni justificaciones. Él sabe escuchar. Poca gente sabe hacerlo. Muchos se callan porque no saben qué decir y piensan que desviar el rumbo en la banalidad de un supuesto olvido es el mejor consejo, y la mayoría creen que es su deber señalar el camino a quien dice estar perdido (sin preguntarse si realmente quieren encontrar un camino. Pero él no, él escucha en silencio y sólo acaricia mi pecho si tiembla por algún recuerdo grave. Y como la tormenta, llega la calma, por lo menos hasta la próxima tormenta.


Esta noche, en mi castillo, retumba tu risa más que todos los silencios. Esta noche juegas a mi lado, y estoy nervioso porque siempre lo había hecho solo. Yo llevaré el guión, tu hablarás al viento.


¡Qué hermoso es retornar a Itaka si estás a mi lado, Cristian!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Donde sea... Pero juntos. (Viaje Madrid-Barcelona)




Siempre he creído que todo gran viaje supone, inevitablemente, un viaje a uno sí mismo. No es precisa una gran distancia para hacer más profundo ni más completo ese viaje interior. Sino que lo único necesario es la disposición a caminar, en el sentido más poético de la palabra, a caminar decididamente, sin límites, conscientes de que los temores, los que estaban y los que están por llegar, serán parte del camino, como lo serán los recuerdos, el cansancio, la ilusión, todo aquello que vive en el ser humano. Porque si vivir es en sí mismo un viaje permanente, viajar dentro de la vida es una forma más intensa de vivir, y por lo general más luminosa y clara. Así, una vez que hemos comenzado el camino algo va meciéndose dentro y fuera de nosotros, en un suceder de estaciones, de vientos y de días, liberadas de las leyes físicas y temporales que hemos creado para adormecer nuestro temor a los indomable. Y el viaje verdadero, o por lo menos al que yo me refiero, comienza cuando comprendemos que no hay más horizonte que esa finísima capa de piel porosa que separa el mundo interior y el exterior, y que ambos se mueven en una danza conjunta, hablándose en un idioma cómplice que los humanos llevamos siglos intentando descifrar. Entonces sólo no queda escuchar, porque ese idioma que desconocemos está hecho de nosotros, y si ofrecemos nuestro silencio con sencillez y humildad, llegaremos a comprender lo que de nosotros hablan. Puede que sea una comprensión irracional, que no se explica ni describe, sino que sencillamente se alcanza y se llega a saber (como sabemos que un animal es más feliz en libertad o que la lluvia sobre la ciudad es, de alguna manera, algo triste).

Éste era un viaje que me debía hacía tiempo, un enfrentamiento pendiente, constantemente pospuesto, que no podía retrasar más (ni por mí, ni por los heridos que dejé esperando mi lucha) y que, sin embargo, seguía retrasando. Era por cobardía, me decía si quería hacerme daño, o bien era por agotamiento si lo que quería era dormir esa noche un poco menos triste. Pero el tiempo pasaba, e iba poco a poco deshojando de recuerdos el futuro de mi memoria. No sabría decir cuándo había ocurrido, aunque sabía que había sido paulatino y sutil como sucede en todo lo que se hace raíz, pero había llegado el momento en que yo no era suficiente razón para intentarlo. Javi ya no era suficiente, ni por su pasado, ni por su futuro. Sabía que por no enfrentarme a esos viejos temores que iban creciendo inexorablemente dentro de mí como gigantes baobabs, estaba aceptando perderme una parte importante de mi vida y oscureciendo lo que un día serían mis recuerdos. Pero así era, y por mucha angustia y tristeza que me generara, sólo podía observarlo, ocultarlo a mis amigos y esperar ilusamente una migración de aves para irme con ellas a otro planeta.

Entonces descubres una de las maravillas de la amistad. Y es que a veces, lo que uno no no es capaz de hacer por sí mismo, sí lo es por un amigo. Ese amigo, en este caso, era Cristian. Mi amigo Cristian. Saber que nunca había estado en Madrid, y que tenía la oportunidad de ser yo el primero con quien visitara esa maravillosa ciudad me suponía una oportunidad y un honor que no estaba dispuesto a dejar escapar. Para mí, Madrid es una ciudad íntima, la quiero y la odio como sólo se quiere y se odia a Madrid, y así se lo quería transmitir a él. No sé la razón, pero habita en alguna parte profunda de mí, y pensar que podía compartirlo con Cristian, y que a lo largo de toda nuestra vida (que es el tiempo que espero que dure nuestra amistad), compartiéramos los recuerdos de aquel primer viaje a Madrid, me dio la fuerza suficiente para comenzar ese viaje que tenía pendiente.

