
Hacía nueve meses que María me había llamado para decirme que estaba embarazada. Recuerdo que desde ese día comencé a escribir un diario al que iba a ser mi sobrino. Entonces pensé que sería precioso que supiese, cuando tuviese uso de razón, que era muy esperado y querido por su tío. Ahora, además de eso, creo que también es bueno que sepa lo inconsistente que es, y probablemente será, su tío, pero ésa es otra historia.
María nos había comunicado su intención de dar a luz en casa, si la gestación era buena y el parto se preveía sin dificultad. Creo que el resto de la familia envejecimos, si no unos años, algunas semanas. Lo primero que pensé fue en el disgusto que mamá se llevaría. María nos envió un poco de información sobre el parto natural en casa. La verdad es que lo leí todo, pero a los minutos de que me lo hubiera dicho, comprendí que si María había decidido eso, seguramente estaría bien. No volví a inquietarme, ya que tengo una confianza ciega en ciertas cosas con mi hermana, y ésta era una de ellas. Luego comprobé que, efectivamente, muchas mujeres estaban optando por un parto de esta naturaleza, debido a ciertos protocolos bastante deshumanizados, tanto para la parturienta como para el bebé, que se aplican indiscriminadamente en los hospitales.
Así que todo se había preparado para el parto en casa de mi hermana. Una vez que comenzara con las dilataciones, la familia Fenollar Cortés y la Vázquez acudiría a acompañar a mi hermana. Así pues, nada más llegar a Madrid, cogí el metro y fui a casa. María, Raúl y la matrona estaban el la habitación de arriba, y en el salón nos encontrábamos Amatxo, Aita, Cinta hija, Cinta Madre y Pepe. Calma tensa. Parecía que Jon no salía todavía. Al rato, nos fuimos a comer todos los del salón. A la vuelta, se precipitó todo. Alguien arriba pidió un trapo húmedo, creo recordar, y mamá subió con él y ya se quedó arriba. Todavía recuerdo la impresión, y la emoción, que sentí al ver cómo mamá subía y se quedaba para ayudar a su hija a dar a luz. Las mujeres, siempre fascinantes, obtienen la fortaleza suficiente para mantener, en silencio, el mundo en sus espaldas. Mamá no sólo ayudó a dar a luz a mi hermana, sino que cortaría el cordón umbilical. Las mujeres nunca dejarán de sorprenderme.
Pero a Jon le costaba salir, y María comenzaba a dar muestras de cansancio. ¡Qué sentimiento de sobrecogimiento al escuchar el dolor de María! No me sobrecogía sólo porque sufriera alguien que quiero, sino porque quien sufría era mi hermana María. Y es que ella siempre ha cumplido perfectamente los dos papeles privilegiados que puede llegar a tener una hermana mayor. De amor incondicional y de protección. Siempre sentí su mano cuando más lejos estaba, en distancia y en opinión, siempre ha sido un lugar seguro al que volver. Sin silenciar la crítica, la sonrisa fue siempre más sonora. Es un ejemplo de fortaleza, de coherencia y de valor, siempre lo ha sido, y tengo la íntimida convicción de que esta familia ha permanecido unida por ser ella el pilar sobre el que sustentan y rotan las relaciones entre nosotros. Así que, escuchar a mi hermana sufrir, hacía que algo dentro de mí se retorciese. Poco podía hacer yo, más que poner mi frente sobre el cristal de la puerta que nos separaba y enviarle, como una oración, todo mi amor y mi fortaleza. “María, un poco más, un poquito más”. Por alguna razón, estaba seguro de que mis palabras llegaban a ella.
Pero Jon seguía si llegar. A veces escuchábamos a mi madre, o a Raúl, decir que ya asomaba la cabeza, nos mirábamos con felicidad los que estábamos abajo, el silencio se hacía cristal y espera, ¿Ya está? ¿Había nacido? Pero entonces María caía desde la angustia y todos rozábamos las lágrimas. Pepe estaba sentado en una silla, con los brazos cruzados y la mano sobre la frente. Papá y yo salíamos al balcón, nerviosos. Cinta madre, compungida, suspiraba, y decía continuamente; “Pobrecita mía, pobrecita mía”. Cinta hija entraba y salía son nosotros. ¿Pero qué pasa Joncete? ¿Por qué te cuesta tanto salir?
La voz de mamá sonaba firme, la matrona y Raúl, todos la animaban. “No puedo más”, decía quebrándosele la voz a María, “no puedo más”. Cada vez que decía eso, me revolvía, y me dominaba un dolor primigenio, profundo, y casi sentía un breve resentimiento por el pequeño Jon que tanto daño le estaba haciendo. “Empuja, empuja” le decíamos todos “empuja un poquito más”. Aita se puso un poco de pacharán, le acompañé. De vuelta a los lamentos, que poco a poco iban creciendo, y estos sí que parecían ser los últimos. Pero nada, se deshacían en un lamento como miles de navajas. El silencio, ya metal, sólo era atravesado por las plegarias de la madre de Raúl. ¡Sal ya Joncete!
“Un último empujón” “vamos, vamos, que ya está”. Silencio. El silencio previo al estallido de emoción. Un llanto brevísimo, apenas dos segundos, no llega ni a tres. ¿Era él? ¿Había nacido? “No puede ser, no ha llorado nada”. Pero entonces mamá nos dijo; “Subid, ya ha nacido”. Y ahí estaba María tumbada, con Raúl a la espalda sosteniendo su cuerpo, y una pequeña manchita roja entre los pechos de María. ¡Era él! ¡Era Joncete! ¡Por fin! Rompimos a llorar de alegría, de cansancio, de emoción, pero rompimos, estallamos, como se derrumba un edificio, un castillo de naipes, no sé, nos abrazamos entre lágrimas. ¡Ahí estaba nuestro precioso Jon bajo una manta, ya revolviéndose buscando el pezón, con los ojos hinchados y sin un lamento en su rostro! María tenía una cara estupenda, y creo que fue la única que no lloró (bueno, quizás tampoco Pepe, pero no estoy seguro). Abrazamos a Raúl, besamos a María en la frente, en la pequeña cabecita oscura de Jon, los unos a los otros. ¡Qué emoción! ¡Nuestro pequeño kukuxito ya estaba en la familia! Había costado, pero ya estaba entre nosotros.
Sin duda, Jon me dio el día más emocionante de mi vida, y qué queréis que os diga, para ser su primer día en la tierra, no es mal comienzo.