No sé si comenzarlo con Cristian fue más acertado o menos que haberlo hecho cualquier otro de mis amigos más amados, pero sin duda ha sido lo mejor que podía haber imaginado. Me dijo que él quería estar conmigo esos días de viaje, que el lugar le daba igual, que lo importante era estar juntos, y cuando terminó de decir esas palabras, quizás por el momento preciso en que me las dijo o porque comprendí que era una verdad tan sincera, Cristian anuló el paso del tiempo como variable dentro de nuestra amistad, y ahora habita los Campos Elíseos de mi mundo junto a quien ya están ahí, donde quiero que permanezcan toda mi vida.

A Madrid se la quiere porque es oscura, enorme, transgresora, caótica y hostil, y cuando uno llega tiene la sensación de que no te espera, que ya no cabe nadie más y que en una ciudad así sólo se puede estar de paso. Porque Madrid (o así me la imagino yo), es una enorme madre cansada, abandonada, agotada, eternamente disgustada, maldiciendo su vida y su soledad, que te grita que no tiene sitio para ti mientras te hace un hueco y se quita comida de su plato para alimentarte. Se aleja diciendo que tienes que irte cuanto antes, pero haciéndote sentir que ya no quiere que te vayas nunca más.

Los pormenores del viaje... Madrid y su ensordecedor anonimato, el Retiro con Jon señalando a las palomas, el Templo de Debod haciendo de esfinge de la Casa de Campo, nuestras pisadas al kilómetro cero, la Plaza de Mayor, la manifestación con los Saharauis, nuestras conversaciones entre Neptuno, Cibeles, Atocha... La mano de Cristian coge la mía, y todo va mejor. Al poco, todo ya va bien.

Lo siguiente era Salamanca, donde esperaba uno de los más heridos por mi silencio. Pero no era el momento, algo había comenzado y tenía que saldar una cuenta anterior. Sergio cree que prefería estar con otra persona pero no se equivoca. No se lo explico, ya lo haré y sé que lo comprenderá. Cuando lo haga sabrá que iré a Salamanca tantas veces como quiera o necesite, y le explicaré porqué lo haría por él. Estará molesto, pero debo aceptarlo. Sabe que le quiero, y yo sé qué sabré hacerle ver cómo le quiero. Pero no puede ser en ese momento. Debo ir a Barcelona.

Barcelona es la hija buena, progre, alternativa, con sus anchas calles en cuadrícula, su mar y su monte, como una ciudad que espera ansiosa que vengan a visitarla para bailar alrededor del visitante. Uno va a Barcelona y siente inmediatamente que quiere vivir en un sitio así, casi siente que ya lo hace. Te acoge enseguida, te pasea por sus calles, te marea y sorprende con Gaudí. Sonríes con sus parques, casas y ventanas. Sin embargo, no sé si sólo me pasa a mí, pero siento que si estuviera en peligro, Barcelona se haría de porcelana resbaladiza y me alejaría suavemente de ella sin despedirme, mientras que Madrid se pondría un cuello vuelto y gorra, y sería capaz de cruzar navajas en un callejón si fuera necesario para salvarme. Por eso prefiero Madrid, siempre he preferido que estén a mi lado en las malas antes que en las buenas.

Pero Barcelona tiene a José y tiene a Tes. Le debía a José una visita. Le había fallado muchas veces (todas las veces que él sentía que yo le fallaba, no sabía que yo me fallaba a mí mismo más que a él, y que su reproche sólo profundizaba más la herida). Así que, sin dudarlo, me fui a Barcelona. Escribir mi estancia en Barcelona daría para otra entrada al blog, y quizás lo haga en otra ocasión, así que sólo voy a decir que es la primera vez que he sentido a José como futuro. Hemos pasado unos días juntos y he hecho cosas que sólo puedo hacer con él. Muchas veces me pregunto cómo hemos llegado a tener esta amistad... ¡con lo que nos hemos odiado! ¡con el daño que nos hemos hecho mutuamente! ¿Cómo es posible que nos queramos tanto? No, José, no voy a escribir aquí lo que he vivido contigo estos días, pero sólo voy a decir que por fin hemos vivido juntos. Vivido juntos. No pasar los días, no soportarnos, no querernos a rabiar mientras nos hacemos daño... Sino vivir juntos. ¿Por qué cedes en tantas cosas sólo para hacerme feliz? ¿Acaso lo merezco? No importa, tú lo haces. Por eso habitas también mis Campos Elíseos, y por eso estás en ellos recibiendo a Cristian. Cuando volvía de regreso, pensaba que si voy finalmente a vivir a Barcelona, quiero hacerlo contigo.

Tes se quejaba porque había esperado, y se queja siempre aunque sabe que la quiero, porque quejarse es su forma de quererme, y de recordarme que a ella siempre debo quererla un poco más cada vez. Tes es, además, más mujer, y cada vez me parece más lejana, más profunda e inalcanzable. ¿Te he asustado, Javi? Me había escrito por el ordenador. Pues sí, y me has entristecido. Siempre que la veo pienso que de haber querido estar con una mujer, habría sido ella, y que con ella mi vida habría sido mejor porque ella lo ilumina todo (su cabello estaba más inflamado que nunca, y los rizos oscuros parecen una nube en la que adentrarse debe ser un sueño eterno). Barceloneta, el barrio Gótico, las calles se suceden al paso rápido de Tes. Ya está tan perdida en la vida, se hace mayor (y más bella... ¡todavía más bella!) y sus inseguridades ahora son sonrisas, no baja la mirada cuando duda y comprende con la lejanía de las personas que comprenden sin abandonar su espacio. Tes acoge y abraza, y parece que Barcelona le sonríe orgullosa.

Este viaje me ha dejado cargado de palabras que no conocía, de sentimientos que no comprendo (si es que realmente sirve de algo entender un sentimiento), de sensaciones nuevas que no puedo expresar y que me provocan una sensación de ensordecimiento y confusión, como el que se siente tras un estallido cercano. Me siento henchido, copado, desbordado. Como si hubiera vivido doblemente de lo que lo he hecho. Siento que algo empieza, pero no sé qué, que algo ha cambiado, pero tampoco sé qué.

Con los días, iré procesando todo lo que he vivido, lo he sentido, pensando, e imagino que tendré una idea más clara (aunque realmente no sé si deseo que quiera obtener algo concreto), pero en estos momentos sólo me viene a la cabeza una canción que me lleva rondado durante los últimos meses. Quizás signifique algo, quizás no. Pero aquí os la dejo:


"Somos madero en deriva dentro y fuera de la costa,
somos bardos sin silencio con algunas libertades,
porque todo prisionero, de sí mismo extrae verdades,
aunque la verdad no existe.

Somos algunas razones con bastante fundamento,
somos lo que busca, a tientas, un futuro que persiste
en dejarnos como atados, no en mostrarnos como libres,
pues la libertad no existe.

Somos parte de los pasos de la historia cotidiana,
somos como una ventana
que espera que un ojo mire para anunciar su mañana.

Como una veleta nueva que no sabe dirigirse,
porque siempre los caminos,
son pocos para escogerse y largos para seguirse.

Somos piedra sobre piedra, piedras de generaciones,
que actuamos como mortales y pensamos como flores,
porque una flor es la prueba, de que en medio de lo triste,
lo sensible lo renueva"

Karel García
"Lo sensible se renueva"

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Unos minutos conmigo.




"En estos días no sale el sol sino tu rostro, y en el silencio, sordo del tiempo, gritan tus ojos... ¡Ay, de estos días terribles! ¡ay, del nombre que lleven! ¡ay, de cuanto se marche! ¡ay, de cuanto se quede! ¡ay, de todas las cosas que hinchan este segundo!
"

Oscuridad, tabaco y Silvio. Tengo todo lo necesario para volver a escribir. Hace un mes que no lo consigo. Lo he intentando en varias ocasiones pero no he podido. No sé qué me pasa, pero no consigo salir de este estado gris, de cansancio y ceniza. No es tristeza, ni melancolía, sólo un cansancio esparcido que se desperaza dentro de mí. Escribo y borro. No me gusta. Lo siento, pero sigo sin conseguir escribir, asi que os voy a invitar a que paséis un rato conmigo, compartiendo mi intimidad. Esta vez eso va a ser todo. Sólo unos minutos compartidos.

Estoy con los ojos prácticamente cerrados, con ese párpado brillante que es mi ordenador, como un cálido fuego en la oscuridad de mi habitación. Escucho a Silvio Rodríguez, como quien escucha un recuerdo. Y mientras su voz ocupa el silencio, las imágenes que va evocando se expanden en mi conciencia con la volatilidad de lo invisible.

"Hoy sé que no hay nada imposible, anoche supe la verdad. Creía mi alma inservible pero era cansancio vulgar nada más. Tú eres un don de la brisa, un ser de la resurrección, un pájaro con una risa capaz de arrastrar a la noche hasta el sol.

¡Cómo gasto papeles recordándote cómo me haces hablar en el silencio! Cómo no te me quitas de las ganas aunque nadie me vea nunca contigo. Cómo pasa el tiempo, que de pronto son años sin pasar tú por mí detenida. Te doy una canción, si abro una puerta y de la sombra sales tú. Te doy una canción de madrugada.
"

Tengo 16 años, y estoy en casa de Aita. Llevo puestos esos enormes auriculares que deben de tener treinta o cuarenta años. Son auriculares de la Alemania dividida. Los mejores, dice mi padre con satisfacción. Lo cierto es que suenan muy bien y me gusta llevarlos. Pesan bastante, sobrios, de aristas mates, y los cables que sobresalen son pálidos y retorcidos. Son tan grandes que parece que te cobijen como una madre enorme con un abrazo plástico. Puestos, parece que en cualquier momento vayamos a escuchar el ladrido lejano de Laika.

Delante tengo los vinilos que bien me sé de memoria. Silvio, Aute, Serrat, Quilapayún, llach, Sting... Todo en su funda de carton, con el plástico interior desvencijado, perdido la mayoría, y que cae cuando los abro. En la mayoría, el pegamento se ha convertido en arenilla y, los que no, apenas resisten mi mano torpe buscando el librillo de letras. Es cierto que el vinilo tiene algo de encanto. Aparatoso, crujiente, guarda la esencia con más calor que los CD.

"¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿a dónde van las miradas que un día partieron? ¿acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón o se acurrucan entre las rendijas buscando calor? ¿acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo?¿acaso se van? ¿y a dónde van?

¿Qué se puede querer si todo es horizonte?

¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?¿a dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? ¿Por dónde están las angustias que desde tus ojos saltaron por mí? ¿a dónde fueron mis palabras sucias de sangre de Abril? ¿a dónde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo dejar de alumbrar? ¿acaso se van? ¿y a dónde van?"

A los 16 años todo parece más fácil, y a la vez más profundo. José, en cierta ocasión, me dijo que lo que caracterizaba a la adolescencia era la presencia de periodos de inmadurez infantil juntos a momentos de absoluta lucidez. Desde entonces, esa descripción forma parte de mi concepción de la adolescencia. En esos momentos, Silvio cantaba todo lo que había que sentir. La política era un panfleto. El amor, unos poemas. Y la amistad... la amistad era todo lo demás. Como canta Silvio en estos momentos, “ahora me parece que hubiera vivido un caudal de siglos por viejos caminos”.

El cigarro calienta mi boca, y me besa con un humo denso y voluptuoso. Adoro esa sensación. Suena el teléfono, pero ahora no me apetece hablar. Luego contestaré. Últimamente me aburre hablar por teléfono. ¡Joder! Últimamente me aburre todo. Debería ir al gimnasio, pero prefiero quedarme aquí. Llaman otra vez. Es mi Javi. Luego le llamo.

Mi precioso Javi. Le echo de menos. Recuerdo cómo me enternece su pudor. Enrojece como un niño ladrón, sonríe sin separar los labios y se queda muy tenso. Parece que fuera a marchitarse como una flor mustia. Su sencillez lo arrasa todo, aplaca mi soberbia y me hace descender a la ternura con sólo su presencia. Sólo por haber conocido a Javi, ya han valido la pena estos dos años de exilio en Alicante.

"¿Dónde pongo lo hallado? En las calles, los libros, la noche, los rostros en que te he buscado. ¿Dónde pongo lo hallado? En la tierra, en tu nombre, en la biblia, en el día, que al fin te he encontrado. ¿Qué le digo a los perros que se iban conmigo en noches perdidas de estar sin amigos? ¿Qué le digo a la luna que creí que compañera de noches y noches sin ser verdadera?"

Bueno, creo que voy a regresar a la luz, al teléfono, a la cena. Han sido unos minutos para vosotros, y un par de horas para mí. No es gran cosa, pero soy yo mismo escribiendo el momento, mi momento. No es coherente, pero no hace falta que lo sea. La coherencia es un lujo del que, en estos días, no dispongo. Gracias por haber estado conmigo.